ARTÍCULO

La tecnología y el pensamiento del siglo XX

Encuentro, Madrid
Ed. española de Ignacio Quintanilla Navarro
528 pp. 35,58 euros
 

Ignacio Quintanilla ha llevado a cabo la edición española de un texto que constituye una excelente introducción a algunos de los problemas, ya clásicos, con que los filósofos se encuentran al ocuparse de la tecnología, una compleja e impetuosa realidad que ciertamente suele desarrollarse sin prestar excesiva atención a las objeciones que aquéllos plantean. Quintanilla ha respetado básicamente el formato original de la colección de ensayos, aunque ha desestimado alguno, entre otros el de Ortega que habría equilibrado algo más la selección, y ha añadido, muy oportunamente, un breve ensayo de Javier Echeverría sobre el impacto que han de tener en la filosofía de la tecnología los últimos avances en las tecnologías de las comunicaciones. Además, Quintanilla ha antepuesto a la antología un interesante estudio preliminar que sustituye al meramente introductorio de Carl Mitcham y Robert Mackey con el que se abre la edición original y ha añadido una pertinente bibliografía española al final de la obra. Se trata de una edición muy cuidada, de excelentes traducciones, en la que lo único que se echa de menos es una mínima explicación sobre los autores, puesto que algunos de ellos distan, hoy y aquí, de ser bien conocidos por los posibles lectores del libro.
Los artículos se organizan en cuatro grandes apartados, un primero de «cuestiones conceptuales» (Ian C. Jarvie, Mario Bunge, Lewis Mumford y Jacques Ellul), un segundo capítulo dedicado a los temas éticos y políticos (Emmanuel G. Mesthene, C. S. Lewis, Crawford B. Macpherson,Yves R. Simon y George Grant), una tercera parte de temática religiosa (Nikolai Berdiaev, Eric Gill, W. Norris Clarke y Lynn White Jr.) y, finalmente, un cuarto capítulo dedicado a los planteamientos antropológicos y metafísicos (Ernst Jünger, Friedrich Dessauer, Hans Jonas y Webster F. Hood). Se trata, pues, de una verdadera compilación de clásicos de la materia a la que se le nota, tal vez, una cierta inactualidad, lo que no siempre es malo, pues la edición americana es de 1972, un momento en que apenas se había iniciado, y desde luego no era objeto de mayor atención intelectual, la más presente y turbadora de las revoluciones tecnológicas contemporáneas: la era digital.
El descubrimiento de la importancia de la tecnología para el pensamiento contemporáneo no es, en cualquier caso, una conquista reciente. Quintanilla recuerda muy oportunamente el diagnóstico de Whitehead, en 1925, conforme al cual la técnica estaba llamada a ser el tema capital de la filosofía en el siglo XX . Como es evidente, esa profecía no se ha cumplido o se ha cumplido de una manera un tanto paradójica. En la misma medida en que la filosofía se ha hecho posmoderna se ha desentendido de la tarea implícita en el vaticinio de Whitehead, a menos que se considere que la posmodernidad es, precisamente, una especie de consecuencia cultural del predominio real de la tecnología en la marcha de aquellas cosas de las que se supone que ha de hacerse cargo el pensador responsable.
No es posible hacer un comentario general sobre las muy variadas tesis que se desarrollan en los textos porque sería necesario mucho más espacio del que otorga una recensión. Es claro, sin embargo, que su lectura contribuirá a deshacer alguno de los numerosos equívocos que se ciernen sobre la técnica en general y, muy particularmente, sobre la tecnología (entendida aquí como la técnica que surge del aprovechamiento que la revolución industrial hizo de la ciencia natural moderna): así, comprender que tecnología es algo más y distinto que ciencia aplicada, no confundir a la tecnología con las máquinas, valorar el contenido de revelación, y sus riesgos propios, que está implícito en la tecnología, o comprender que, aunque la tecnología es algo que el hombre hace, su comprensión no puede reducirse a lo que nos sugiere el esquema de los fines y los medios.
