ARTÍCULO

Leer o no leer

Seix Barral, Barcelona Tusquets, Barcelona
Trad. de Ramón Buenaventura
224 pp. 16,50 €
Tusquets, Barcelona
240 pp. 17 €
 

Con poca diferencia temporal aparecen dos libros que, cada uno a su manera, giran en torno a la lectura, por lo que no me parece mal comentarlos juntos, tanto por sus similitudes como por sus divergencias. Firmin es la autobiografía, obviamente apócrifa, de una rata; Los príncipes valientesComo este libro ya ha sido reseñado por Félix Romeo en esta misma revista [núm. 132 (diciembre de 2007), p. 49], lo cito aquí en relación con el argumento central de mi artículo sin entrar a valorar sus méritos., la autobiografía parcial y aparentemente verídica de su autor. Los protagonistas de ambos libros viven de y para la lectura: uno devora libros en sentido figurado; el otro, en los dos sentidos del término. Aquí acaban los parecidos. De hecho, los dos autores son tan antitéticos que parecen hechos ex profeso para la comparación.
Sam Savage, según la biografía disponible, nació y creció en Carolina del Sur (Estados Unidos), se trasladó a Nueva York y Boston, luego a Francia y Alemania. Estudió en la Universidad de Heidelberg y más tarde en Yale, donde se doctoró en filosofía. Probó la docencia, pero no se adaptó al medio. Vivió de pequeñas rentas y pequeños oficios. Actualmente frisa los ochenta años de edad y Firmin es, al parecer, la primera novela que publica. Esta trayectoria no es la mejor receta para el optimismo y Sam Savage, en lo que escribe, no lo irradia.
El héroe de la novela, Firmin, se llama igual que el agónico protagonista de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, probablemente el más desventurado personaje de ficción, e inicia su andadura invocando el arranque de El buen soldado de Ford Madox Ford («Éste es el relato más triste que nunca he oído»). Firmin es una rata dotada de raciocinio, segregada del resto de su especie y adscrita al mundo de los hombres, algunos de los cuales la adoptan en proporción directa a su propia marginación. El antropomorfismo, habitualmente utilizado para inspirar ternura, aquí se vuelve en contra del personaje: Firmin siente por sí mismo la repugnancia que sienten los humanos por las ratas: «Y considerando todo lo anterior, Firmin Rata, ocupante ilegal, vagabundo, sin medios de vida, pedante, voyeur, roedor de libros, soñador ridículo, mentiroso, charlatán y pervertido, a tenor del presente documento queda expulsado de este planeta».
Javier Pérez Andújar, o su álter ego literario, es el polo opuesto. Nacido en 1965 en un barrio periférico de Barcelona, en el seno de una familia inmigrante acosada por la penuria y la conciencia de haber perdido la guerra a perpetuidad, Pérez Andújar extrae de este sustrato una insaciable pasión por la literatura y la vida, o por la vida vista a través de la literatura, aunque no se trate en rigor de auténticas lecturas, porque, en los años formativos que abarca el relato, lo que su protagonista absorbe no es literatura en sentido académico, sino narración, en forma de libro, de tebeo, de cine o de serie de televisión (también Firmin sueña, como todo el mundo, con parecerse a Fred Astaire), y de las historias y anécdotas que circulan oralmente por el círculo familiar. No deja de ser paradójico que mientras Savage pinta en negro una sociedad que, a juzgar por su biografía, le ha sido propicia, Javier Pérez Andújar llega a una conclusión opuesta en medio de una sociedad decidida a sojuzgar y poner trabas al colectivo en que la suerte le ha hecho nacer. Firmin, por su condición de rata unida a los humanos, está condenada, no tanto a la soledad como a la incomunicación; su antítesis, un humano relegado por decreto a la condición de rata social, vive inmerso en una atmósfera de contactos afectivos. Con todo, las posiciones no son radicales ni simplistas: ni uno es un ingenuo ni el otro un cascarrabias. Las posturas son encontradas, pero no incompatibles, y cualquiera de los dos podría adoptar la del otro sin traicionar sus principios. De lo que aquí se trata es de determinar, a partir de ambos relatos, el lugar que desempeña la lectura, y más concretamente la ficción, en la construcción de la propia identidad y en la concepción del mundo que nos rodea: en suma, de lo que normalmente llamamos experiencia. Y, acto seguido, decidir si la ficción es una forma de entender y, en consecuencia, de domesticar la vida o si, por el contrario, quien acumula ciencia, acumula dolor, como dice la Biblia y Firmin corrobora.
Y la cuestión es procedente en un momento en que la progresiva desaparición del hábito de la lectura está siendo abordada en términos colectivos, de política educacional, pero raramente en términos personales, cuando no sería ocioso preguntarse qué le sucede a una persona que no lee, o qué aporta la lectura al estar del ser humano en el mundo. Aunque sí resulta ocioso hacerlo aquí, porque nada hace suponer que quien no ha leído un libro en su vida esté suscrito a esta revista. En fin.

