ARTÍCULO

La hidra de mil cabezas

Anagrama, Barcelona
Trad. de Francisco J. Ramos Mena
388 pp. 23,50 €
 

Qué fue de aquellas modestísimas mafias pueblerinas, como mucho provincianas, o de barrio, de hace más de un siglo, con sus mafiosos de gorrilla y escopeta? Su mapa no llegaba más allá de Sicilia o Nápoles. Luego, a estas viejas mafias, la Cosa Nostra siciliana y la Camorra napolitana, que habían llegado hasta nosotros en muy buen estado –con sus extraños «clones» norteamericanos–, se añadió la ’Ndrangheta calabresa y, hace unos años, otras, como la Sacra Corona Unita, en Apulia, o los Basilischi, en Basilicata. Esta profusión amplió el mapa mafioso meridional italiano, con sus grandes cuñas en el norte y sus primeros pasos en el extranjero. A estas variedades, de grandes semejanzas y numerosos denominadores comunes, suele aplicársele, colectivamente, un solo término: mafia.
Sin embargo, en los últimos años –nos dice Forgione en su libro– la mafia ha cambiado radicalmente. Las incesantes noticias periodísticas y las publicaciones y películas sobre las mafias –muchos lectores y espectadores tuvo en España Gomorra, novela y película, y mucho éxito El padrino, entre otras– nos han familiarizado con este fenómeno, generalmente con sus aspectos más brutales, sensacionalistas, épicos, y hemos aprendido palabras como capo (jefe), lupara (escopeta de postas), omertà (hombría, no pacto de silencio, aunque la primera es condición del segundo). Pero también nos han falsificado muchas veces su realidad. Porque, ¿qué es la mafia? Para empezar, es un fenómeno excesivamente complejo, generalmente mal comprendido: «La mafia –la afirmación sorprenderá– no es ninguna organización, ninguna sociedad secreta, sino un método» (Hess) Henner Hess, Mafia y crimen represivo, trad. de Vicente Romano, Madrid, Akal, 1976. . No es mera criminalidad organizada (Marino)Giuseppe Carlo Marino, Los padrinos y las nefastas virtudes del puro poder, trad. de María Antonia Menini, Barcelona, Javier Vergara, 2004. . Es, en efecto, una forma de organización, un muy antiguo sistema político-económico y social, surgido del viejo sistema de patronazgo, del caciquismo, del clientelismo, propios del mundo feudal mediterráneo, ajeno a esa otra forma política que es el Estado, y que hoy ha crecido exponencialmente y que subsiste, paradójicamente, en competencia/comensalismo con el Estado.
Esto proviene de cómo se hizo la Italia post-Risorgimento, de las carencias del Estado italiano, que optó por servirse, entre otros poderes, de los mafiosos tras esa nada modélica unificación que fue la italiana. Dos formas históricas coexistentes, pues, una de las cuales se diluyó o fue sometida en el resto del Mediterráneo europeo (ahí está el caciquismo español), pero no en la Italia meridional, donde recibió el nombre de mafia. Aquí, además, tras el fin de la nobleza latifundista y feudal, fue vehículo de movilidad social, de ascenso de ciertas burguesías rurales y urbanas, medias y pequeñas, y de algún proletariado. La mafia intervenía en la vida de muchos pueblos, de varias provincias, y de alguna región, a través del control de las elecciones y de la participación en el «mercado político», colocándose ideológicamente junto al liberalismo y el capitalismo.
El fascismo la reprimió físicamente de forma brutal, pero el contexto sociopolítico-cultural subsistió. Y en la Segunda Guerra Mundial los aliados buscaron su ayuda para la invasión y ocupación de Italia (recuérdese el papel de Lucky Luciano), lo que facilitó su restauración. Más recientemente han controlado y controlan en alguna medida la construcción, las obras de infraestructura públicas o privadas, la prostitución, el contrabando, el tráfico de drogas, luego el de armas, etc.
Durante la guerra fría los mafiosos apoyan a los gobiernos democristianos italianos, entrando así en la política nacional; colaboran en la represión de las reivindicaciones sociales del sur, en el establecimiento de un cordón sanitario alrededor del Partido Comunista y demás grupos de izquierda, con el sustancial apoyo de Estados Unidos y del Vaticano. La mafia participará en los «años de plomo» (1965-1990) de la reciente historia italiana, con sus atentados terroristas, intentos de golpe de Estado militares, P-2, Gladio, el Banco Ambrosiano o Giulio Andreotti. Y con Silvio Berlusconi: aparte de sus connivencias, su «ley escudo fiscal» es un regalo a la mafia. No hay que extrañarse de que la mafia creciera, sin que policías o jueces heroicos, como Falcone o Borsellino, o políticos decentes hayan podido hacer gran cosa. Pero hoy no es sólo, ya, un problema italiano.
