ARTÍCULO

Historia global

Debate, Barcelona
Trad. de Ricardo García Pérez
370 pp. 22,90 €
 

 Conocí a Felipe Fernández-Armesto en 2001 cuando, como director de la revista Debate y Perspectivas, recibí un artículo suyo para un monográfico sobre los imperios en la Edad Moderna. Su contribución consistió en una valoración global sobre el fenómeno imperial, dejando en la sombra a los grandes imperios europeos, y centrándose en otros como el chino, el ruso o el marroquí. Ofrecía una visión global y comparativa de los imperios y, trascendiendo una visión eurocéntrica, valoraba cómo otros muchos pueblos tenían sus propios imperios que, en ocasiones, influían en la misma Europa o permanecían al margen de ella forjando su propio destino. Muchas de estas ideas están presentes también en el libro aquí recensionado. 

Historiador apasionado donde los haya, que busca la novedad en los temas y, cuando esto no es posible, en los planteamientos, Fernández-Armesto nos propone un periplo por 1492 en el que Colón y el descubrimiento de América no es más que una etapa, y no la más importante (es más, si hubiese podido, le hubiera gustado prescindir de ella), con la pretensión de encontrar las claves del mundo en que vivimos. Fue en ese momento en el que se revierte una evolución que había comenzado millones de años antes con la fragmentación de Pangea y se pasa de un modelo de divergencia de culturas y de ecosistemas a otro de convergencia. El mundo comienza a ser un lugar interconectado, único, global. 
Además de la hazaña colombina, en 1492 Martin Behaim construyó un globo en el que la Tierra parecía más pequeña de lo que realmente era y hacía factible llegar a Oriente tomando rumbo oeste. Los Reyes Católicos conquistaron Granada, con lo que consiguieron desterrar al islam de Europa y expulsaron a los judíos, un mal negocio que solo se justifica «por la consolidación y homogenización de los reinos europeos». En el norte de África, el imperio songhay sucumbía al islam cuando Askia Muhammad se impuso al emperador Sonni Baro en una de las «batallas más decisivas del mundo, pese a que la tradición occidental la ha olvidado o ignorado». Es también el año en que mueren Lorenzo de Médicis y Casimiro IV de Polonia. La conquista francesa del reino de Nápoles (1494) propició que las ideas del Renacimiento se extendieran por toda Europa, algo que pone en duda Fernández-Armesto, y la muerte del rey polaco ayudó a consolidar el imperio ruso, una potencia que frenó el expansionismo mongol que amenazaba a un Occidente del que Rusia «nunca llegó a ser completamente ajena, pero al que se niega hasta la extenuación a ser asimilada». Un mundo, el de finales del siglo xv, en el que China, la gran potencia del momento, renunció a navegar más allá del Índico, donde encontraba todo lo que necesitaba, y por ello nunca arribó a una América por descubrir, en la que los imperios inca y azteca atravesaban su momento de mayor esplendor.
¿El hecho de conocer todos estos acontecimientos nos ayuda a tener una idea exacta del mundo en el que vivimos? ¿Puede resumirse en un año el nacimiento de la modernidad? Sí y no. Fernández-Armesto lo reconoce cuando renuncia a explicar los hechos en la longue durée y reclama que el azar y lo aleatorio también son motores de la historia. Pero, a pesar de haber querido hacer un libro sobre 1492 sin reparar en Colón, no puede dejar de valorar cómo «la incorporación del continente americano, de sus recursos y oportunidades, servía para que Europa dejara de ser una región pobre y marginal y se convirtiera en el semillero de hegemonías globales potenciales». La historia podía haber sido de otra manera si los chinos hubieran desempeñado el papel al que estaban llamados en la expansión ultramarina. Sin embargo, su lugar fue ocupado por españoles y portugueses, a los que siguieron británicos y holandeses, que en su búsqueda de un acceso a los ricos mercados asiáticos se aventuraron a viajar sin estar del todo seguros de encontrar una corriente que les devolviese a puerto y que, gracias a su audacia (o ignorancia), se encontraron con un botín mayor. Y, así, un mundo que hasta ese momento giraba alrededor del Índico, se volvió hacia el Atlántico. Esto es, «el equilibrio de la distribución global de poder y riqueza cambiaría. El año 1492 fue decisivo para preparar ese cambio, o para hacerlo más posible», pues fue cuando la religión comenzaba a ser una práctica personal, la magia dejaba su lugar a la ciencia y los intercambios comerciales crecían y alcanzaban a todo el orbe, justo en el mismo momento en que la existencia se ajustaba a la escala del hombre, del individuo, y los Estados se imponían a clérigos y aristócratas. Y en ello tuvieron mucho que ver los europeos, los primeros que llegaron a la modernidad, más allá de que fuera en China donde surgieron la mayor parte de las transformaciones que la alumbraron, como el papel, la imprenta, la pólvora, etc. Pero creemos que la cuestión va más allá de quién tuvo la idea y discurre por quién la difundió y le otorgó un nuevo sentido. Y lo mismo cabe decir del carbón, base del capitalismo, del papel moneda, de las tecnologías navales y del empirismo científico: lo importante es el sentido que se da a los descubrimientos y las repercusiones sociales de los mismos pues, como bien afirma Fernández-Armesto, fue en esa Europa atrasada y despreciada donde se produjo la revolución científica, comercial, militar e industrial, es decir, donde se originó el cambio a partir de un conocimiento que, si bien no era europeo, en el occidente de Europa cobró un nuevo sentido.
Con 1492. El nacimiento de la modernidad, Felipe Fernández-Armesto ha conseguido una monografía que nada enseñará a los historiadores de Colón, del imperio chino o del ruso. Pero para todos aquellos que no somos especialistas en la Edad Moderna, y que creemos que en 1492 comenzó, en cierta medida, a tomar forma el mundo en que vivimos, constituye una lectura tremendamente sugerente y amena, un relato fascinante, global y oportuno, más ahora cuando China parece asumir el papel al que supuestamente renunció hace quinientos años.

01/11/2011

 
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