ARTÍCULO

La otra carga del hombre blanco

 

FILOSOFÍA E HISTORIAS


Un buen control de calidad para los libros de filosofía de la historia es destriparlos. Como les ocurre a las novelas policíacas, sólo los buenos soportan una lectura que empiece por el último capítulo. Mientras que en el de La muerte de Rogelio Ackroyd comprobamos que Agatha Christie juega con el lector y le lía con trucos torticeros, la acción en El largo adiós nos interesaría igual y no nos llevaría a pensar que Chandler nos haya tomado el pelo. Los trabajos de filosofía de la historia de Felipe Fernández-Armesto (FFA en adelante), que no otra cosa son los dos volúmenes comentados, resisten mal el destripamiento.

Hay algo, sin embargo, que distingue a FFA de quienes le precedieron en el mismo trance. Casi todos los filósofos de la historia han escrito acuciados por la urgencia de ilustrarnos sobre lo malo del actual estado de cosas, sea éste el que fuere, y cuánto contrasta con las excelencias de antaño –un género con un público objetivo de posmodernos, atrabiliarios y jubilados–. En la edad de los hombres de la que habla Vico en su Scienza nuova , las aspiraciones igualitarias de los modernos parecen destinadas a dar de nuevo en la barbarie original. Por su parte, las Vorlesungen hegelianas sobre el asunto tienen la engañosa inocuidad del agua mansa Georg W. F. Hegel, Vorlesungen über diePhilosophie der Geschichte , vol. 12 de las Werke in Zwanzig Bände , Suhrkamp Verlag, Fráncfort, 1970, págs. 520-538. Su texto no salió de la mano de Hegel, sino que está basado en apuntes recogidos por sus discípulos. El texto de la Suhrkamp recoge en lo esencial la edición publicada por Karl Hegel, hijo del filósofo, en 1840, corregida con las versiones de Lasson en los cuatro volúmenes publicados entre 1917 y 1930. . La insistencia ilustrada por convertir a la razón de los individuos en juez de todas las cosas necesita acabar en el jacobinismo y el terror, pues «[l]a virtud subjetiva, que gobierna con el apoyo de la opinión, se torna en la más temible de las tiranías» Íbid., pág. 533. . Conclusión poco sosegada, aunque propia del rector de la universidad berlinesa, que en su hora madura prefería la contrafigura de la monarquía absolutista y la burocracia prusianas. Parece ocioso mentar a Spengler, siempre contento de poder mostrarse contrariado y a quien la decadencia occidental, además de un título, le proporcionaba una jartá de Schadefreude. Hace poco, Jacques Barzun, otro vejete cascarrabias, nos ha advertido de que caemos por la misma pendiente, aunque no haya acertado a explicar con claridad por qué Jacques Barzun, From Dawn to Decadence. 500 Years of Western Cultural Life, from 1500 to the Present , Nueva York, Harper Collins, 2000 (Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente , Madrid, Taurus, 2001).. Al menos, Spengler lloraba la sustitución de la cultura (alemana) por la civilización (anglosajona). A Barzun, como a tantos conservadores americanos, sólo le oímos dolerse de la osteoporosis moral.

FFA prefiere taparse, pues los embates de la posmodernidad no han zurrado en vano. Su apariencia es mucho menos profética. Más aún, hace bandera del escepticismo. La historia, en su versión, es impredecible y un punto incomprensible. «[C]uando comenzó el siglo [veinte, JA], lo habitual era pensar que la historia iba hacia alguna parte [...]. Ahora nos parece que la historia no discurre de ese modo. Va dando bandazos entre crisis azarosas, sin dirección ni pauta alguna y sin un fin predecible. Es un sistema auténticamente caótico [...]. La historia da pocas "lecciones" y, en cualquier caso, los seres humanos nunca parecen aprender de ellas» Civilizaciones , págs. 561-562.. Unas páginas antes, había quemado incienso en el altar de Franz Boas, el padre de la antropología simbólica y relativista americana que, con el tiempo, daría en la reciente celebración del multiculturalismo. Aunque suene un poco antiguo, mentar a Boas es un guiño para el buen entendedor.

Pero, desde que Platón se las cargara a Gorgias, las declaraciones lapidarias de escepticismo y relativismo posesivos hay que tomarlas como salidas retóricas, como algo que se larga en el fragor de una discusión y desaparece normalmente cuando se acaba el tempranillo o la garnacha que la animaron. Como recordaba el Estagirita, si no es posible saber nada, ¿cómo espera nuestro escéptico trastabillante conducir su Honda Accord hasta el adosado en que vive? Si la historia es tan caótica como FFA la quiere, ¿a qué emborronar tantas páginas para contarnos algo?