¿En qué ha cambiado, pues, la mafia? ¿Y por qué perdura? Esto es lo que nos explica Francesco Forgione. Este calabrés es uno de los mejor situados y preparados para explicárnoslo. No en vano lleva decenios combatiendo a la mafia, como dirigente regional comunista inicialmente, como director del diario Liberazione, como diputado regional y nacional después y, finalmente, como presidente de la comisión parlamentaria antimafia. Es autor de buenos libros y artículos sobre las mafias, en particular sobre la ’Ndrangheta (entre ellos, el excelente ’Ndrangheta, Milán, Baldini Castoldi Dalai, 2008).
Su libro vino a unirse, en Italia, a las decenas y decenas de títulos, pocas veces sensacionalistas o triviales –en ese país no se bromea con estas cosas–, que cada año se publican, sin contar artículos, novelas y películas. Bastantes se escriben también en el extranjero, alguno incluso en España, como el notable libro de Joan Queralt Joan Queralt, Crónicas mafiosas. Sicilia, 1985-2005: Veinte años de mafia y antimafia, Barcelona, Cahoba, 2005. , y también bastantes se traducen, como el presente título (bien traducido) Para los españoles, el «fenómeno mafia» parece quedar muy lejos, como algo exótico. Sin embargo, el caciquismo, el sistema de patronazgo o el clientelismo no han sido fenómenos ajenos a España, aunque no han llegado a tener el desarrollo que han tenido en Italia. Sería interesante estudiar estos mecanismos mediterráneos en España desde la perspectiva que apuntamos, como casi en solitario hizo Julio Caro Baroja..
La mafia perdura, pues, porque sigue siendo funcional, sin modificar sus características ni su mentalidad, ni sus mecanismos básicos, con su eficaz fusión entre lo viejo y lo moderno. No han cambiado los componentes socioculturales –omertà, clientelismo, consenso social, control territorial, carácter familiar, «clánico», valores e ideología propios, un habitus–, anclados sólidamente, por defecto, en su medio mediterráneo de la Italia del sur. Por eso la mafia aparece incontaminada culturalmente por el mundo contemporáneo, mantiene su dimensión arcaica (más la ’Ndrangheta que las demás modalidades), sus vínculos antiguos.
Pero, al mismo tiempo, presenta hoy una asombrosa cara «de modernidad, de capacidad de penetración y arraigo en mundos geográficos, económicos y sociales diversos, así como una extraordinaria dimensión económico-financiera». Cambios en su actividad, en su intensidad, en los nuevos modos empresariales y en el volumen y en el mapa: la mafia es hoy más fuerte que nunca, más sólida, más conectada con el poder político, con la gran economía. Ha trascendido, de la forma más amplia y revolucionaria, los que fueran sus límites de antaño y se ha expandido, y con ella la clásica economía de drogas, prostitución y armas ha entrado en la economía mundial, en las relaciones políticas, lo que es fundamental, como también lo son las relaciones sociales, la gestión de la cultura y el control del territorio, lo que es igual a control del consenso. Interviene en la política de los Estados, en las grandes relaciones y alianzas en todo el mundo, y contacta con otras delincuencias organizadas (rusa, colombiana, albanesa, turca, etc.). Se ha derramado «como lava», se ha globalizado. «Ha colonizado el mundo, como las multinacionales», en frase de Forgione.
El autor se centra en las tres mafias más importantes: la cada vez más poderosa ’Ndrangheta, la Camorra, que se mantiene bien, y la Cosa Nostra, que es un poco menos de lo que era, y se arroga la enorme tarea de describirnos y explicarnos precisamente cómo es ahora esta mafia globalizada, cómo funciona, quiénes dirigen y colaboran, con nombres y apellidos, con quién interactúa. Nos traza, incluso materialmente, su mapa actual, minuciosamente, continente por continente, país por país, ciudad por ciudad (véanse las dos grandes secciones finales, «Difusión de las mafias italianas en el mundo», pp. 253-308, con sus mapas, y «Lista de los prófugos detenidos fuera de Italia, 2000-2009», pp. 309-332).
