ARTÍCULO

¿Fin del pesimismo hispano?

 

Curioso, atractivo y estimulante ensayo este que inmerecida y sorprendentemente –o quizás no tanto, para qué vamos a engañarnos– ha pasado como de puntillas por el escaparate de novedades o que, en cualquier caso, no ha obtenido el eco que a priori, tanto por temática como por autoría, cualquiera habría augurado. Los adjetivos con los que empieza este comentario no vienen determinados tanto por una originalidad de planteamiento y enfoque que los autores enfatizan en más de una ocasión en el prólogo (y que después, en el fondo, no resulta un elemento tan decisivo), cuanto por la convergencia –y convivencia– de tres líneas diferentes de análisis que se entremezclan, se apoyan, se solapan y hasta se entorpecen a lo largo de sus páginas, empezando por el propio título. Veámoslo un poco más sosegadamente.

En primer lugar, la referencia tan manifiesta a las fechas de 1898 y 1998 (en la portada curiosamente en una tipografía exagerada que desplaza las demás referencias) es cualquier cosa menos gratuita o accidental. Remite en principio, evidentemente, a una valoración del 98 antiguo desde el 98 moderno, en la estela de otros ensayos recientes, y así podemos verlo confirmado explícitamente en la presentación. Pero éste es tan sólo el punto de partida, porque los autores se resisten a seguir la senda de «celebrar el centenario» recogiendo «con pasión entomológica» lo que decían, pensaban y sentían los españoles de hace un siglo. Por tanto, este arranque (que, como perspectiva de análisis se debilita pero no se abandona en las páginas ulteriores) se complementa inmediatamente con un recorrido esquemático, selectivo y a veces un punto provocador, por la historia intelectual española del presente siglo, que aquí aparece algo sesgadamente como «un siglo de pesimismo». Se pasa revista en especial a noventayochistas y regeneracionistas de diverso pelaje, aunque asoman también autores inclasificables, hasta llegar a los conservadores e izquierdistas actuales, políticos ejercientes o profesionales politizados, a los que se intenta sorprender, no siempre de modo convincente, en un discurso vinculado en el fondo y sobre todo en la forma con el tremendismo de los intelectuales del otro fin de siglo. De Miguel y Barbeito perciben así una «identidad formal entre los hombres del 98 y los intelectuales de hoy» (pág. 229).

más curioso del caso es que dicho juicio parece situar al libro en contradicción con la mitad del título que nos quedaba por examinar. Ya antes el lector cuidadoso había empezado a cuestionar, a partir de los propios datos que se suministran, el pretendido «final de un siglo de pesimismo». Frente a ese enunciado o la simplificación excesiva que contiene el resumen de contraportada («La tesis de la obra es que realmente estamos en el final de un largo ciclo secular de pesimismo»), los autores van desgranando hipótesis, sugerencias e incluso conclusiones en sentido opuesto: el pesimismo y el resentimiento, dicen, definen «muy bien una parte de la mentalidad de los españoles actuales»; «el talante pesimista domina hoy la vida toda de los españoles»; «estamos ante un pueblo en el que abunda el resentimiento y cunde el pesimismo»; el resentimiento es «la opción característica de la sociedad española actual», etc. (págs. 7, 52, 143 y 168).

Hay excepciones y matices, naturalmente, e incluso puede hablarse de la superación casi definitiva de algunos traumas seculares, hasta el punto de que en determinados ámbitos «se cierra el siglo de negrura y quejumbre» (pág. 121). Pero inmediatamente se nos advierte que no echemos las campanas al vuelo, entre otras cosas porque, curiosamente, los propios autores son muy críticos con respecto a la España actual y escépticos frente al porvenir inmediato (cap. 10, «La última propuesta regeneracionista»). Resulta algo paradójico que tras mostrar antes su alivio por la superación del catastrofismo regeneracionista, De Miguel y Barbeito diagnostiquen –pongo sólo un ejemplo– que en la España actual «la enseñanza fundamental o común es un desastre» (pág. 382). Hasta desde posiciones encontradas los españoles acabamos coincidiendo en juzgar nuestra historia como un camino pespunteado de desastres.

