ARTÍCULO

Feliz no cumpleaños y otras cuestiones lógicas

 

Cuatro de julio de 1862. Una gloriosa tarde dorada y fragante desciende sobre las aguas del Isis, que es el nombre con que los oxonienses bautizan al Támesis a su paso por la vieja ciudad universitaria. Por el centro del río se desliza suavemente en dirección al puente de Godstow una barca con cinco figuras a bordo: dos adultos, vestidos de negro, y tres niñas con trajes de verano. Mientras uno de los mayores, el reverendo Duckworth, rema cansinamente, el otro, diácono y don de lógica y matemática en el cercano Christ Church College, que permanece muy derecho, «como si se hubiera tragado un atizador», desgrana un discurso ensimismado y delirante que secuestra totalmente la atención de las pequeñas y provoca la admiración estupefacta de su compañero.

Tal es el escenario en el que, según testimonios de los participantes, se produjo el nacimiento de Alicia en el país de las maravillas, esa historia destinada, junto con su secuela A través del espejo, a revolucionar la literatura infantil y a erigirse en uno de los puntos de referencia, especialmente en el mundo anglosajón, de la cultura y el pensamiento moderno, desde Joyce y Russell, a los surrealistas y Wittgenstein. El diácono cuya narración encandilaba a las hermanas Liddell –a una de las cuales, Alicia, inmortalizaría– era, ustedes ya lo saben, Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), más conocido por el nom de plume de Lewis Carroll, un típico clergyman victoriano, tímido, gazmoño y tartamudo que, en palabras de Virginia Woolf, «no tuvo vida».

Dos magníficas biografías, escritas respectivamente por Michael Bakewell y Morton N. Cohen (esta última de próxima aparición en España), y publicadas aprovechando la conmemoración del centenario de la muerte de Carroll (14 de enero de 1898), vienen a matizar de manera muy prolija la excesiva afirmación de la autora de Mrs. Dalloway. Este tipo gris que sólo se mostraba vibrante ante sus adoradas nymphettes prepuberales, que escribió a lo largo de su vida más de noventa mil cartas, varios miles de páginas de diario, y publicó más de doscientas piezas sobre los asuntos más dispares –desde sesudos tratados de lógica formal a panfletos contra la vivisección–, que inventó paradojas filosóficas, calambures y jitanjáforas sin cuento, que fotografió, disfrazadas o desnudas, a las hijas de sus vecinos con una habilidad técnica y una visión artística que embrujaría al propio Brassaï, este tipo gris, digo, se muestra en estas biografías como un personaje mucho más intenso y complejo de lo que cabría esperar de la narración de una vida sin acontecimientos.

Sabemos desde hace mucho tiempo que el éxito de su obra cumbre, las aventuras de Alicia, se debe a la conjunción de factores tan diversos como los que se derivan de la mezcla de humor y nonsense –un género, por otra parte, tan típicamente victoriano–, y atmósfera sutilmente onírica. Y, por encima de todo, una mirada que se negaba a considerar el mundo de los niños como un mundo de seres «en espera de ser adultos». Pero hay más. A partir de comienzos del siglo XX muchos lectores parecieron darse cuenta de que el tema profundo –más allá de la suave sátira victoriana– de Alice's Adventures in Wonderland (1865) y Trough the Looking-Glass (1871) tenía que ver con la naturaleza arbitraria de los sistemas lingüísticos y sociales. Y eso es precisamente lo que fascinó a los surrealistas y a los filósofos del positivismo. Los primeros, empezando por el propio André Breton, descubrieron en Lewis Carroll a un precursor, a un maestro de «hacer novillos» y del fablistaneo característico de la libre asociación y del flujo de conciencia; el joven Louis Aragon, que tradujo La caza del Snark, se quedó prendado de un discurso que primaba la lógica diferente del inconsciente y el deseo; y Max Ernst, hechizado para siempre por el texto de Carroll y los inmortales dibujos de Tenniel, se pasó buena parte de su vida persiguiendo a su Alicia privada, hasta que creyó encontrarla encarnada en Leonora Carrington. En cuanto a la filosofía británica –desde Russell hasta Wittgenstein, pasando por Moore, Quine, Austin, Ayer y tantos otros–, son pocos los pensadores que no han rendido tributo al enorme talento de Carroll como constructor de silogismos sorites (pluralidad de premisas), paradojas enrevesadas y diagramas lógicos. Por las páginas de algunos de los más importantes tratados de filosofía de los últimos cien años se pasean, triunfantes y orgullosas, las figuras del jacarandoso Humpty-Dumpty, del gato de Cheshire con su inquietante sonrisa y su creencia de que puede haber un accidente sin sustancia, de los hermanos Tweedle, con su eterna discusión berkeleyana acerca de la realidad de las cosas de este mundo, del aristocrático y apresurado Conejo Blanco, que parece un empirista enloquecido.

