ARTÍCULO

Me he mostrado tal como fui

 

Frente a una autobiografía o un libro de memorias, existe la tentación de empezar con la cita de algún teórico del género que explique y explore las conexiones entre el relato de la propia vida y la realidad; que hable del carácter ficticio del sujeto autobiográfico; que aborde, en suma, la complejidad de esa escritura referida a los hechos que definen una trayectoria particular en un tiempo concreto, la relación entre la biografía, la sociedad, la cultura, la política y la historia; todo aquello que conforma la experiencia de la identidad. No resistiré dicha tentación pero, en lugar de referirme al innovador Roland Barthes, me inclinaré por el clásico Jean-Jacques Rousseau.
Hay algo de Jean-Jacques Rousseau en Xavier Pericay. Si en las Confesiones el ginebrino desvela su singularidad a través del «me he mostrado tal como fui», lo mismo puede decirse del barcelonés en Filología catalana. Xavier Pericay, como Jean-Jacques Rousseau, además de relatar su conversión en otro hombre al percibir la existencia de otro mundo, persigue la honestidad. Si Jean-Jacques Rousseau se sentía filósofo «por el entusiasmo de la verdad, de la libertad, de la virtud», Xavier Pericay se siente filólogo por similares razones críticas. Si la filología catalana constituye, como dice el autor, «el nervio de aquel proyecto de país que había que reconstruir, tras cuarenta años de dictadura, dos siglos y medio de infamia castellana, o cinco de maleficio dinástico», la crítica filológica de esta filología –léase ideología–, como cemento y sostén del pensamiento único nacionalista dominante en Cataluña, deviene en una manera de aproximarse a la verdad, la libertad y la virtud.
El trabajo de Xavier Pericay –filólogo, periodista, escritor, traductor y profesor universitario– responde al proyecto de cartografiar el pasado –y el presente– y conocerse y explicarse a sí mismo. Y mostrar todo ello a los demás. La carta levantada revela la obsesión identitaria del nacionalismo catalán, así como el deseo igualmente obsesivo de llevar a puerto la llamada reconstrucción nacional de Cataluña. Revela la prevalencia de los supuestos derechos nacionales en detrimento de los individuales, la existencia de un certificado de catalanidad y españolidad concedido a los afectos y desafectos a la causa, la omnipresencia de un victimismo que cuenta con una sociedad civil –financiada por el poder político regional– que es la force de frappe del designio nacionalista. Y revela el empeño de un socialismo catalán que se adueña y nutre del nacionalismo pujolista. En la carta se constata, en fin, que en Cataluña no puede cuestionarse el escalafón lingüístico que concede al catalán el lugar de privilegio, que en Cataluña no se respeta el derecho a la libertad de elección de lengua, que el catalán se ha convertido en un objeto de culto, que el nacionalismo de derecha e izquierda pretende que el catalán sea la única lengua institucional. ¿La política de inmersión lingüística? No conduce a ninguna parte más allá de alimentar a la bestia nacionalista.
¿Por qué el autor –que, de una u otra manera, participó en el juego ocupando, por ejemplo, cargos de responsabilidad en el Instituto de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona– ha tardado tanto en formular sus críticas? Xavier Pericay –explicándose a sí mismo, decíamos– se sincera: «Los que teníamos que plantar cara no lo hicimos. Ese es el tema. O huimos de la realidad o hicimos la vista gorda. O, lo que es peor, colaboramos, militamos en la causa nacional. Yo, por ejemplo, hice un poco de todo. En especial huir. Tener la cabeza, cómodamente, en otra parte». Y, recordando un caso de persecución ideológica a un compañero de universidad, pregunta y responde: «¿Por qué reaccioné con el silencio, cobardemente, mirando para otro lado? Lo ignoro, aunque puedo imaginármelo: por miedo a poner en peligro mi trabajo, por simple comodidad y porque ni yo mismo, ¡ay!, estaba seguro de que Marín no hubiera hecho lo que tenía que hacer». Quien habla es Xavier Pericay, pero son muchos los ciudadanos de Cataluña que podrían decir lo mismo.
Cuentan las biografías de Jean-Jacques Rousseau –sigo con una analogía que no incluye ni la ingenuidad, ni la emoción, ni la iluminación y otras hierbas rousseaunianas– que el filósofo, entre otras ocupaciones, fue copista, grabador y botánico. Si bien se mira, Xavier Pericay ejerce también estos oficios al registrar y estampar los sonidos, imágenes y personajes de la Transición. En este sentido, Filología catalana es un libro de historia –de historia oral, me atrevo a decir– en que echa a andar ante el lector la flora y fauna de la Barcelona franquista y posfranquista. La fenomenología de la clase media, el catalanismo infiltrado, la rebelión juvenil, el devaneo anarquista, la prensa, la universidad y las Ramblas: todo ello y más es descrito y hablado –novelado, incluso– por un autor que no omite nada con la intención de que la realidad se haga presente para quien quiera verla y leerla. Vitam impendere vero, decían los clásicos. Y para ello, Xavier Pericay, utilizando la figura del padre y la madre –ahí sí hay algo de Roland Barthes– como hilos conductores, avanza, retrocede y vuelve a avanzar con el objeto de contextualizar, describir y reflexionar. Verbo cuidado. Impresiones y opiniones. Memoria, testimonio y realismo. Confesión. La lucha contra sí mismo. Crítica y autocrítica. La posibilidad de empezar de nuevo después del desatino. Ser uno mismo. No perder la dignidad. El autor escribe para él mismo, pero los destinatarios son los demás. Xavier Pericay se parece al testarudo Émile de Jean-Jacques Rousseau que se presentaba con la credencial de «ciudadano de Ginebra» y pretendía servir a su país «en la honorable función de ciudadano». Por cierto, en la Ginebra absolutista del siglo XVIII se quemaron los libros del filósofo. Cualquier parecido con la Cataluña del siglo XXI no es pura coincidencia.

01/01/2010

 
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