ARTÍCULO

Flann O’Brien. En nadar-dos-pájaros

 

De entre todos los autores de literatura irlandesa del siglo XX, pocos resultan ser tan estrafalarios, subyugantes y de tan extrema calidad literaria como Flann O’Brien; y de entre todas sus novelas, ninguna tan fascinante ni tan sugestiva como esta En nadar-dos-pájaros (At Swim-Two-Birds), compendio del estilo de su autor, exhibición de talento literario y título tan disparatado como el propio mundo que contiene. Es verdad que Flann O’Brien no se cortaba un pelo a la hora de acumular material, pero nada hacía sospechar que le diese semejante destino. Nacido Brian Ó Nuallain en Strabane, en el condado de Tyrone, Irlanda, en 1911, nuestro autor fue novelista, dramaturgo y celebrado columnista del Irish Times bajo el pseudónimo de Myles na gCopaleen durante veintitantos años. La novela que nos ocupa fue editada inicialmente en 1939, destruida la mayor parte de la edición durante un bombardeo de Londres por los nazis, y recuperada con éxito y reconocimiento definitivos en 1960. A O’Brien le encantaba explicar que el bombardeo se debió al disgusto de Adolf Hitler por la publicación de la novela. Tanto ésta como el resto de su producción novelística (La vida dura, La boca pobre, Crónica de Dalkey y El tercer policía) han sido editadas en nuestro país por la entusiasta editorial Nórdica en los últimos años.
Lo primero que el lector avisado reconoce en este libro es su innegable ascendencia irlandesa. Esta ascendencia empieza en el Tristram Shandy de Laurence Sterne y continúa en el Ulysses de James Joyce. A su vez, la influencia de O’Brien se extiende por autores como J. P. Donleavy (con cuyo Ginger Man mantiene notable relación) hasta Jamie O’Neill, autor de una de las novelas más importantes de la segunda mitad del pasado siglo, titulada precisamente At swim-two-boys en homenaje a nuestro autor; y, si se me permite sugerir una relación incuestionable, un hilo de comunicación entre todas las deslavazadas partes del libro, afirmaré que ésta se sostiene ante todo y sobre todo en la omnipresente y deleitosa degustación de la cerveza del país, la Guinness, de tanta ascendencia literaria en todas las obras y autores mencionados.
Por de pronto, el título de la novela que nos ocupa es un verdadero misterio que nadie ha logrado desentrañar satisfactoriamente. Al parecer, procede de un topónimo gaélico irlandés que designa el lugar donde un héroe de las antiguas sagas mató a dos pájaros que estaban posados en el hombro de una amazona; también existe una antigua referencia a san Patricio y su encuentro con dos druidas que trataron de cortarle el paso. Sea como fuere, nos enfrentamos a una novela tan aparentemente disparatada como su propio título. De hecho, la narración salta de un asunto a otro sin explicación lógica a la vista, por lo que la cohesión interna del texto parece quedar en manos del lector. O’Brien toma y suelta los temas a voluntad, como diciendo al lector: «allá se las arregle usted». Pero, como siempre sucede en las novelas que lo ponen todo patas arriba, lo incoherente es el resultado de un cuidadoso ejercicio de coherencia.
El narrador, que se presenta como literato, toma la palabra desde el primer momento y enseguida nos propone tres comienzos de libro basándose en la afirmación de que todo libro que se precie ha de tener al menos tres aperturas «completamente distintas e interrelacionadas tan solo por la presciencia del autor». Cada comienzo da a conocer a un personaje: el Puca McPhellimey –o un ser demoníaco–, un tal John Furriskey y un remedo de los héroes legendarios irlandeses que responde al nombre de Finn Mac Cool. Los tres son, naturalmente, producto de la imaginación del narrador, pero tras echar a andar, enseguida veremos que las cosas se complican. En primer lugar, porque Furriskey es, en realidad, un personaje creado por la imaginación de un tal Dermot Trellis, que reside en el Hotel del Cisne Rojo, donde pasa más tiempo en la cama que en pie; y este Trellis es, a su vez, un personaje creado por el narrador. En fin: el narrador es autor de tres historias distintas, cada una de su padre y de su madre, como suele decirse, que empezarán a mezclarse de manera extravagante al paso de la narración. El narrador es un álter ego de O’Brien que, con esta actitud, decide empezar a colocar las debidas distancias con su propio texto.