Lewis Carroll se murió de gripe hace cien años. Mientras envejecía, veía crecer a las niñas que amaba, observando cómo iban cumpliendo los ritos de paso al mundo lógico y estable de los adultos y luego desaparecían. Un mundo en el que, para regocijo de todos, Carroll nunca estuvo del todo. En este centenario deseémosle, como nos enseñó Humpty-Dumpty, feliz nocumpleaños.

Un fantasma recorre España: el fantasma del noventayocho. Todas las fuerzas de la vieja Península y de las islas se han unido en santa cruzada para conmemorarlo: las universidades, las instituciones más o menos culturales, los suplementos literarios de toda laya, los tertulianos mediáticos, los intelectuales-periodistas que polemizan una y otra vez sobre lo que nunca se acabó del todo. Leyendo algunas de las intervenciones que se han sucedido en la prensa nacional en los últimos meses, uno se reafirma en la inconsistencia del debate, en la inanidad repetitiva de las diferentes posturas, en la profunda arqueología de toda esta pegajosa antigüedad. Cansado ya de esa pesadísima celebración del 98 que comenzó en el 97 («feliz no centenario»), busco en estos días de enero otras cosas que conmemorar los siguientes once meses. Miren lo que he encontrado: en aquel año infausto de hace cien nacieron Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, García Lorca, Rosa Chacel, Marià Manent. Y Zubiri. E, incluso Gil Robles, que se me antoja un HumptyDumpty hispánico y racial. Mucho que celebrar, sin duda. Pero a mí me gustan los centenarios más humildes y he preferido festejar privadamente los de dos novelistas hoy casi olvidados: José Díaz-Fernández (El Blocao) y César M. Arconada (Río Tajo).

Un último homenaje a Lewis Carroll. En pleno congreso de los filósofos más sabios del mundo, se aparece un ángel y dice a los reunidos: «Soy un mensajero de Dios. Se os ha concedido la posibilidad de hacerme una pregunta –y sólo una– que yo deberé contestar; no habrá segunda oportunidad. ¿Qué os gustaría preguntarme?». Deliberaciones, nervios: hay que aprovechar esa ocasión histórica y milenaria. Por último, los sabios, que no quieren equivocarse, formulan una astuta pregunta dificultosamente consensuada: «¿Cuál es el par ordenado cuyo primer miembro es la pregunta que sería la mejor que podríamos preguntarte, y cuyo segundo miembro es la respuesta a esta pregunta?» Respuesta del ángel: «Es el par ordenado cuyo primer miembro es la pregunta que acabáis de hacerme, y cuyo segundo miembro es la respuesta que os estoy dando». El problema es de Ned Markosian y lo he extraído de la estupenda revista de lógica, publicada en Oxford, Analysis. De nada.

REFERENCIAS

MICHAEL BAKEWELL, Lewis Carroll, Londres, Heinemann, 1996.
MORTON N. COHEN, Lewis Carroll, Londres, MacMillan, 1995. De próxima aparición en Anagrama. Traducción de Juan Antonio Molina Foix.
NED MARKOSIAN, «The paradox of the question», en Analysis, vol. 57, n.º 2, abril, Oxford, Blackwell, 1997.

01/01/1998

 
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