ARTÍCULO

Feijoo y la igualdad de los sexos

Edición a cargo de Victoria Sau Icaria, Barcelona, 96 págs.
 

El discurso en defensa de las mujeres (pues tal es su verdadero título) lo publicó el padre Feijoo ya tempranamente, en 1726; tiene una cierta extensión y así en la BAE sólo está recogido en parte. No es fácil encontrar este texto en las antologías del padre maestro, pero ahora se reproduce completo sin que se nos concrete de qué edición antigua está tomado; asimismo el título aparece cambiado, pues ya decimos que su autor lo denominó «Defensa de las mujeres».

Feijoo se opone a la «opinión común» que hace «vilipendio de las mujeres», y se propone defenderlas y discurrir acerca de su aptitud «para todo género de ciencias y conocimientos sublimes»; la actitud ilustrada de nuestro autor le lleva ciertamente a estar en contra de las opiniones o creencias comunes, y a atreverse a pensar por sí mismo. Se trata de una lógica del buen sentido, de una lógica del mejor sentido común. El padre maestro sugiere que existe una venganza en el hombre cuando vilipendia a las mujeres, pues cree él que acaso en la saciedad del apetito se engendra en el varón un tedio desapacible, y también cree que «venga con semejantes injurias la repulsa de los ruegos»: hay «hombre tan maldito que dice que una mujer no es buena, sólo porque ella no quiso ser mala»; Feijoo tacha, pues, de hombre maldito al que injuria a las mujeres para vengarse de su rechazo.

La defensa que toma a su cargo el padre Benito argumenta en las mujeres «vergüenza contra todas las baterías del apetito», así como más inclinación a la piedad, y desde luego proclama cómo «no puede conservarse la especie sin la concurrencia de ambos sexos»; insiste a propósito de Aristóteles (al que califica de «inicuo con las mujeres»), en que en efecto la mordacidad contra ellas anda acompañada las más de las veces «de una desordenada inclinación» hacia las mismas.

Feijoo desea discurrir a la vista de «un vulgo ignorante» sobre «la igualdad» de los sexos: indica que en cuanto a robustez, constancia y prudencia parece se debe dar preferencia a los hombres, pero enseguida añade que las mujeres «pueden pretender el empate» si se señalan otras tantas tres prendas que «exceden en ellas», y que son la hermosura, la docilidad y la sencillez; se trata, en definitiva, de persuadir no «la ventaja» de la mujer, sino –como queda dicho– «la igualdad» de los sexos. Incluso nuestro autor corrige en un momento su discurso al anteponer la hermosura de la mujer a la robustez del hombre, «pues si la robustez logra mejor lugar en el entendimiento, la hermosura tiene mayor imperio en la voluntad», y la voluntad es tenida por potencia más noble que el entendimiento.

A su vez objeta que si la docilidad que ha reconocido en las mujeres se dice que declina en ligereza, «yo repongo que la constancia de los hombres degenera muchas veces en terquedad», y que «la prudencia de los hombres se equilibra con la sencillez de las mujeres»: al «siglo de oro» (es decir, a la edad de oro), «nadie le compuso de hombres prudentes, sino de hombres cándidos». La vida justa y feliz la identifica el padre Feijoo con una de las virtudes de las mujeres, pero tiene presente que tal virtud de la sencillez equilibra la otra virtud de la prudencia que encarece de momento en los hombres: estamos siempre ante un tono argumentativo de igualdad o «empate» entre los sexos. La vergüenza cree el padre maestro que es «la mayor ventaja que las mujeres hacen a los hombres», pues se trata de «una valla que entre la virtud y el vicio puso la naturaleza»; añade cómo la vergüenza «siempre sería un preservativo preciosísimo, por cuanto por lo menos precave infinitos escándalos y sus funestas consecuencias». Feijoo parece encarecer de nuevo la sencillez de la vida justa, pues en esa sencillez no cabe el escándalo que la virtud de la vergüenza rechaza.

Llega nuestro autor a un momento del discurso en el que destaca cómo piensa «haber señalado tales ventajas de parte de las mujeres, que equilibran y aun acaso superan las calidades en que exceden los hombres», y en este sentido trae a cuento ejemplos de «prudencia» política «en mil princesas»: «Por lo menos el descubrimiento del Nuevo Mundo, que fue el suceso más glorioso de España en muchos siglos, es cierto que no se hubiera conseguido si la magnanimidad de Isabela no hubiese vencido los temores y perezas de Fernando».

A pesar de la robustez que parece inseparable del sexo de los hombres, discurre también el padre Feijoo que «no pasó siglo a quien no hayan ennoblecido mujeres valerosas»; en fin, él quiere proclamar la aptitud de las mujeres para todos los géneros de conocimientos, y así atribuye a la parcialidad de los autores la inferioridad que en la opinión común se achaca a la mujer: «Hombres fueron los que escribieron esos libros en que se condena por muy inferior el entendimiento de las mujeres. Si las mujeres los hubieran escrito, nosotros quedaríamos debajo». En el presente punto nuestro autor buscaba asimismo persuadir acerca de «la igualdad de ambos sexos en las prendas intelectuales». La presente reedición del discurso del padre maestro resulta muy útil y hay que darle la bienvenida, aunque tiene erratas de imprenta que desorientan la lectura, ya hemos dicho que cambia el título e incluso –si nuestra comprobación es exacta– algún momento de la redacción.

01/11/1999

 
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