ARTÍCULO

Saussure, cien años después

 

El suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913) es considerado como el fundador del estructuralismo lingüístico, que inicia su rumbo poco después de su muerte por obra del ruso Roman Jakobson (18961982). En los años sesenta, los franceses Levi-Strauss, Balandier, Barthes, Greimas y Derrida lo extendieron a la antropología, la historia, la estética y la filosofía. Palabras como fonema y sintagma, que se incorporaron al bachillerato de los años setenta, tienen su origen en la teoría del lingüista ginebrino. Esto es un índice del alcance de las teorías saussurianas, que constituyen ya una parte nada desdeñable del acervo cultural del siglo XX.

Saussure es caso poco frecuente de la historia intelectual europea. Nacido en una familia aristocrática de científicos y políticos suizos, comenzó estudios de física y química en Ginebra en 1875, para dejarlos en 1876, cuando marcha a Leipzig, centro de la lingüística del siglo XIX. En Leipzig estudia sobre todo con Curtius y Leskien, y frecuenta menos a los más duros del programa de la lingüística neogramática: Osthoff y Brugmann. Es en este ambiente en ebullición y lleno de rencillas, como es habitual en las universidades, donde en diciembre de 1878, a los veintiún años, aparece su tesis doctoral, la célebre Mémoire sur le systeme primitif des voyelles dans les langues indoeuropéennes. Esta tesis expone la teoría de las laringales, poco después confirmada, y puntal de la lingüística indoeuropea. Los sabios alemanes no calibraron la importancia de esta tesis, que fue acogida desfavorablemente. El autor, convencido como estaba de su aportación, se refería a la actitud de aquéllos como «la monstrueuse stupidité des Allemands». En 1880 escribe otra tesis en Ginebra, menos ambiciosa, pero donde sigue mostrando la necesidad de sobrepasar el enfoque neogramático al atacar directamente un problema de sintaxis, algo que con frecuencia se olvida.

Desde 1881 hasta 1891 enseña en París el gótico y el alto alemán antiguo, y en este último año, por insistencia de su familia, vuelve definitivamente a Ginebra, donde obtiene una cátedra de sánscrito y lenguas indoeuropeas, y se casa con Marie Faesch, una aristócrata que aporta al matrimonio el Château Vufflens, donde muere en 1913. Desde 1880 hasta su muerte, Saussure publicó muy poco, y todo ello en el campo de la etimología y la comparación lingüística. Y lo que es más sorprendente, se interesa por cosas tan peregrinas y ajenas a la lingüística como los anagramas en la poesía latina o el espiritismo que practicaba el doctor Flournoy.

Nada indicaba, por tanto, el impacto del libro póstumo, las notas que sus pocos estudiantes recogieron a lo largo de varios años académicos, y que aparecieron en 1916 con el título de Cours de linguistique générale.En este libro, Saussure acomete una tarea epistemológica, la de ofrecer una teoría del conocimiento objetivo de la lengua. ¿Por qué Saussure acomete esta empresa y qué tesis establece?

La respuesta a la primera cuestión me parece clara: la insatisfacción con la lingüística neogramática de Leipzig. Saussure descubre que los neogramáticos carecen de una teoría lingüística, porque mezclan varios puntos de vista: el histórico (la etimología) con el punto de vista del estado presente; porque no tienen idea de cuáles son las unidades de que se ocupa la lingüística, y sobre todo porque para los neogramáticos cada objeto lingüístico es un átomo independiente de los otros, omitiendo que la lengua es sistema. La segunda cuestión puede sintetizarse en varias afirmaciones. Primera: Saussure establece la prioridad de adoptar un solo punto de vista temporal sobre el objeto, que es el presente, ya sea el presente actual o el presente de una época pasada; en la segunda, afirma que existe la entidad lengua, constituida por unidades de forma, los signos, cuya propiedad esencial es el de ser valores (en el sentido de la teoría económica, como valor de cambio), y en la tercera, que tales unidades forman un sistema, que es independiente de su historia y de otros sistemas de valores.

Estas tres afirmaciones constituyen lo que se ha llamado el formalismo lingüístico, o también estructuralismo, o incluso estructuralismo funcional. La primera tesis es el pivote de la discusión mantenida en Francia hace cuarenta años entre marxismo y estructuralismo. Niega la historia, la acción humana consciente o no, y afirma la existencia de elementos invariantes en el pensamiento y el comportamiento humanos, a los que el hombre estaría sometido. Parte de la segunda tesis, y toda la tercera, el formalismo, constituyen el núcleo dogmático de la lingüística de Chomsky, hoy dominante.

