ARTÍCULO

El hijo no querido de la Ilustración

Cátedra, Madrid
340 pp. 18 €
 

El feminismo es un hijo de la Ilustración, pero un hijo no querido. Nació porque algunas mentes ilustradas –mujeres todas ellas, con alguna contadísima excepción– lo concibieron, lo trajeron al mundo y el nuevo vástago fue creciendo y reproduciéndose, cada vez con más ímpetu, de generación en generación. El feminismo remata una Ilustración que, sin las reivindicaciones feministas, no se habría completado. No tenía sentido, en efecto, proclamar la mayoría de edad del ser humano sin percibir siquiera que las mujeres seguían en minoridad perpetua. Ni lo tenía hablar de «ciudadano» para decir sólo «varón», ni escribir «libertad» para dar a entender exclusivamente «libertad masculina». Pero así era. La revolución de la mujer fue pausada pero constante, ininterrumpida. Aun así, hasta los años ochenta del pasado siglo, ha habido resistencia a incoporar el movimiento feminista al pensamiento político. De un modo más bien teórico se aceptaba que era importante lo que las mujeres decían, pero esa importancia iba acompañada de una indiferencia real y casi absoluta hacia los contenidos y propuestas feministas.
Amelia Valcárcel es una de las filósofas españolas que mejor conocen el feminismo, una de las que más y mejor han pensado y escrito sobre la evolución y los logros del mismo. Lo que le interesa y de lo que habla es del movimiento feminista como tal: qué ha significado, cómo ha discurrido, qué se ha conseguido, qué defectos tiene, cómo se expresa «en el mundo global», ¿favorece o no al feminismo la globalización? En concreto, y en el libro que analizo, Valcárcel parte de un supuesto indiscutible según el cual todos los cambios que se producen en la sociedad tienen efectos normativos. El feminismo ha sido uno de esos cambios, radicales y sustanciales, y ha tenido como consecuencia una subversión normativa. Veamos cuál es y hagámosla explícita, ya que muchas veces los cambios normativos dejan de percibirse y permanecen ignorados, como si no se hubieran producido.
Conviene retener lo dicho al principio: el feminismo es una de las tradiciones políticas igualitarias de la modernidad, un pensamiento típicamente ilustrado. El repaso histórico es imprescindible para recordar lo que se ha hecho y por qué, así como para no desviarnos demasiado de la trayectoria que habría que ir siguiendo y del sentido que ésta debe tener. Valcárcel entiende que el feminismo, desde la perspectiva de hoy, ha pasado por tres escenarios consecutivos: el feminismo ilustrado, el sufragismo, y el feminismo contemporáneo. Al primer feminismo, tal vez el más teórico de los tres, le debemos el objetivo de corregir el malentendido según el cual igualitarismo y exclusión pueden ser compatibles. Varios son los filósofos «ilustrados» que comparten ese malentendido, casi todos pese a la luz de la razón que les ilumina. Rousseau se lleva la palma de la argumentación excluyente con su concepto viril de ciudadanía y un modelo de feminidad natural cuyo ámbito para desarrollarse es el de la esfera familiar y privada. Pero no es el único que no cuenta con las mujeres: Kant tampoco lo hace y es la referencia máxima del pensamiento ilustrado. De todos ellos nace una idea de democracia que de democracia tiene muy poco, porque el demos que la sustenta deja fuera a la mitad de la humanidad. Hay que afirmar sin pizca de vacilación que «la democracia o es feminista o no es democracia», una tesis que recorre transversalmente el texto de Valcárcel porque ha sido y será el sustento básico del feminismo y subvierte todos los órdenes y modelos conocidos. Por eso todos, políticos y moralistas, se emplean en atacarla o en ignorarla. Ello no impide que Mary Wollstonecraft publique su Vindicación de los derechos de las mujeres en 1792 y la sigan las primeras feministas que reclaman una educación formal para las mujeres. Será el primer reto. El segundo será el derecho al voto.