LOS VIEJOS LOBOS DE LA MAR OCÉANA

La realidad es que FFA no cree en la seriedad de sus afirmaciones para horas solemnes. Si no hay diferencias reales entre las distintas civilizaciones, si no podemos saber nada serio sobre las relaciones entre unas y otras, si los propósitos humanos no son más que dibujos en la arena, se hace difícil comprender la razón por la que FFA decide acabar sus dos obras con una valoración de la llamada civilización occidental, como si de Condorcet, Ferguson o cualquier otro ingenuo creyente en la marcha ascendente de la historia se tratare. En una historia que carece de comienzo y de fin o que, al menos, sólo los avista en la lejanía, podía haber empezado por ahí y acabar con el imperio hitita o con China que, a diferencia del anterior, es un imperio que ha llegado hasta el día de hoy. El enigma, al cabo, se esfuma en cuanto sale a relucir que FFA tiene una agenda implícita. A diferencia de como lo diría Groucho Marx, parece que es un escéptico; habla y actúa como un escéptico, pero no se deje usted engañar, en realidad no es un escéptico.

Lo cierto, para FFA, es que la civilización occidental ha dominado la historia del mundo durante los últimos siglos, aunque haya llevado consigo la semilla del diablo. Vamos con lo primero. Lo que hoy llamamos civilización occidental está fundamentalmente constituida por los pueblos que se agrupan en torno al litoral noroccidental de Europa y los de las costas atlánticas de América. La arribada de los primeros a estas últimas, sólo se debe a un azar bien aprovechado. Así, los europeos atlánticos no hicieron sino seguir el sino de tantas otras civilizaciones cuyas obras, miserias y glorias no han sido, en el límite, otra cosa que respuestas a los desafíos impuestos por la naturaleza o el entorno físico en que tuvieron que desenvolverse. En el caso que nos ocupa, la navegación transatlántica, que en el pasado se había llevado a cabo por las rutas boreales de Islandia y Groenlandia, aprendió finalmente a sacar partido del sistema de vientos alisios que soplan entre ambas orillas en dirección constante (este a oeste) con independencia de las estaciones.

Hasta aquí llega el azar, pero parece haber existido también una necesidad. ¿Por qué prestaron los europeos atlánticos tanta atención a la navegación oceánica y acabaron por tener un éxito eminente en la empresa? Salvo la apuntada, no hay razones claras. Al fin y al cabo, en el siglo XV se habían producido más intentos de crear imperios marítimos en otros lugares del mundo. Entre 1405 y 1433, desde China, las expediciones del almirante Cheng Ho tocaron Jeddah y Zanzíbar, pero el imperio del centro no tuvo interés en consolidar esa aventura. ¿Por qué rodaron de otra manera las cosas en el Atlántico? Si acaso, sería porque la civilización litoral atlántica, cristiana pero también gloriosa continuadora (FFA dixit) de las de Grecia y Roma, había tocado el finis terrarum y ya no tenía adónde ir. Si acaso, porque la presión demográfica obligaba a buscar los nuevos horizontes que Vasco da Gama y Colón hallaron. Esas y ninguna supuesta superioridad occidental parecen ser las causas únicas de su logro. Pues, según FFA, ni la tecnología del diseño naval, ni las peculiaridades de la cultura occidental, ni la pasta de la que estaban hechos sus comerciantes eran diferentes de las que existían en otros lugares del mundo. La carga del hombre blanco o su destino manifiesto nunca podrán reclamar para sí el haber sido tocadas por el dedo de Dios.

La nueva civilización atlántica, si acaso, sólo puede blasonar de lo contrario, de haber sembrado la semilla del diablo. En el estanque atlántico la nueva civilización se destacó por «la costosa adaptación a un nuevo entorno; una crueldad disfrazada de hipocresía; frágiles relaciones raciales que comenzaron de forma equívoca y se tornaron sangrientas y explotadoras; un desastre demográfico, y las respuestas tenaces, carentes de escrúpulos y revolucionarias que suscitó (entre ellas, una nueva economía, basada en unos cultivos, una agronomía y una mano de obra también novedosa)» Civilizaciones , pág. 522.. No es que todo eso sea muy concreto, pero se diría que FFA tiene en las mientes a la economía plantadora que, con centro en el Caribe, irradió hacia el Norte y el Sur del continente americano.