El autor inicia literariamente su itinerario en San Luca, pequeño pueblo de la cuna de la ’Ndrangheta, en el Aspromonte calabrés, como reafirmando sus orígenes aldeanos, para saltar a continuación a Ámsterdam, como confirmando su nuevo expansionismo. Y, desde aquí, nos lleva por el mundo colonizado por la mafia. Nos traza la historia reciente de las actividades de estas tres mafias en el mundo: en toda Europa, sobre todo, ampliamente, en los permisivos Países Bajos, Alemania y España, y también en Francia, Suiza, Reino Unido, Bélgica y Rumanía y, en menor medida, en Croacia, Serbia, Malta, Bulgaria, Austria, Eslovaquia, Irlanda, Grecia, Montenegro, Portugal, Polonia, Mónaco y la República Checa. En América, en los «veteranos» Estados Unidos, con viejas y nuevas relaciones, en Brasil, Colombia, Venezuela, Canadá, República Dominicana; también en Bolivia, Costa Rica, Cuba, Chile, Argentina, México y Ecuador. En Australia y en África, en especial en Sudáfrica y en Namibia, y también en Marruecos, Costa de Marfil, Angola, Kenia, Senegal, Túnez o Togo. El autor avisa especialmente al lector español, que debería detenerse en el mapa de España, donde hay pocas regiones y ciudades que se libren, sobre todo de la Camorra y de la ’Ndrangheta: quizá por esto un camorrista lanzó que «la Policía española no tiene cojones»; otro, más fino, explicó que aquí «hasta un niño [mafioso] podría campar a sus anchas».
Antaño los grupos mafiosos competían entre sí y era rara la colaboración. Los actuales siguen compitiendo, pero han establecido relaciones no sólo entre los grupos, sino entre las tres mafias, que colaboran y se alían en sus nuevas versiones multinacionales. Así, Forgione establece una geografía de la mafia, una verdadera geodelictiva, que demuestra abundantemente la dimensión universal de este fenómeno o, dicho de otro modo, su adaptación inteligente, flexible e implacable a un tiempo, algo que ya descubrieron Leonardo Sciascia, Nando dalla Chiesa o Pino Arlacchi hace más de treinta años y demuestran hoy Roberto Saviano, Nicola Gratteri, Antonio Nicaso, Giuseppe Casarrubea, Saverio Lodato y el autor de este estudio, entre otros, convertidas en verdaderas multinacionales capitalistas, salvo por la menor inmersión de estas últimas en la ilegalidad. Ya no son un problema italiano, sino mundial. Ya no forman parte de la llamada «cuestión meridional» italiana: los capitales de la mafia contribuyen al 5-7% del PIB italiano y dan trabajo al 10% de la población activa en Sicilia, al 12% en Nápoles y ¡al 27%! en Calabria; pero contribuye con ¡¡el 3-5%!! al PIB mundial. Factura en 2009 entre 120.000 y 180.000 millones de euros y genera una gigantesca plusvalía, desconocida en otras actividades económicas. Además, la mafia utiliza para sus asuntos ilegales el 40-50% de sus capitales, el resto se destina a negocios legales: cada vez es más difícil separar lo legal de lo ilegal. La connivencia de bancos y grandes empresas es vital. Los paraísos fiscales permiten reposar al dinero de la mafia.
La cosa es demasiado seria. Forgione no hace sensacionalismo: no hay que espectacularizar a la mafia, dice. Sólo pretende explicar y avisarnos. Sobre todo a los gobernantes y a quienes controlan la sociedad, no sólo en Italia: aquí se la conoce mejor y existe un mínimo blindaje contra ella y una acción contraria; pero en Europa, en el mundo, no la conocen, la minimizan («es cosa de italianos») y se encuentran desarmados ante ella. Y cuando dentro y fuera de Italia parece que quiere hacerse algo (por ejemplo, el G-8 prometió investigar), no se hace nada porque se teme encontrar, junto al dinero mafioso, el de empresarios y políticos corruptos. Porque, como Forgione y casi todo el mundo saben, «podría haber política sin mafia, pero no puede haber mafia sin política». La mafia, concluye el autor italiano, ha deteriorado la economía y la clase política, y hoy existe economía ilegal por todas partes. La policía puede hacer algo, los políticos, mucho, pero la sociedad puede hacer más, es decir, la «mejor antimafia es la social, la que surge de una sociedad» que va alejándose, hartándose, que opta por otros valores, que entrevé otros caminos. Esta es la esperanza de Francesco Forgione, y la nuestra.

01/05/2011

 
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