ARTÍCULO

Algo más que una invitación a filosofar

Ariel, Barcelona, 1999
288 págs.
 

Dice una leyenda, que Fernando Savater recuerda en algún momento de su nuevo y apasionado alegato filosófico, que Demócrito reía y Heráclito lloraba. La oposición fabulada de actitudes entre el filósofo riente y el filósofo lamentoso reverbera de múltiples maneras en la historia de nuestra cultura y me atrevería a decir que constituye uno de sus polos secretos. La risa de Demócrito ha venido a resultar, no obstante, cuestión más disputada que las lágrimas de su compañero. Tras la condena de la Iglesia a la risa democrítea, pues dicho está que Cristo nunca rió, desde el Renacimiento (Ficino, Erasmo, Montaigne) y hasta nuestros días (el, para Savater, admirado Santayana por ejemplo) toda una caterva filosófica tomó esa risa como modelo de actitud intelectual. Quienes imitan a Heráclito aducen, con cierta razón, que las muchas barbaries del pasado y del presente pueden congelar la risa de Demócrito en una mueca de desapegada distancia, en el mejor de los casos, o de cinismo, en el peor de ellos. Quienes, por el contrario, siguen el ejemplo de este último (tal como nos lo pintan, a carcajadas ante la inveterada torpeza de los abderitas, el pseudo-Hipócrates y Pierre Bayle), piensan que los males humanos proceden, en su mayoría, de la estulticia, de una roma inteligencia y de una mermada racionalidad. Son, pues, talantes diferentes, que huelen –como gustaba pensar Santayana– de maneras diversas, por mucho que a veces lloremos y a veces riamos y por mucho que nuestras lágrimas sean origen de nuestras carcajadas y éstas en ocasiones se nos trastruequen en llanto.

Fernando Savater ha sido siempre –desde su temprano Nihilismo y acción– de tal caterva democrítea y de ello da cabal testimonio este libro. En todos sus capítulos alienta la actividad gozosa de pensar, la resistencia a dejarse llevar pasivamente de las obviedades que creemos creer y que creemos sentir y el impulso para indagar activa y racionalmente que es lo que en realidad podemos creer y deberíamos creer y lo que anda metido entre lo que sentimos y deberíamos sentir. Cada uno de ellos es un ejercicio sistemático, activo contra lo obvio, de esa razón indagadora que alcanza a mostrar lo liberador del pensamiento, como liberadora es la risa. Pues quizá sucede que pasividad y actividad, dejarse llevar y hacer, son otros tantos nombres para lo que la fábula ponía, respectivamente, en Heráclito y en Demócrito. El lector que tome este protréptico filosófico en sus manos («protréptico» es el nombre del género de iniciación filosófica al que pertenece el texto que comentamos) pudiera, no obstante, pensar que su comienzo no es índice de actitud gozosa y reidora: en efecto, se abre con una meditación sobre la muerte. Apoyándose en la excusa de su propia experiencia personal, Savater sugiere que el pensamiento sólo lo es si es pensamiento propio, desde el individuo irreemplazable; y nada más irreemplazable que uno mismo ante la propia muerte. Como lo importante es esa idea de irreemplazabilidad, no está desaconsejado que el lector dé en pensar que es irreemplazable también en otras más gozosas circunstancias, como lo es asimismo en la tarea de desarrollar el modo de vida que su propia dignidad le dicte y su (contingente) libertad le permite. Ciertamente, y en cualquier caso, lo que Savater sugiere es que incluso lo que tiende (pasivamente, obviamente) a concebirse como el gran desastre, la muerte, puede trocarse en meditación democrítea de la gran explosión de la vida. Los bellos párrafos finales del libro son un canto gozoso ante la muerte y precisamente porque no sólo somos irreemplazables en ésta, sino también en la vida pues «si la muerte es olvido, la sociedad será conmemoración; si la muerte es igualación, la sociedad instaurará las diferencias [...]; si la muerte es repetición de lo mismo, la sociedad intentará lo nuevo y amará como algo siempre nuevo los viejos gestos de la vida, los nuevos seres como nosotros, la progenie indomable de los mortales». Pues «no es la desesperación la que crea, sino la alegría».