O’Brien juega maravillosamente con la alternancia de seriedad y humor: un comentario solemne casa perfectamente con un diálogo cotidiano y vulgar. La solemnidad es un tono que él emplea con verdadera habilidad para dar cobertura a lo satírico, una sátira alegre, sin embargo. No hay capítulos sino enunciados que separan momentos y acciones, enunciados redactados en un sarcástico estilo administrativo, como propio de un fedatario. La línea básica de continuidad la establecen el narrador y su tío, cuya relación no deja de recordar la de Tristram Shandy con su padre y su tío. En este caso, el tío del narrador es un zoquete irlandés satisfecho de sí mismo y de su mundo que pretende actuar como consejero y tutor del joven. Entre ambos y algún amigo ocasional, van dando pie a que se hable del resto de los personajes, que no son sino las descaradas invenciones literarias del narrador, en definitiva. Todo este planteamiento da lugar a una acumulación de sucesos en los que la apariencia de ficción y la apariencia de realidad confunden sus márgenes y se alejan del orden y de la lógica para entrar en mundos que más parecen habitados por personajes que podrían estar con todo merecimiento en el mundo fantástico de Lewis Carroll.
Cada una de las historias posee su propio lenguaje. El relato de Puca McPhellimey pertenece al reino de las leyendas y, de hecho, toma como personaje central a un rey irlandés, Sweeny, que fue convertido en pájaro y condenado a volar sobre su propio reino. El de Finn Mac Cool es el relato del típico héroe irlandés de leyenda, un ser de dimensiones colosales como el ogro de los cuentos. En cuanto a Dermot Trellis, éste es el que posee una historia más complicada. Invención, como dije antes, del narrador, lo aloja en un hotel. En un momento dado, el narrador dice a un amigo que ha ido a visitarlo: «Estuve hablando con un amigo tuyo anoche, dije secamente. Me refiero al señor Trellis. Ha comprado una resma de papel rayado y está empezando su relato. Está obligando a todos sus personajes a vivir con él en el Hotel El Cisne Rojo para poder tenerlos vigilados e impedir que se den a la bebida». No olvidemos que Trellis es un personaje del narrador, el cual a su vez escribe, y de su escritura surgen nuevos personajes, con lo que cada vez hay más personajes literarios interpuestos que van cruzándose a lo largo del libro. Es un efecto de libro-dentro-del-libro que va multiplicándose vertiginosamente hasta el extremo de que, por ejemplo, Furriskey, que fue creado por Trellis con la intención de hacerlo representante de la maldad y de lascivia más absolutas, aprovecha que a Trellis lo vence fácilmente el sueño para drogarlo y sumirlo en un estado de inconsciencia que le permita escapar de la narración aprovechando el sueño de su creador para despojarse de su crapulismo y llevar una vida amorosa feliz y honesta con una muchacha y ayudado por otros dos compañeros de ficción. El relato en el que todos ellos se vengan de su autor por la vida que les hace llevar es antológico
Pero no acaba aquí la cosa. Como se verá, el juego es fascinante y el humor corre a raudales. Apenas hay acción, aunque sucedan muchas cosas, porque la relación fundamental entre unos y otros en este revoltijo de ficción es la cerveza. Todo cuanto acontece sucede alrededor de unas jarras de cerveza y de cada encuentro van partiendo las historias. Los encuentros alrededor de la mítica bebida irlandesa tienen un aire característico, ese aire de los borrachos que peroran y pontifican ante un auditorio que, tan borracho como él, se limita a asentir, en una verdadera competición por ver quién se muestra más rendidamente de acuerdo con el que perora, actitud esta típica de la borrachería nocturna que cualquier lector que se haya acodado una noche en la barra de un bar reconocerá de inmediato. El gusto por la conversación, la canción y el recitado de poemas adquiere en esta novela una altura paródica impagable.
