ARTÍCULO

Fernando León de Aranoa: Los lunes al sol

Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, está distribuida por Sogepaq .
 

No voy a negar que las calificaciones que se hacen en los periódicos y en las revistas de las películas españolas, tanto de las que se exhiben en pantalla grande como de las que pasan por la televisión, me inspiran un poquito de recelo. La experiencia te dice que, cuando la valoración viene expresada en número de estrellas, resulta casi siempre obligado, para poner las cosas en su sitio, quitarle a la película española por lo menos una y muchas veces hasta dos estrellas. Lo que ocurre es algo así como si a las pensiones españolas, por el mero hecho de ser españolas, se les elevara a la categoría de hoteles. Y no quiero decir que las nuestras sean todas como pensiones y las de otras cinematografías, verbigracia, la norteamericana, sean hoteles de cuatro estrellas, puesto que de todo hay en la viña del Señor.

Pero el fenómeno se da y yo no hago otra cosa que constatarlo. Es además un fenómeno emocionante por lo singular, y que no ocurre en casi ningún otro ámbito de la creación expuesto a la crítica. Supongo, claro, que de esto también tiene la culpa el franquismo. Y por eso, hasta cierto punto, sólo hasta cierto punto, hay que alegrarse. Son las caricias que se le hacen al cine español por su padecimiento pasado, por lo que de verdad sufrió con aquello de la «españolada», género de obligado cumplimiento durante el franquismo que sólo el talento aliado con la fortuna –véase una vez más la tan celebrada Bienvenido, Mister Marshal– supo sortear.

La «españolada», afortunadamente, ha desaparecido, o al menos casi ha desaparecido de nuestras pantallas, mientras que, siguen, sin embargo, y de qué manera, las películas americanas, más americanas además que nunca, y que si todavía no han cuajado en un vocablo denigrante, «americanada», no es por falta de merecimientos, que los tiene y más que sobrados. Por eso hay que considerar que esas estrellas de más con que suele privilegiarse hoy a las películas españolas no son otra cosa que una especie de justicia reparadora que brota espontáneamente del corazón de nuestros críticos, abrumados por el monstruoso peso de las «americanadas». Eso, claro, tiene como todo un lado bueno y uno malo. El bueno ya queda apuntado. El malo no es otro que el punto de confusión y desconfianza que se genera entre los espectadores, pues en nuestro mundillo cinematográfico es más frecuente de lo deseable confundir churras con merinas, como vulgarmente se dice.

Dicho todo lo anterior, me apresuro a declarar que este no es el caso de Los lunes al sol, una película excelente, con cuyas críticas, generalmente positivas, cuando no entusiastas, estoy en su mayoría de acuerdo. Su director, el madrileño Fernando León de Aranoa, es muy joven; nació en 1968, lo que, a la vista de su nada desdeñable obra, nos hace revisar lo que siempre se ha creído –quizá por el buen número de maestros de edad avanzada (Ford, Chaplin, Wilder, Huston y tantos otros) que han inundado durante tantos años las pantallas–, que la dirección cinematográfica era, como la novela, un asunto de madurez.

Pero últimamente en España las cosas parecen ir por otro lado. Ha surgido Alejandro Amenábar, tan jovencito como el Welles de Ciudadano Kane, pero también ha surgido Fernando León de Aranoa que ha hecho Barrio con poco más de veinte años y que antes había dirigido Familia y el corto Caminantes y escrito o colaborado en unos cuantos guiones y que ahora consolida su carrera con esta Los lunes al sol, de alguna manera una continuación de Barrio, en la misma medida orgánica en que el adulto es continuación del niño. Porque aquellos desocupados de la adolescencia o de la infancia, aquellos desatendidos de la sociedad que vivían en un barrio marginal, son ahora los desocupados en su sentido más literal y también en el más cruel; los parados.