Desde el punto de vista, tan científico como poco persuasivo, de la neurobiología, el hecho de leer es tan reciente en el proceso evolutivo que, a diferencia del lenguaje, no forma parte de nuestro código genético. Si es así, la compleja operación de descodificar signos y memorizar su significado sólo tiene sentido si cumple alguna función práctica (incluidas las de orden emocional o espiritual), y no lo tiene si el mismo resultado puede obtenerse por otros medios que exigen menor esfuerzo, o son más rentables o más placenteros. Numerosas estadísticas dan fe de la pérdida de capacidad lectora de las nuevas generaciones, pero estas mismas estadísticas coinciden en que las nuevas generaciones poseen un coe­fi­cien­te intelectual más alto que sus precedentes. Puede objetarse que es difícil fijar una noción clara del concepto de inteligencia, pero también es difícil fijar lo que entendemos por lectura. Lo que no está tan claro es que este descenso se deba a un progresivo embrutecimiento del público lector. Porque, al hilo de lo dicho, me parece evidente que en las últimas décadas ha disminuido mucho la utilidad de la lectura, por una serie de razones no todas atribuibles a la creciente banalización de la cultura.
La literatura ha sido, desde sus orígenes, un producto cultural y, al mismo tiempo, un producto de consumo. Instruye y deleita, y sólo podemos hablar de literatura cuando intervienen ambos factores, junta o alternativamente. Leer con fines únicamente formativos o en busca de datos, o, en el otro extremo del arco, por puro pasatiempo, no es hacer uso de la literatura. La variedad y la acumulación son rasgos esenciales de la literatura: muchas lecturas de diversa índole dejan en el lector un poso imaginario que es, en parte, su experiencia, y, en parte, una herramienta compartida para articular las experiencias provenientes del mundo exterior.
No hace falta decir que muchas de las funciones antes asignadas a la lectura hoy las cumplen eficazmente otros medios. Y no sólo los modernos y ubicuos sistemas de información audiovisuales, sino también otras opciones desconocidas para la mayoría hasta hace poco, como la posibilidad de viajar o, más importante aún, un código de conducta social, al menos en los países occidentales, que permite vivencias personales impensables tiempo atrás. En la antigua sociedad burguesa, las mujeres eran las principales consumidoras de libros de ficción, entre otras causas, porque éste era el único contacto posible con el mundo exterior. Hoy, en cambio, la revolución de las costumbres no sólo hace superflua la lectura, sino que a menudo la imposibilita. La reiterada frase «no tengo tiempo para leer» no es sólo una burda excusa para la desidia intelectual, sino la descripción de una prosaica realidad. En la sociedad actual el trabajo es menos estable, más competitivo y absorbente, pero también más gratificante si se lo compara con la tediosa molicie que describen los relatos decimonónicos, lo cual, unido a las experiencias personales de primera mano, dejan poco espacio para la lectura, tanto por lo que se refiere al tiempo como por lo que respecta a la carga emocional que en su momento aportaba al lector.

¿Qué consecuencias tiene y, previsiblemente, tendrá esta disminución colectiva de los hábitos de lectura? Es difícil en estos momentos hacer algo más que conjeturas, que dependerán, claro está, del criterio utilitario, estético o psicológico que adoptemos. La historia está plagada de alarmas y presagios ante la desaparición de vehículos culturales que hoy nos parecen infundados, seguramente porque es difícil distinguir el contenido de la mera forma mientras una determinada forma está vigente. Si hemos sobrevivido al hundimiento de las ideologías, la destrucción de la familia y la muerte de Dios, también sobreviviremos a la desaparición de la lectura como forma de vida.
Claro que el pobre Firmin, rata cabal, no puede ocultar su desasosiego e identifica, quizá con acierto, la de­sa­pa­ri­ción de un mundo regido por la letra escrita con la desaparición física de su hábitat natural ante el avance implacable de las excavadoras, brazo armado de la especulación inmobiliaria y, en cierto sentido, trasunto de otras destrucciones.
«Aquella misma tarde me despertó una tremenda sacudida, tras la cual cayó una nube de polvo y escayola. Volví a abrir los ojos. Por encima de mí, en la pared, acababa de abrirse una estrecha fisura. Metí la cabeza por ella y pude asomarme a lo que quedaba de nuestra calle. Casi todos los edificios de la acera de enfrente habían desaparecido, y en su lugar se alzaban montañas de escombros... Ventana con vistas al fin del mundo... Hago mención de estos pensamientos porque son los que ocupaban mi cabeza cuando me llamó la atención el libro... Lo identifiqué de inmediato, así que me acerqué y lo extraje de su escondite. Vi las marcas de mis dientes infantiles en la cubierta... Desenvolví el rollo para convertirlo de nuevo en un trozo de página, de página de un libro, del libro de un hombre. Totalmente desplegado, lo leí: “Pero los estoy perdiendo aquí y todo lo desprecio. Solaloca en mi soledad. Por todas las culpas de ellos. Estoy desvaneciéndome. ¡Oh amargo final! Nunca lo verán. Ni lo sabrán. Ni me echarán de menos. Y es la vejez y vejez es triste y es cansancio”. Miraba estas palabras y no bailaban ni se emborronaban. Las ratas no tienen lágrimas».
Es difícil no identificarse con esta amargura y, al margen de las consideraciones precedentes, no sentir un escalofrío ante una etapa en la que la literatura habrá quedado reducida a una asignatura académica y nadie se sumergirá por puro placer en la lectura de una obra tan improductiva como La cartuja de Parma. Porque, como ejemplifica Pérez Andújar, la lectura, en la medida en que implica la identificación con un héroe o un antihéroe, conduce al individualismo en esta época de agrupamientos, y constituye, a falta de alternativas, el último espacio propio de libertad.

 

01/04/2008

 
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