Esa alegría creadora no es, como pudiera maliciosamente interpretarse de la actitud democrítea, un pensamiento ingenuo y a la buena de Dios. La filosofía que apasionadamente se defiende aquí es incitación y alegría, pero también es trabajo del concepto. Pues si, parafraseando a Kant (un autor que, a pesar del respeto, no es de las querencias de Savater), el concepto sin incitación es vacío, la incitación sin concepto sería ciega. Savater ha hecho un esfuerzo de sistematicidad en el tratamiento de los diversos capítulos que se dedican monográficamente a problemas epistemológicos, morales, de antropología filosófica, de estética. El panorama resultante es más que satisfactorio y completo. Intenta en cada uno de ellos abrir una puerta contemporánea al estudiante y mostrarle por qué cada uno de esos problemas son relevantes para pensar desde la vida y para pensar la vida misma. Aunque el libro se presenta con la intención de ser una incitación para estudiantes de bachillerato, y se evitan por ello el abuso de términos técnicos y la presentación de extensos argumentos sistemáticos, contiene un excelente resumen de algunas de las discusiones técnicas contemporáneas. No creo que hayan sido frecuentes en Savater las incursiones en la filosofía analítica (al menos, yo no las recuerdo); aquí, por el contrario, aparecen con relativa asiduidad y, lo que es muy de agradecer, lo hacen en perfecta consonancia con las más abundantes referencias a la gran filosofía de Occidente en sus períodos clásico y moderno. No obstante, algunos tratamientos (pienso en algunas reflexiones sobre la ciencia y el lenguaje o en algunas derivas de la ética contemporánea) podrían haber encontrado una atención algo mayor. Se me ocurre que algunos momentos más de la filosofía de nuestro tiempo habrían engarzado perfectamente, sin lastrarlo, con lo que el libro dice. Por ejemplo, la elegancia de Quine, alguna que otra andanza más de Putnam o incluso las impertinencias de Rorty no le habrían venido a trasmano. Tampoco, por ejemplo, hacer explícito lo que a Rawls le debe la aguda defensa que el libro hace de la idea de que el espacio social es el espacio de lo razonable. Aunque, bien es cierto, no hemos de olvidar que se trata de un libro de incitación; no de un tratado de historia del pensamiento o de filosofía sistemática. Y este rasgo del género del libro merece algún comentario.

No parece desacertado el diagnóstico que indica que algo está fallando en los procesos de transmisión cultural y no parece que la percepción que muchos docentes tienen de la imposibilidad de la tarea educativa sea índice sólo de lo mal que andan los planes de estudio o de la torpeza de las instituciones ministeriales. Aunque Savater se ha opuesto reiteradas veces –creo que acertadamente– a un diagnóstico pesimista sobre el mal estado de la juventud y al pensamiento perezoso que considera los tiempos presentes como tiempos de penumbra absoluta en los que se anuncia una ya irremediable oscuridad, también ha mostrado –como hace poco en El valor de educar– su preocupación por las fisuras en la transmisión cultural. Educar tiene que ver con hacer surgir actitudes y conceptos, y ambos en forma activa. Son las formas de pasividad social –como la apatía de los ciudadanos en la esfera pública o su pereza al pensar qué hacer con su propia, irreemplazable, vida– las que generan preocupantes interrupciones y ruidos en los procesos de socialización; y no sólo en la escuela, sino sobre todo en la ciudad misma. O, dicho de otra manera, la creciente complejidad del mundo social parece fomentar no la actividad de la emoción y del concepto sino el desmayo de la voluntad y el desánimo de la inteligencia. No parece que un libro, ni un montón de ellos, pueda ser remedio para tan inquietante situación. Serán los ciudadanos quienes lo hagan, si quieren y si se les deja; y ahí la incitación sí que tiene sentido y urgencia. El fluido cultivo del ensayo –de la invitación, de la incitación– que Savater ha practicado tiene, aquí, su fuerte sentido cívico. Si el lector de estas líneas tiene progenie en edad adolescente hará bien en leer con ella este libro, y aprender no sólo con lo que lea sino con lo que vea que su descendencia entiende; y, sobre todo, tampoco hará mal si hace que lo lea alguno de sus profesores. En concreto, parece adecuado que quienes nos dedicamos a esa casi imposible tarea de enseñar filosofía (ya que no, como debiéramos, a enseñar a filosofar) nos demos cuenta de que, como decíamos, los conceptos filosóficos sin incitación son vacíos. Es más, que sólo existen en tanto conceptos, e incluso como conceptos venerables, si podemos vislumbrar que nacieron como inquietantes incitaciones y que esa es toda la razón de su vigencia.

01/05/1999

 
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