Los lunes al sol tiene, así, bastante que ver con Barrio. Ambas comparten una misma preocupación por mostrar la cara menos alegre o triunfalista de la sociedad de nuestros días, esa que los políticos, sean del signo que sean, cuando están en el poder tratan siempre de ocultar. También, un modo específico de narrar caracterizado por una aparente neutralidad o desgana, lo que se traduce en una acción aparentemente plana, quiero decir sin la tensión de una amenaza o de un conflicto personalizado en antagonistas individuales, de modo que nunca se cargan las tintas, como si el director estuviera convencido de que la propia historia lleva suficiente carga y que lo que a él le compete es simplemente colocar la cámara para que haga de espejo de la realidad.

Pero, claro, eso, como muy bien saben los lectores, no es así, pues todo lo que la cámara retrata ha sido previa y minuciosamente organizado por el director; y hay que decir que con magnífico pulso, con extraordinario talento, empezando por el trabajo de los actores, todos, de los que saca un partido muy difícil de superar y que, a mi juicio, es uno de los mayores valores, si no el mayor, de la película.

Se ha hablado mucho de Javier Bardem y de sus méritos para haber conquistado la Concha de Oro a la interpretación –que finalmente no consiguió– en el último Festival de Cine de San Sebastián, algo que sí logró la película en su conjunto. Pero otro tanto cabe decir de todo el elenco, desde el actor que interpreta el personaje de Amador, Celso Bugallo, hasta el que hace de guarda retrasado de los astilleros; o el de José, interpretado por Luis Tosar, o el de su mujer Ana, que encarna Nieve de Medina; o el personaje del dueño del bar, antiguo compañero del astillero, Rico, interpretado por Joaquín Climent, que hace también un extraordinario papel, un secundario de los difíciles, pues no implica ningún lucimiento aparente, dado que sus registros son tan poco llamativos y tan faltos de énfasis como cuando se ha de reflejar hastío, descreimiento y resignación, lo que hace de modo ejemplar.

Por eso, si decimos que Javier Bardem no hace más que estar a la altura de sus compañeros, estamos diciendo que la suya es también una interpretación magistral. Su personaje es complejo, ambiguo, entre nihilista y caradura, positivo para unos, negativo para otros. El ascendiente que tiene sobre sus compañeros es ambiguo también, pues unos lo ven como paladín permanente de una lucha que ha adoptado la derrota como bandera; mientras que otros creen que ya ha renunciado a la pelea para acomodarse a una ramplona economía de supervivencia entre pícara y soñadora.

Hay, pues, en la película, como se deduce de lo anterior, una galería de tipos humanos perfectamente diferenciados e identificados, lo que no es tan frecuente como debiera en el cine español. Y se logra de modo suave, sutil, inteligente, mediante un diálogo bien construido y mejor medido, sin necesidad de trazos que tiendan excesivamente a lo grotesco, sin el subrayado casi caricaturesco de los caracteres, sin enfrentar a los personajes a una situación límite para elaborar una vez más una supuesta épica de nuestro tiempo. En Los lunes al sol la única épica que hay es la del vivir de cada día en la clase trabajadora de una sociedad industrial en crisis.

Desde luego que el personaje de Santa y la interpretación que de él logra Javier Bardem merecen un comentario aparte. Las cualidades de Bardem como actor han dejado de ser noticia. Javier Bardem es una de las grandes revelaciones de la interpretación de los últimos años, no en España sino en el mundo. Su ductilidad, su presencia ante la cámara, su capacidad transfiguradora y su convicción a la hora de transmitir la llama, el temblor o simplemente la baja temperatura de una vida son ciertamente notables. Este personaje de Santa tiene la atracción de su misteriosa ambigüedad. Resignado a su suerte, parece, sin embargo, que no se doblega, y con su actitud, de una displicencia irónica majestuosa, pretende elevarse por encima de sus compañeros, sobre todo de aquellos que más se esfuerzan por retornar al mundo laboral, y a los que mira con una conmiseración escéptica. Es precisamente ahí donde surgen las mayores tensiones entre ellos, donde nace incluso el conflicto. Pero lo cierto es que no hay una toma de partido, que al espectador ni siquiera se le insinúa la mejor o peor condición de unas conductas sobre otras; eso es algo que ha de aprender por sí mismo.