Pero aún hay más en este sentido, porque tras la evocación crítica del 98 y ese rápido recorrido por nuestra última historia intelectual, la tercera –y principal– vía de investigación que integra el libro, y que define muy bien su subtítulo –El estado de ánimo de los españoles– no deja lugar a dudas. Baste como botón de muestra esta contundente declaración de principios sobre nuestros conciudadanos: «El talante usual del español es de permanente cabreo» (pág. 10). Aunque uno duda mucho de la pertinencia de esas afirmaciones o negaciones universales, más allá de la obvia función de boutades o desahogos, lo cierto es que el posterior recorrido estadístico por la envidia, el recelo, la apatía, el alarmismo, la frustración, el fatalismo, la desconfianza, el agobio y otros muchos indicadores negativos, muestra –según los datos y las interpretaciones de nuestros sociólogos– la persistencia de una sensibilidad social «profundamente resentida». El lector parece a estas alturas atisbar a los autores escindidos entre sus anhelos y la dura realidad. Por eso al final ya no le extraña la última frase de interpretación tras las cataratas anteriores de muestras, grupos, porcentajes y cuadros estadísticos, ese casi enunciado de rendición que es muestra de honradez intelectual: «Se entenderá por fin que el título de este libro sea un deseo de los autores» (pág. 393). Ahora sí. Sea.

Es conveniente subrayar que esta línea de análisis sociológico, que aparece a partir del segundo capítulo, termina por oscurecer las otras perspectivas mencionadas, marcando el sentido último del libro en forma de tradicional investigación en esta parcela de las ciencias sociales. Con ello quedan en el aire, inevitablemente, muchas incógnitas o sugerencias que los propios autores han puesto sobre el tapete. Así, tras un largo, denso y apasionante primer capítulo sobre las raíces de nuestro pesimismo secular, que encuentra su complemento ideal en una esclarecedora cala sociológica sobre la percepción de los españoles actuales sobre sí mismos, el lector inquieto ya no puede conformarse con meras estadísticas. Se preguntará por ejemplo por qué, si tanto ha cambiado la noción sobre el atraso hispano, la inferioridad del español o importantes estereotipos negativos sobre nuestro carácter (pereza, honor, violencia, religiosidad fanática, intransigencia...), se mantiene ese pesimismo colectivo tenaz, profundo, casi telúrico, como se dice en alguna ocasión. ¿En qué se funda ahora? ¿Qué significa que la «estructura social española favorece una actitud defensiva» que constituye el caldo de cultivo del pesimismo? (pág. 9). ¿Existe tanta especificidad hispana como para afirmar que «el resorte de culpar a los demás de los fallos propios es un arte que los españoles actuales dominan con maestría», y hasta para ironizar que puede estar en ello el secreto de nuestra sorprendente longevidad, «más quizá que en la famosa dieta mediterránea»? (pág. 360).

Los grandes intelectuales españoles de este siglo, desde el 98 para acá, no fueron coyuntural o accidentalmente pesimistas sino que, mucho más allá de eso, hicieron del negativismo más feroz la marca de identidad española. La concepción hispana de la vida es pesimista, decía explícitamente más de uno. El libro de Barbeito y De Miguel, que recoge esos testimonios, responsabiliza en parte a tales diagnósticos del decaído ánimo de los españoles. Se trata de otra cuestión apasionante que aquí sólo puede sugerirse: la influencia del pesimismo intelectual en el pesimismo vital (y viceversa), los vínculos entre ambos o la pervivencia en nuestra sociedad de pautas catastrofistas orladas de prestigio intelectual. Sea como sea, no deja de ser curioso que en este fin de siglo en el que se ha reiterado hasta el tópico y el cansancio la consigna de la buena salud española (especialmente económica, pero también en otros órdenes), una investigación sociológica tan completa y rigurosa como la que comentamos, nos muestre una cara bastante menos amable y complaciente de nuestra sociedad.

01/11/1998

 
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