ARTÍCULO

Escucha, y vencerás

por Luis Gago
Ed. Fundación Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, Las Palmas, 1997
300 págs.
 

Para escribir este libro es necesario tener pocos prejuicios, unas miras muy amplias y haber vivido el fenómeno musical en todas sus manifestaciones. No creo conocer a nadie con unas vivencias y unos intereses musicales tan poco amigos de las restricciones como los de Fernando Palacios. Cualquier tipo de música, desde la producida por un par de tambores africanos a una canción de Concha Piquer, desde un motete de Dufay al estreno más reciente de Ligeti, de la trompeta de Freddie Hubbard a los requiebros de Enrique Morente, de un lied cantado por Elly Ameling al último disco de Bruce Springsteen, de un tropo gregoriano a una canción folclórica corsa: todo es susceptible de ser disfrutado y valorado por quien ha sido, o es, bibliotecario de conservatorio, solista de trompetilla de plástico (sic), compositor de vanguardia, presentador de radio y televisión, asesor pedagógico de orquestas sinfónicas, enseñante, coleccionista de extraños instrumentos... Tantas y tan diversas actividades lo han llevado de actuar en el Teatro Real con la Orquesta Nacional manipulando la cinta de una sinfonía de Gerhard a tocar en numerosos bares y escenarios nocturnos de Madrid oculto bajo su heterónimo más revelador –Rudy Armstrong–, de ofrecer un insólito espectáculo con instrumentos de plástico en el castillo de Santa Bárbara, en el marco del Festival de Música Contemporánea de Alicante, a disfrazarse de africano para ilustrar a miles de escolares de Gran Canaria sobre los secretos de las polifonías y los ritmos de aquel continente o, en fin, a ofrecer happenings disparatados en el Conservatorio de Madrid (esto último, en tiempos ya irremisiblemente perdidos). Y es necesario extenderse tanto de entrada en la peripecia vital de Palacios porque es en el curso de este largo y tortuoso viaje hacia su particular Ítaca en el que ha aprendido o sentido mucho de lo que ahora ha decidido mostrarnos en forma de libro.

Rodeados como estamos por una crítica musical volcada casi en exclusiva en dar cuenta de conciertos o representaciones operísticas ya extintos, y en primar el acto de la interpretación sobre la música misma o sobre la adecuada preparación del oyente para el mejor disfrute de aquélla, resulta extraordinariamente reconfortante que alguien que ha vivido y que conoce el hecho musical en profundidad reflexione en voz alta sobre aspectos tan olvidados y desdeñados por nuestros críticos. El título del libro, por tanto, no podía ser más atinado: Escuchar. Tampoco es de extrañar, asimismo, que uno de los principales ensayos que lo conforman sea una extensa reflexión en torno al silencio, a cuya percepción musical –tan dificultosa en estos tiempos– adjudica Palacios tanta importancia como a la vivencia gozosa de su negación.

Como toda recopilación de artículos y ensayos escritos en coyunturas históricas diversas y destinados a publicaciones muchas veces muy diferentes entre sí, Escuchar contiene algunas reiteraciones que en ocasiones molestan, pero que las más de las veces sirven para remachar algunas de las tesis fundamentales del autor: cualquier vía es buena para adentrarse en la música y llegar a sus plasmaciones sonoras más complejas; puede interpretarse música con los medios más rudimentarios, siempre que exista una auténtica voluntad de hacerla (Palacios es coautor de un curioso libro titulado Artilugios e instrumentos para hacer música, Madrid, Ópera Tres, 1990); el gusto es perfectamente educable y modificable; en España no existe una auténtica afición a la música; o, quizás la más importante y la que impregna casi todas las páginas del libro, la educación –no necesariamente de músicos profesionales, sino de meros oyentes, o escuchadores habría que decir en este caso– es una herramienta insustituible para poder disfrutar en toda su intensidad del hecho musical. Palacios incide, lógicamente, en las actividades pedagógicas con niños, las que él mejor conoce y las que apoya con denuedo, pero aquí nos cuenta también los efectos benéficos de los conciertos destinados a familias, en los que la escucha compartida se convierte en un aliciente más de una experiencia enriquecedora.

El libro está escrito con una prosa sencilla y casi oral, y se lee con agrado al huir, parece que voluntariamente, de cualquier alambicamiento literario o de perderse inútilmente en metáforas o circunloquios que pudieran entorpecer el modo de expresarse directo y conciso del autor, que cubre lo que cuenta, glosa o propone en estas páginas de un marcado barniz subjetivo. Ello explica que la escritura en primera persona domine gran parte de su discurso. No podía ser de otra manera si tenemos en cuenta la trayectoria de Palacios y la consideración de este libro –así se apuntó ya al principio– como una suerte de «diario de a bordo». Es mucho, por tanto, aquello de lo que el lector podrá disentir, o simplemente alejarse por anecdótico o ya sabido. El autor no parece muy amigo de las medias tintas y sus opiniones, aunque razonadas, suelen ser enérgicas. Poseen, sin embargo, la virtud de motivarnos tanto si las compartimos como si las denostamos. Tampoco se trata de un libro escolástico o académico al uso, de ahí que carezca de notas a pie de página o de aparato bibliográfico. Esto último podría haberse subsanado, por más que las lecturas de cabecera de Palacios se encuentren esparcidas aquí y allá a lo largo del libro, mientras que las posibles notas, si no de manera expresa, se imbrican con naturalidad en el texto principal. Así, unos le reprocharán al libro cierta ausencia de rigor y de tratamiento científico, mientras que otros lo acusarán de ser un mero compendio de obsesiones personales. Hay, no obstante, una tercera vía, que propugnamos desde aquí, y es la de quienes pensamos que algo tan sencillo, cotidiano y placentero como escuchar está cada vez más necesitado, aquí y ahora, de libros como éste.

01/01/1998

 
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