ARTÍCULO

El príncipe y los números

Trad. de Roser Berdagué Ediciones Apóstrofe, Barcelona
236 págs. 3.000 ptas.
 

«... Y El número de oro del príncipe rumano Matila Ghika». Así termina la lista de libros depositados sobre la mesilla de noche del músico Luis de Pablo un día de los últimos años sesenta, recogida por Rafael Conte en su libro de recuerdos El pasado imperfecto. Nos da una información que pocos bancos de datos, si es que alguno, contienen. Y es que donde esté el ser humano, con su riqueza espiritual...

Se dice en la solapa que el príncipe Matila Ghika (1881-1965) hizo estudios de leyes, ingresó en 1910 en el cuerpo diplomático rumanés (sic) y terminó enseñando estética en algunas universidades americanas. Al ver lo de rumanés pensará el lector que ejerció en Ruritania, pero no: trabajó en varias ciudades europeas –entre ellas Madrid, ¿dejaría huellas?–, hizo vida mundana y conoció a muchos escritores, Proust incluido.

Si a lo dicho añadimos el título, se verá que no se trata de un libro más de divulgación. En una nota editorial se advierte que se reproduce la edición original de 1952, incluyendo los dibujos a mano del autor. El libro aparece en una colección donde no hay más libros de ciencias, pero sí muchos de Le Corbusier y otros arquitectos. Como era de esperar, se empieza con la Antigüedad y se insiste mucho, claro, en los pitagóricos, pero también los egipcios y las pirámides dan su juego; los chinos y la cábala, algo menos. Se dedica espacio a la sección áurea (el número de oro) y sus implicaciones estéticas, a la sucesión de Fibonacci, la combinatoria y los cuadrados mágicos, cuya presencia era predecible, pero derivando a partir de ellos se va bastante lejos, hasta la geometría en dimensiones mayores que tres y los hipercubos –algo que evidentemente le gusta mucho al autor– o las fracciones continuas, e incluso el Principio de Mínima Acción, que también le gusta, pero que poco tiene que ver con la teoría de números. Al acercarse a nuestros días, habla de la teoría de conjuntos y de sus distintos infinitos (los números transfinitos de Cantor), pero también se desliza a zonas un tanto alejadas: habla de las geometrías no euclídeas, junta de forma inconexa fenómenos que van contra la intuición geométrica (curvas que «llenan» un cuadrado, banda de Möbius, funciones continuas sin tangente en ningún punto) y discute el planteamiento de Turing acerca de las máquinas que piensan.

Así pues, el libro es bastante original en el terreno de la exposición-divulgación y más, desde luego, en el de la filosofía, digamos. Incluye el razonamiento por analogía, definido como «identificación de dos relaciones o de dos estructuras» como una de las tres formas de llegar a juicios correctos (las otras dos son el silogismo y la combinatoria al modo del I Ching chino), sugiere que las series transfinitas «permitirían comprender y resolver ciertos problemas relativos a las cualidades [...] del entendimiento divino», pone en estrecha relación la misteriosa teoría de grupos con los neopitagóricos, y atribuye a un cierto Hartman la afirmación –esta sí que es misteriosa– de que «la distribución de la materia en el Universo es idéntica a la de los números primos». Los últimos capítulos se apartan de lo trillado, tratando del papel del ritmo en el lenguaje (musical y poético), con la distinción de lenguaje lógico y lenguaje lírico y el papel de la sección áurea en la música. Tampoco es frecuente leer que los determinantes y las matrices son parte de la lógica simbólica más que de la matemática.

En el texto hay algún error (Galois murió en 1832 y no en 1846), muchas imprecisiones, y erratas en varias fórmulas. En ocasiones el autor usa términos (por ejemplo «compacto» y «paradoja» en la pág. 124) en un sentido distinto del habitual, lo que puede confundir al lector. La traducción, en general correcta, hubiera ganado de ser revisada por alguien del gremio: encontramos «Hipacia» y no «Hypatía», «diofantina» (y no «diofántica»), «disposiciones» (y no «variaciones») con repetición, etc. Las cortaduras de Dedekind son «recortes» en la página 133 y «cortes» en la 159. La geometría «afinada» de la página 212 debe ser la afín, y mucho nos tememos que los «lógicos positivas (sic)» de la 191 puedan ser los positivistas lógicos...

Como ya se dijo, el libro es de 1952, lo que afecta a algunas partes –la dedicada a las computadoras resulta deliciosamente kitsch-pero muy poco, o nada, a otras. El príncipe se deja llevar por sus filias y fobias –más por las primeras–, exhibe múltiples saberes no siempre rigurosos y da al libro un toque levemente excéntrico que no es el menor de sus atractivos.

01/12/1999

 
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