El Romanticismo que sigue a la Ilustración se limita a añadir más dosis de misoginia al discurrir social y político. El cambio hacia la igualdad que propugna el feminismo produce miedo. Tendrá que producirse un primer pronunciamiento de las mujeres sufragistas, la declaración de Seneca Falls, en 1848, para que se dispare la reivindicación de los dos derechos: al voto y a la educación. De esta forma, no sólo se profundiza en la democracia, sino que ésta se vincula a la meritocracia, otra tesis fundamental. Y todo va consiguiéndose a través de una lucha cívica y pacífica. El movimiento feminista no ha sido una revolución violenta, conviene subrayarlo, pues la historia ha dado pocos ejemplos de revoluciones sin derramamiento de sangre.
El sufragismo produce resultados notables. En menos de un siglo, tras la declaración de Seneca Falls, el derecho al voto para las mujeres se ha hecho realidad en la mayoría de democracias y las mujeres tienen acceso a la educación media. La tercera ola del feminismo dará un paso más, coincidirá con la entrada de las mujeres en la universidad y con un contínuum de cambios legislativos y de costumbres que hacen ya imparable la evolución hacia la igualdad. Imparable, pero no sin intentos de detener el movimiento e incluso de hacer que retroceda y las aguas vuelvan a los cauces antiguos, tan cómodos para los varones. Da cuenta del intento el libro de Betty Friedan, La mística de la feminidad que, junto a El segundo sexo de Simone de Beauvoir, son los dos textos iniciáticos del feminismo del siglo XX. A medida que el movimiento feminista avanza, se pone de manifiesto que es un fenómeno molesto, no sólo para los conservadores, sino también para los progresistas: «El hijo no querido de la Ilustración, que con el sufragismo se había vuelto el incómodo pariente del liberalismo, ahora se percibía como el indeseable, por inesperado, compañero del 68», escribe Valcárcel. ¿Qué falta hacen las feministas? ¿Quién necesita sus ideas?
Pero las ideas están lanzadas y siguen propagándose ya por todo el mundo. Ideas como «la abolición del patriarcado», «lo personal es político», «mi cuerpo es mío», que no son puros eslóganes, sino que dan pie a reflexiones que luchan por superar una igualdad conseguida pero aún frágil y excesivamente formal. El feminismo se ocupa de temas como el androcentrismo del conocimiento y la reclamación de una visibilidad femenina mayor y más cualificada. Existe ese «techo de cristal» que impide el acceso de las mujeres a las élites del poder. La democracia aún no es democracia.
¿Cómo debería ser una democracia feminista? Contestar a tal pregunta es el objetivo de El feminismo en el mundo global. «Feminismo –escribe la autora con el estilo provocativo y mordaz que la caracteriza– es pensar normativamente como si el sexo no existiera»; es afirmar «que las mujeres son hombres»; es indicar que no tiene caso ese «vosotras» con que las posiciones androcentristas mencionan al sexo femenino. No hemos llegado aún al punto de que esas definiciones sean realidades. El feminismo aún no es historia, por lo que conviene hacer explícito el cambio normativo que se impone si de verdad creemos en tal movimiento. El cambio en cuestión ha de combatir, por encima de todo, el falso universalismo y el falso individualismo propios del pensamiento liberal. Combatirlo significa aceptar con todas las consecuencias que la humanidad es una, no un atributo que sólo posee el varón. Y aceptar de igual modo que el individualismo hay que suponérselo también a las mujeres: son individuos, no «mujeres» o «vosotras». Cantidad de ejemplos de otros tantos ámbitos pueden aducirse como muestras de que ni la individualidad ni la universalidad son aún patrimonio de todos y todas. Son ejemplos claros la publicidad («al colectivo de las mujeres les resulta muy difícil reconocerse en las imágenes publicitarias»), la persistencia del deber de agradar, el ostracismo de los estudios feministas o –el más dramático y escandaloso de todos– la violencia contra las mujeres. Son muestras de que los imaginarios se mantienen intocables, pese al feminismo. Quiere decir que el cambio normativo no se nota o no es completo.