El nuevo mundo, así, lejos de una nueva Europa, antes se asemejara a una nueva África, porque si alguien lo hizo fueron los esclavos negros Hugh Thomas, The Slave Trade. The Store of the Atlantic Slave Trade 1440-1870 , Nueva York, Simon & Schuster, 1997. . La economía plantadora tuvo pocos lados felices. Los esclavos constituían la mayoría de la población en sus lugares de destino, pero eran tratados de forma inhumana. Gran parte moría en el viaje al nuevo mundo; su régimen de trabajo era tan intenso como podían aguantar sin desfallecer; se veían sometidos a desnutrición, a los castigos excesivos y a abusos sexuales. Continuas importaciones de mano de obra eran necesarias porque la existente disminuía como resultado de los malos tratos En el debate reciente sobre la esclavitud en las Américas, FFA se pone del lado de, por ejemplificar, Robin Blackburn (The Making of New World Slavery from the Baroque to the Modern, 1492-1800 , Londres, Verso Books, 1997) frente a Hugh Thomas (op. cit.). . La idea de que la abolición fue un triunfo moral no se tiene en pie, porque «la economía esclavista fue sustituida por el capitalismo que encontró otras formas más productivas de explotar a la mano de obra» Civilizaciones , pág. 536..

Lanzado ya por la pendiente, FFA pedalea, si cabe, con mayor decisión. Las nuevas naciones de América que alcanzaron su independencia, en especial Estados Unidos, no mejoraron la situación. Luego de una primera fase en que los europeos parecieron ignorar de propósito cualquier cosa que proviniera de las antiguas colonias (con la excepción del ragtime y los rascacielos), la intervención americana en las dos guerras mundiales ha uncido a Europa al carro del vencedor. La actual fase de globalización y la conversión del Pacífico en otro lago nos han llevado a un dominio americano que quiere convertirse en imperio mundial.

Tanta salud es engañosa. Por su aparente triunfo, la civilización occidental ha pagado y hecho pagar a las demás un alto precio. Con un entusiasmo poco boasiano, FFA describe la otra carga –los cargos más bien– por los que debe responder el hombre blanco. La industrialización, el mayor logro de la civilización atlántica, consume recursos a un ritmo incontenible; la ciencia se ha utilizado con mayor eficacia para el mal que para el bien; la tecnología médica ha abierto un abismo sanitario entre pobres y ricos; la política ha sido aún más decepcionante que la ciencia; y, por si faltaba algo en este pesimismo cultural que corrige y amplía la letanía de los verdes furiosos según Lomborg, «el capitalismo recompensó la avaricia y la falta de escrúpulos, produjo una clase marginada, llevó a los mercados al borde del colapso y obstaculizó el funcionamiento del mundo a base de consumismo» Civilizaciones , pág. 562..

El desmelenamiento suele llevar a las almas bellas a confundir el culo con las témporas. Está por ver que la industrialización, pese a las profecías del Club de Roma, haya acabado con los recursos naturales o esté a punto de hacerlo; la ciencia y la tecnología han permitido que el mundo haya aguantado sin el estallido de las previstas bombas demográficas la existencia de seis mil millones de personas en el planeta, un triunfo evolutivo que no hubieran podido predecir los más astutos genes egoístas; que la tecnología médica esté mal repartida es una cuestión política y moral, pero no quita que la población mundial haya alargado considerablemente su esperanza de vida, ese único clavo ardiendo al que los agnósticos nos agarramos; el galimatías final sobre capitalismo y consumismo gustará de seguro al papa de Roma y otros archimandritas ecuménicos, pero es un trabalenguas semántico que difícilmente podrá cargarse en la cuenta del traductor, pues la traducción de Jesús Cuéllar es impecable. Vamos, que necesita con urgencia de un desarzobispoconstantinopolizador que lo desarzobispoconstatinopolice.

Pese a su afectado relativismo dispéptico, pues, este trabajo de FFA sobre las civilizaciones renquea por su sospechosa selectividad para con los hechos y adolece de un moralismo sicofántico. Lo segundo es cosa de gustos y los de FFA son tan respetables como los de los fulani de Malí. Lo primero es harina de otro costal.