El Curso de 1916 constituye una de las versiones del pensamiento de Saussure, que nunca escribió una teoría lingüística acabada. Por eso, la aparición de nuevos escritos suyos resulta un acontecimiento. En 1996 se encontraron en el invernadero de la villa ginebrina de la familia Saussure, situada cerca de la Place Neuve de Ginebra, unos manuscritos de lo que el autor quería que fuese un libro de lingüística general donde expondría toda la complejidad de sus reflexiones. De este libro Saussure había hablado, pero las páginas escritas estaban, según él, extraviadas, y, al parecer, no estaba dispuesto a rehacerlas. Ahora aparecen pulcramente editadas por Simon Bouquet y Rudolf Engler. Este último, un reconocido especialista en la edición del Cours. El valor que tienen es, antes que nada, historiográfico, pues revelan el modo en que el autor ha ido depurando sus conceptos y poniendo cerco a su objetivo, el de apoyar la lingüística en una sólida cimentación.

Las páginas ahora editadas dan la impresión de que el autor mantenía una titánica y hasta tantálica lucha por delimitar qué constituye el mecanismo de la lengua y, a fortiori, por tratar de ofrecer un asidero firme a la lingüística. El resultado, como no podía ser de otro modo, presenta un aspecto inconcluso, fragmentario: unas veces parece que tiene el pájaro en la mano, otras ha volado.

Para pisar en firme, viene a decir el autor, la lingüística debe contener dos componentes: uno matemático, y otro de idealización. En cuanto al primero, Saussure insiste en el aspecto algebraico de la lengua, consistente en términos y relaciones. Los términos básicos son el sonido, o la figura vocal de las palabras, y la idea o significado que representa. Esta relación básica idea/sonido entabla otra relación diferencial, de oposición necesaria con otro signo, que es el valor (de cambio) del signo Toda la concepción saussuriana del signo está inspirada en la teoría económica, y a ella hace referencia en el Cours de 1916. Seguramente, Saussure, de quien sus coetáneos hablaban como persona interesada en temas de historia, sociología y economía, conoció los escritos de Walras, que ocupó la cátedra de economía política en Lausanne entre 1870 y 1892, y de Pareto, su sucesor. Algún comentarista ha sugerido la influencia de Menger en la Methodenstreit de 1883. No obstante, la distinción entre valor de uso y valor de cambio, que subyace a la distinción saussuriana, se encuentra ya en Aristóteles y de ella se han ocupado muchos economistas. Marx (El capital, vol.I, cap.1) discute la doble significación de las mercancías, como utilidades y como valores de cambio. Véase Joseph A. Schumpeter, History of Economic Analysis, Nueva York, Oxford University Press, 1955, pág. 98..

Una y otra relación, según Saussure, formarían un cuaternio, estructura algebraica. No estoy muy seguro de que un espacio vectorial de cuatro dimensiones (R 4 ) hubiera llevado al autor más allá de la mera necesidad de mostrar el carácter formal de la lengua, y de la necesidad de someterla a un tratamiento matemático, como hacían los economistas de su época. Su convencimiento, expresado aquí en la pág. 43, de que el sistema de la lengua se vería un día reducido a fórmulas se ha visto en parte cumplido en el programa chomskiano.

La idealización consiste en abstraer de la infinita variedad de ejemplares de los signos. El estatuto ontológico del signo es paradójico: por un lado, es el producto de un acto de habla individual, pero por otro se desvanece una vez realizado. ¿Cómo existe el signo? Saussure responde: de la misma manera que existe la música: en la ejecución del intérprete. Es decir, el signo existe en cada una de las ejecuciones posibles consideradas como una clase de cosas idénticas, como una identidad abstracta.

Es en este punto donde Saussure rechaza frontalmente la lingüística alemana del siglo XIX y, en passant, su cultura. El fragmento que cito no puede ser más elocuente: «Imaginarse que podamos evitar esta sana lógica matemática [la de los términos y las relaciones], con el pretexto de que la lengua es una cosa concreta que "llega a ser" y no una cosa abstracta "que es", creo que es un error profundo inspirado desde su inicio por las tendencias innatas del espíritu germánico».

También llama la atención en estos fragmentos la frecuente apelación a la conciencia del sujeto hablante: la forma de la lengua, insiste Saussure, está determinada en la conciencia del sujeto que habla, pero ésta no es condición suficiente para la existencia de signos. Aquí afirma rotundamente la imposibilidad de considerar un «lenguaje privado» como lengua (pág. 94), como hizo Wittgenstein más tarde.

La lectura de estos fragmentos constituye una invitación a pensar de nuevo en el Saussure de 1916, y a contrastar el programa inaugurado hace ya casi un siglo con el desarrollo de la lingüística actual, que no ha perdido su vínculo con la obra de aquel joven suizo de lengua francesa que deshizo post mortem la vieja lingüística alemana.

01/09/2002

 
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