La mezcla de historias es uno de los puntos fuertes de la escritura de O’Brien; por ejemplo, mezcla el relato que hace Finn Mac Cool de la aventura de Sweeny convertido en pájaro por haberse enfrentado a un clérigo (descrita en el tono alto de las sagas) con el relato tabernario del bardo proletario Jem Casey y su composición poética a la jarra de cerveza. La eficacia de este sistema de narración obtiene resultados expresivos de gran audacia y un efecto humorístico extraordinario. En realidad, bajo esta especie de burla permanente está esa Irlanda puritana y clerical que ordena y jerarquiza la capa externa de la vida de sus súbditos. El refugio de todos ellos es la charla, la narración oral de toda clase de fantasías basadas en la exageración y la cerveza que adormece sus almas y estimula sus corazones. La misma imagen de Furriskey y su esposa viviendo felices cuando logran tener medio atontado en la cama a su creador con la ayuda de un par de disolutos (Shanahan y Lamont) no deja de ser un ejemplo de ese mundo al revés que sucede en la capa interna de la vida social irlandesa.
El resultado es una formidable broma, llena de talento, ingenio y humor que se convierte en una versión grotesca de la realidad irlandesa y, por ende, de la vida de la gente común. Es verdad que el libro está lleno de alusiones y referencias que el lector español no entenderá, pero no importa, porque el vigor y la gracia del relato acaban por imponerse y su libertad expresiva es un verdadero regalo para los amantes de la buena literatura.
Es importante señalar el tono de la escritura de O’Brien y nada mejor que unos párrafos significativos. El primero, referente a sus vagabundeos: «No conseguimos en nuestro paseo nada que fuese de interés para el propósito antedicho, pero llenamos nuestras almas con la música de nuestras dos voces, siendo las carreras de galgos, las apuestas y la ofensas contra la castidad los diversos temas de nuestro debate. Caminamos juntos varios kilómetros otras noches en misiones similares, siguiendo matronas, abordando irrespetuosamente a desconocidas, fingiendo con mujeres casadas que éramos sus amigos y molestando injustificadamente a miembros del público. Una noche nos siguió a nosotros un miembro de las fuerzas policiales que vestía de paisano. A propuesta de Nelly, nos ocultamos en el interior de una iglesia hasta que se fue. Descubrí que el pasear era beneficioso para mi salud».
El segundo se refiere a un autor de novelas de vaqueros en Dublín llamado William Tracy y que, también, es producto de la imaginación creadora del narrador y en el que se ve la naturalidad con que inserta un relato en otro; es el propio narrador el que habla, lo que supone rizar el rizo. «Un día Tracy mandó a por mí y me dijo que era uno de sus propios libros de vaqueros. Dos días después bajaba yo haciendo de vaquero por el río Ringsend con Bajito Andrews y Slug Willard, los dos tipos más duros que podrían encontrar ustedes en un día de camino. Reuniendo reses y marcando y domando potros con lazos en la perilla del arzón y pistolas al cinto. (Oh, la cosa de verdad. ¿Había también algo para beber?) Por supuesto que había. De noche nos juntábamos en el barracón con nuestra cerveza y todas nuestras instrucciones, cigarrillos abundantes que había allí en la cómoda y los podías coger y nadie decía nada, y maestras y chicas de salón y pequeñas sirvientas negras trajinando allí en la cocina».
Esta especie de reducción de la cotidianeidad al grado de aventura para mentes calenturientas da lugar a escenas hilarantes e inolvidables y a pequeños comentarios de humor contrapunteado. Por ejemplo: «Subió las escaleras con el paso silencioso y felino que le permitían sus calcetines de lana de buena calidad»; o: «Cierre la puerta, dijo Shanahan, pero asegúrese de que está usted dentro de la habitación antes de hacerlo». El conjunto de gloriosos infelices que reúne esta novela, acompañados por unos paródicos héroes irlandeses retratados al estilo de las antiguas sagas, conforman un mundo desquiciado y común, reconocible y entrañable, traído de la mano por un autor que no deja títere con cabeza. El lector debe tomar la novela por lo que es y no dejarse amedrentar por su aparente dificultad. No hay humor difícil y el humor es precisamente el camino para entrar en el libro; concluida en 1939, es evidente que En nadar-dos-pájaros tiene detrás toda la influencia de la libertad que aportaron las vanguardias de comienzos del siglo XX.

En nadar-dos-pájaros, traducido por José Manuel Álvarez Flórez, de Flann O’Brien ha sido publicado por Nórdica

01/06/2010

 
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