ARTÍCULO

Formas mínimas del relato

Tusquets, Barcelona, 1996
184 págs.
 

Las formas breves del relato tienen desde hace un tiempo una presencia considerable en nuestras letras, muy superior a lo que podría haberse imaginado unos pocos lustros atrás. Los optimistas ven el fenómeno como un signo indiscutible de recuperación y pujanza, como el comienzo de una edad de plata del cuento, género maltratado por todo el mundo en la literatura española, desde los autores, que lo han tenido por entretenimiento de fin de semana, hasta los lectores, que lo han relegado en beneficio de la narración caudalosa, pasando por semejantes desatenciones recibidas de parte de los editores y de los estudiosos. Los pesimistas, en cambio, ponen en duda que se trate de algo más que de un buen momento circunstancial, determinado por el oportunismo editorial y periodístico y por el dejarse querer de algunos escritores. Como sea, no puede discutirse que hoy despierta interés, que figura en el catálogo de editores pequeños y grandes y que, como signo significativo, un sello prestigioso, Lumen, ha sacado una colección dedicada al relato corto y a la nouvelle, titulada expresivamente «Pocas palabras».

Otra cosa es si este panorama al parecer favorable tiene en la forma o la sustancia de los textos algún vigor o novedad. Fernando Valls percibía hace poco en un amplia antología de cuentos recientes una modernización del género y la verdad es que no han faltado algunas muestras que indican una alerta sobre unas formas que han tendido a fosilizarse en los esquemas decimonónicos. Un persistente cultivador del cuento, Luis Mateo Díez, ha hecho alguna incursión, un tanto a modo de exploración de caminos, en desarrollos de muy corta extensión y el modelo que caracteriza al hispanoamericano Augusto Monterroso, aunque no haya muchas huellas visibles de un influjo directo suyo, sí que cuenta con el aprecio de la sociedad literaria. Justo en este ámbito de influencia genérica puede inscribirse un libro insólito, Quince líneas, que reúne muestras de sesenta narradores, la práctica totalidad para mí desconocidos y entre los que figura el apócrifo Faroni.

Quince líneas surge de una iniciativa curiosa: un concurso de relatos hiperbreves, cuya extensión máxima ha de ser la que indica el título (medida a la que algunos de los editados no se sujetan), convocado por el Círculo Cultural Faroni. Esta sociedad madrileña, cuyo manifiesto reproduce el libro, surge al amparo del personaje que lleva ese nombre en la primera novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía, y es fruto de la fabulación de los dos protagonistas, Gregorio y Gil. Se trata de una figura emblemática que resume en su condición imaginaria aspiraciones de idealidad fracasada y quimeras de juventud de sus inventores.

Todo ello lo explica muy bien el propio Landero en un sucinto, jugoso y notable prólogo que ha de tomarse por una convincente poética del novelista. Pero que ha de tenerse también por una guía del impulso del que parten algunos de nuestros novelistas recientes, no entroncados en modelos más o menos de moda, sino en la tradición clásica de la aproximación cordial a los asuntos universales del hombre. De ahí su importancia. Sin entrar en otros instructivos detalles, reparemos en el retrato moral y sentimental que Landero hace de Faroni: está formado por materiales de derribo de dos siglos de romanticismo que incluyen desde los suspiros de Werther hasta el espíritu del mayo francés.

Aunque Faroni represente un concreto ideario artístico, su Círculo es bien ecléctico a la vista de los relatos recogidos en Quince líneas (por cierto, una recopilación de estas características no debiera tolerar tópicos tan gruesos como hablar de «pequeñas joyas literarias» y de «maravilloso sueño»). En la forma y en el contenido se ve una notable variedad. En la forma –dentro del pie forzado, claro, de la dicha longitud– caben desde una concepción tradicional muy cerrada hasta desarrollos más recientes, abiertos e indefinidos. Predomina la alusión y la sugerencia. Hay poca voluntad investigadora en el lenguaje. En fin, muchas de las piezas buscan el final sorprendente, insólito, brillante, que suele tenerse por la piedra de toque de un buen relato.

En los contenidos, predomina un intimismo completo, quizás favorecido por la extensión, y no deja de ser notable la ausencia de relaciones colectivas entre tantos textos. Abunda la perspectiva que ve esos temas desde enfoques distanciados, de modo que menudean la paradoja o la ironía sorprendente. También hay una cierta inclinación hacia lo visionario y no falta lo metaliterario o lo lúdico. En general, los autores se mueven en un fuerte escepticismo, cuando no una negatividad radical, que aparece varias veces bajo capa de sarcasmo.

El conjunto de Quince líneas muestra, en primer lugar, las muy especiales dificultades de la narración tan en corto. Habría que saber qué materiales se han desechado en la compilación, pero si éstos son los más relevantes, la verdad es que el fruto apenas es discreto, aunque curioso. Una reserva cabe hacerles a un buen puñado de los textos: bordean o caen en el peligro de que un relato se convierta en chiste, aforismo o muestra de ingenio. Acerca de los nombres incluidos, poco juicio puede hacerse con tan limitada materia, cuyo interés está sobre todo en su valor de muestra colectiva. No entiendo por qué la preferencia por incluir hasta cinco textos de una misma firma, la de Hellén Ferrero, no precisamente de las más destacadas. De todos los relatos, y por aquello de asumir el riesgo de la apuesta, los míos predilectos son «Amar pronto», de autor anónimo, poético, imaginativo y bien resuelto, y «Alucinación fatal», firmado por Gustavo Emilio Cosolito, de un vigoroso surrealismo.

01/03/1997

 
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