PLIEGO DE DESCARGOS

La civilización de los hombres blancos tiene muchos cargos de los que responder, como todas. Pero cuando llega la hora del juicio hay que pedir que la cuenta sea lo más rigurosa posible. Es decir, que se incluyan todos los costes y beneficios producidos. FFA puede irse de copas con John Neubauer, su cuate del Instituto de Estudios Avanzados, y llorar entre cervezas, tal vez alegradas con un poco de jonge dubbelgestookte graangenever , los sueños agriados desde el siglo XIX Civilizaciones , pág. 560.. Pero tanta desdicha no debería hacerle olvidar que, entre otras cosas, la civilización occidental inventó la democracia moderna. Ese sistema, al que FFA no se refiere sino para denostar sus limitaciones, es el único de los conocidos hasta la fecha que cuenta con la posibilidad de autorreformarse. Sin duda, en sus orígenes, los autores del Bill of Rights, los padres de la Declaración de Independencia americana y los sucesivos constituyentes franceses pensaban que la humanidad estaba solamente hecha de y para hombres blancos ricos y que mujeres, pobres, negros y demás perraje no debían codearse con ellos. Pero el sistema que aquéllos pusieron en pie ha sido capaz de superar esos límites (otros dirán atrocidades, pero esto es también cosa de gustos) y de ir dando entrada en el juego, pese a las fuertes resistencias de los privilegiados, a todos esos grupos. Tampoco conviene olvidar, como suele hacerlo FFA, que la ciencia occidental, pese a sus muchos callejones sin salida, es el único sistema de pensamiento que se apoya exclusivamente en la razón humana y en la experiencia; o que la tecnología de los occidentales, por otra parte asimilable por todos aquellos que quieran imitarla, ha supuesto un progreso (en el sentido de creciente adecuación instrumental entre medios y fines) sobre la magia simpática.

Aunque puede que sea otra la interpretación que cabe dar a las ensoñaciones de FFA. No le conozco personalmente pero si, como en uno de esos juegos de salón, tuviera que definirlo por un solo rasgo, yo diría que es un guasón. Imagino que FFA ha debido chupar muchas noches en esas atroces veladas oxonienses descritas magistralmente por Javier Marías en Todas las almas, y no le envidio. Superar el infinito tedio que sobrenada en ellas y otras common rooms y faculty clubs repletos de académicos es cosa mayormente sobrehumana. Así que su gusto por la provocación patafísica podría ser no otra cosa que una estrategia para hacer saltar la chispa del interés y la controversia en esos salones de la mediocridad donde dominar alguna parcela científica no corre siempre pareja con mantener una conversación inteligente.

Sin duda, esa y no otra es la razón de algunas de sus salidas. Guasa, y mucha, destila, por ejemplo, la afirmación de que los caracoles fueron la primera especie animal domesticada, una «revolución pasada por alto en la historia de la comida» Near One Thousand Tables , pág. 57. , lo que de seguro habrá puesto de los nervios a Jared Diamond, que justamente había omitido la posibilidad al tratar de los animales domésticos Guns, Germs and Steel. The Fates of Human Societies , Londres y Nueva York, Norton, 1997, cap. 9.. Salero hay que tener para defender que el canibalismo es lo propiamente humano, «un ritual que se practica no por la comida, sino por su significado, un alimentarse por algo más que por sus efectos materiales» Near One Thousand Tables , pág. 27. . Que rabien Nietzsche, Derrida y demás cruelistas. Como en las sevillanas, ahora vamos con la tercera. No hay que engañarse, la vida de los cazadores y recolectores era muy superior a la de las pobres gentes que hubieron de soportar la introducción de la agricultura que, junto con la industrialización, ha sido una de las dos grandes calamidades productivistas conocidas por la humanidad. ¿No ha dicho Jack Harlan que los recolectores se ganan la vida igual de bien que los agricultores pero trabajan menos Civilizaciones , pág. 220. ? Otra, otra, para cuándo la cuarta, le jalea el personal. La cuarta es, lógicamente, una nueva barrabasada de la civilización occidental, a saber, la industrialización de la producción y distribución de comida. Cierto es que tales cosas han evitado las hambrunas anteriormente conocidas en la historia y que la revolución verde parece haber roto el cerco de la escasez. Pero los programas de reforma agraria defendidos por Naciones Unidas y otros superorganismos han sido a menudo tapaderas para nuevas tiranías y, por otra parte, la propia revolución verde parece insostenible a la larga, porque reposa sobre tecnologías que dañan el medio ambiente y encocoran al personal. Más allá espera un nuevo horror, la industrialización del comer mismo. FFA se hace las esperadas lenguas sobre los males que nos acechan en la ya no futura Fast Food NationEric Schlosser, Fast Food Nation, Nueva York, Houghton Mifflin, 2001. El trabajo de Schlosser está en la tradición de The Jungle de Upton Sinclair y trata de despertar nuestra repulsión, no sólo moral, ante la industrialización de la comida y los pretendidos excesos de la industria de la comida rápida: McDonald's, Burger King, Wendy's y otros monstruos favoritos del autor..

No sé si por el deseo de no alargar más su libro sobre la comida o porque aún no le ha llegado la información suficiente, FFA no trata de los alimentos genéticamente modificados, más conocidos como Frankenfoods. Tal vez esté escribiendo un nuevo libro sobre ellos. Pero sea ese u otro su motivo conductor, a la vista de lo expuesto, no cabe duda de que su obra venidera nos mantendrá en el tubo de la risa.

01/01/2003

 
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