En ese cambio hay cuestiones que hoy concentran la atención del feminismo. Una de ellas es la reivindicación de la paridad como condición de una democracia más auténtica. Valcárcel se detiene en el tema y lo hace con el objetivo específico de darle a la paridad el significado que debe tener, no el de una mera discriminación positiva, dos conceptos que, en su opinión, tienden a confundir, porque de hecho se confunden. El objetivo de la paridad es propio de una democracia meritocrática, es decir, el fin propuesto es que personas con los mismos requisitos accedan a lo mismo. A diferencia de la discriminación positiva, cuyo objetivo es garantizar la igualdad en el punto de partida, la paridad busca resultados. No se trata de hacerle un hueco al género por el género, sino de tener en cuenta el mérito. Dado que ser mujer no es una desventaja ni las mujeres son naturalmente discapacitadas, ¿por qué sus méritos son aún tan poco visibles? ¿Por qué cuentan tan poco?
La tercera etapa del feminismo, en la que estamos, se ha hecho compleja y diversificada, como es lógico que ocurra con un movimiento que se ha extendido sin límites culturales y que, como todo movimiento teórico, ha dedicado una gran parte de sus esfuerzos a reflexionar sobre sí mismo. De dicha evolución, así como del entrecruzamiento con otras corrientes del pensamiento político actual, han derivado «escuelas» o maneras de entender el feminismo que no siempre encajan bien (o a Amelia Valcárcel no se lo parece) con el objetivo de la igualdad y de la universalidad, que es la seña de identidad más esencial del movimiento. El multiculturalismo ha sido una de las corrientes que han hecho mella en ciertos feminismos, llevándolos a poner un énfasis, a veces excesivamente esencialista, en las diferencias, sean éstas diferencias intrínsecas a la cultura femenina (si se puede decir así) o a la expresión femenina en las distintas culturas.
Los feminismos de la diferencia le parecen sospechosos a Valcárcel en la medida en que introducen una heterodoxia que puede desvirtuar o diluir los retos fundamentales de un movimiento radicalmente emancipatorio. No siempre he estado de acuerdo con las reticencias de la autora hacia un feminismo que, sin ser esencialista, considera que la liberación de la mujer ha de aportar algunas «diferencias» a la sociedad global, más allá de la estrictamente cuantitativa, que no es menor. Pienso, en cualquier caso, y sin entrar ahora en la polémica en cuestión, que lo que el feminismo debería temer en estos momentos no son tanto las desviaciones teóricas de la doctrina original como el poco atractivo que el movimiento tiene para las generaciones más jóvenes. Valcárcel alude a ello atribuyéndolo al «espejismo de la igualdad» de las jóvenes, un espejismo que las lleva a pensar que todo está conseguido y no hace falta seguir luchando. En realidad, estamos ante una muestra más de que el cambio normativo no se ha completado. Pero quizá también ante la urgencia de atender a unas mentalidades que necesitan lenguajes y mensajes distintos y que interactúan con la realidad de otra manera. Habrá que ver la forma de convencer a las más jóvenes de que, así como la sumisión de la mujer nunca fue «natural» (aunque es como fue visto durante siglos), tampoco es «natural» la igualdad conseguida. La humanidad carece de naturaleza propia, no existe una naturaleza masculina ni femenina, sino una condición humana que es una obra inacabada, porque, de lo contrario, no seríamos libres. Tenemos claro que la lucha por la igualdad de los sexos es parte de la profundización en la democracia y que ambos ideales son frágiles y hay que cuidarlos. No podemos distraernos ni abandonar los logros a la inercia de unas políticas que aún son muy vacilantes. Es la tarea que tiene por delante la «tercera ola» del feminismo.

01/01/2010

 
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