Pese a la diversidad de enfoques, la impresión dominante para el lector será, seguramente, que los pensadores tienden a considerar a la tecnología como algo digno de las peores sospechas, aunque también pueda decirse que someter a crítica a la tecnología nos lleva inevitablemente a romper el cerco de propaganda y de beatería con que la tecnología se administra (se compra y se vende) en las sociedades en que ha triunfado el capitalismo liberal o, como en China, en las que el Estado ha decidido que es buena cosa para entretener al respetable. Abundan en el texto las condenas y las advertencias negativas sobre los valores implícitos en el desarrollo tecnológico y sobre los riesgos que la humanidad corre con él. Esas advertencias varían en su tono, desde la reconvención sensata, como la de Lynn White Jr. a propósito de las relaciones entre la conciencia ecológica y el desarrollo tecnológico, hasta el tono casi apocalíptico de un Jacques Ellul o de Eric Gill, por ejemplo. Se ve que es muy difícil, para cualquier pensador, desembarazarse del dualismo implícito en la obvia contraposición entre nuestro progreso tecnológico y nuestro nivel ético.
Hay varios textos que insisten en el dominio como esencia de lo técnico, en su condición de fuente de poder y de instrumento político, aunque se echa de menos alguna reflexión más específica sobre las relaciones entre economía y tecnología. Es evidente, en cualquier caso, que la reflexión sobre la tecnología pone en cuestión siempre la naturaleza de las relaciones de poder porque, como dice C. S. Lewis, «lo que llamamos el poder del hombre sobre la naturaleza se revela como un poder ejercido por algunos hombres sobre otros con la naturaleza como instrumento». De las relaciones entre democracia y tecnología se ocupa el escrito de Crawford B. Macpherson, que se apoya en su crítica del «concepto de mercado de la esencia del hombre» para terminar por presentar una imagen poco tranquilizadora de cómo van las cosas en nuestras democracias.
El texto de Ernst Jünger abre paso a la consideración metafísica de la técnica al verla como «el símbolo de un poder perteneciente a un orden superior», y esa es la tarea que se desarrolla con mayor sistematismo y acierto en el texto de Friedrich Dessauer, en el que se halla una valoración extraordinariamente positiva de la técnica como «la mayor vivencia terrena de un mortal», puesto que la técnica enseña a la humanidad cómo una «realidad de otro género» penetra en el mundo de la investigación para elevarlo y perfeccionarlo sin alterar las leyes naturales. Se trata de una visión realista de la metafísica de la técnica, muy cercana a la orteguiana, a esa doble idea de que los cuerpos han solido servir como gendarmes del espíritu y de que el enfrentamiento con la categoría de posibilidad nos hace ver lo real de manera más profunda que ninguna otra.
El libro concluye con un capítulo original de Javier Echeverría en el que se llama la atención sobre lo profundamente que ha de afectar nuestra idea de lo que es la técnica la existencia de una poderosa tecnología de base no fisicalista, en la que los objetos físicos no desempeñan el papel determinante que han desempeñado en las tecnologías de base mecánica sobre las que, inevitablemente, han meditado todos los autores de este libro. Es seguro que muchas de sus ideas pueden mantenerse en pie y algunos, sin duda, las acentuarán a la vista de lo que está pasando con las tecnologías digitales, pero, en cualquier caso, el paradigma de lo que se entiende genéricamente por tecnología se ha modificado muy fuertemente en las décadas pasadas desde la edición original del libro, de manera que muchas de las ideas que forman la concepción heredada de la tecnología, tan bien representada en estas lecturas, habrá de ser puesta en cuarentena.
La lectura de las más de quinientas páginas de este libro se hace con placer, aunque se requiere un esfuerzo intelectual sostenido para considerar en todo su espesor las objeciones que los autores ponen en pie frente a una imagen pública que, formada, al menos en apariencia, más o menos espontáneamente, puede resultar excesivamente complaciente respecto del significado y las repercusiones de la tecnología. Se trata de un esfuerzo que merece la pena porque el libro nos proporciona la oportunidad de realizar un ejercicio sin el que resulta imposible hacerse hoy una idea adecuada de lo que somos como seres humanos.

 

01/04/2006

 
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