Santa, además, no es un personaje cargado de ideología, antes bien, su idealismo es antimarxista, pues es soñador y evasivo; le gusta hablar de Australia, de las bondades que imagina se dan en aquel enorme país sin razones que lo avalen; habla también de otras cosas apoyándose en una peculiar filosofía personal, entre perogrullesca y fantasiosa, que, sin embargo, revelan un extraño talento para tomarse la vida a chirigota, algo que no siempre siguen sus interlocutores, que al final acaban esbozando una sonrisa. Santa ha decidido poner al mal tiempo buena cara, tomarse a broma las cosas duras de la vida, renunciar a la lucha, para ser una reliquia viva de los males de la sociedad capitalista. Pero es tanto ya su escepticismo que también parece reírse de sí mismo.

Fernando León de Aranoa ha sido guionista, y lo sigue siendo, algo que normalmente sirve de aval excelente para el oficio de director. En Los lunes al sol se cumple con creces, acaso porque no hay nadie más capacitado para traducir a imágenes las palabras de un texto que su propio autor. Y el guión está bien medido, en el ritmo y las elipsis, con diálogos fluidos, plenos de gracia y sentido. Sólo un pequeño borrón: la inverosímil excusa que se utiliza para que Bardem haga de canguro, a pesar de la estupenda resolución en imágenes de todo el episodio. Me refiero al momento en que Bardem-Santa sustituye a la hija de su amigo, el dueño del bar, para cuidar de un niño mientras sus padres salen fuera esa noche. Santa lleva a sus amigos a la lujosa residencia y, mientras se supone que velan por la criatura a su cargo, se entregan a plácida tertulia, paladeando los mejores caldos de sus forzados, ignorantes e involuntarios anfitriones. Es una lástima que la inverosimilitud básica de la escena ––más cuando se nos quiere hacer creer que la tal sustitución no era la primera vez que se hacía–, menoscabe su oportunidad y la notable secuencia en la que Bardem lee al niño, al que trata de hacer dormir, la fábula de la cigarra y la hormiga, que sin duda él está leyendo por primera vez en su vida. La historia tira de él y, encorajinado por el éxito de la estrategia vital de la hormiga, que implica además el fracaso de la cigarra, exclama algo así como: ¡Que no, chaval, que todo es mentira! ¡Habría que saber por qué unos nacen cigarras y otros nacen hormigas! Y es que Bardem-Santa parece haber nacido cigarra, lo mismo que la mayor parte de sus compañeros y amigos, cigarras todos a los que el invierno de la vida, por mucho que estén los lunes al sol, o precisamente por ello, no les depara un destino agradable.

Hay en la película aciertos plásticos memorables, una muy buena utilización del paisaje urbano de fondo que hace las veces de un personaje más, subrayando de manera permanente la situación de crisis en la que todos están inmersos. Y hay secuencias de gran alcance metafórico, de factura sorprendentemente poética. Así, por ejemplo, esa visión parcial de un partido de fútbol que hacen los amigos desde las alturas de un edificio en construcción, entre ladrillos, vagonetas y polipastos. Todos siguen las jugadas, los pases, la trayectoria del balón con verdadero entusiasmo, y como empujando con sus ademanes los movimientos de los jugadores; pero cuando llegan con la vista al último tercio del campo, donde se halla la portería contraria, se tropiezan con el obstáculo de la marquesina de tribuna que les impide la visión. Entonces esperan en silencio, con la tensión contenida, expectantes, deseando que los espectadores de tribuna estallen con el grito jubiloso de gol para que ellos se abracen alborozados gritando asimismo ¡¡goool!! Es una buena metáfora de lo que está ocurriendo en nuestras sociedades del primer mundo y en el mundo en su conjunto, que las celebraciones, aunque sean colectivas, realmente no son para el disfrute de todos, a algunos sólo les queda el eco de ese gozo. Lo dice el inmigrante ruso que comparte con ellos tan peculiar tribuna: «Lo malo del comunismo es que no era como nos decían que era. ¿Y sabéis lo malo del capitalismo? Que sí es como nos decían que era».

01/12/2002

 
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