ARTÍCULO

El sur

Turner/FCE, Madrid, 340 págs.
Trad. de Matilde París
 

En Faulkner, Mississippi asistimos al apasionante encuentro de dos grandes escritores contemporáneos. De una parte, el novelista sureño William Faulkner y, de otra, el poeta y novelista antillano Édouard Glissant. Candidato al Premio Nobel en los últimos años, Glissant nació en Sainte-Marie de la Martinica en 1929. Etnólogo formado con Michel Leiris en el Museo del Hombre de París, Glissant ha realizado a lo largo de siete décadas una obra literaria que abarca todos los géneros tradicionales. Gallimard publicó en 1994 su obra poética completa. A su primera novela, El lagarto –que obtuvo en 1958 el prestigioso Premio Renaudot y que ha sido recientemente traducida al español (Ediciones del Bronce, 2001)– se han sumado hasta la fecha media docena de espléndidas obras narrativas. Ha escrito teatro y un buen número de ensayos en los que ha establecido tanto su poética como la antropología que sostiene el conjunto de su obra. De entre éstos, destacan a mi juicio su Poétique de la relation (Gallimard, 1990) y este Faulkner,Mississippi que acaba de ser traducido a nuestro idioma.

Libro ambicioso y sumamente complejo, dividido como la creación del mundo en siete capítulos o partes, Faulkner, Mississippi comienza con el relato del viaje del narrador, acompañado de un grupo de amigos que impiden su ensimismamiento, a la geografía física que inspirara al autor de El sonido y la furia. Lejos de ser un mero decorado, el territorio que Faulkner recreó –Jefferson y el imaginario condado de Yoknapatawpha, pero también Oxford o Lafayette en el viejo Mississippi–, con sus constantes extensiones y contracciones simbólicas –como la célebre «milla cuadrada», el espacio geométrico robado al bosque sobre el que la saga de los Compson intentará en vano establecer un asentamiento duradero–, forma parte esencial del sentido de una obra que surge del polvo y de las entrañas de la tierra.

En el caso de Faulkner, como en el de otros escritores épicos, carece de sentido afanarse en rebuscar en los hechos de su vida. Serían aproximaciones desde el exterior, útiles quizá para ordenar el inmenso material del que la obra se compone, pero incapaces siquiera de rozar lo que tanto obsesiona a Glissant: el absoluto faulkneriano, ese principio irreductible y latente a partir del cual surge la obra literaria y a cuya búsqueda el intérprete se dedica en cuerpo y alma.

Con una breve nota biográfica, Glissant muestra en el segundo capítulo que, más allá de cualquier especulación sobre las circunstancias vividas o sobre las ideas que el novelista mantuvo acerca del Sur, de su idiosincrasia, de la esclavitud o la guerra, el misterio de Faulkner tiene que ver con el modo, en buena parte inconsciente, en que reflejó la realidad de un mundo que se negaba a juzgar. Glissant argumenta que la obra de Faulkner es grande precisamente en la medida en que participa desde dentro de la realidad narrada y difiere en todo momento de la condenación explícita del Sur.

Descartada como clave de acceso a Faulkner la visión directa, la presencia sobre el terreno, que sólo serviría para rozar o presentir el citado absoluto; descartada también la inspección biográfica que confundiría fatalmente lo intelectual con lo literario, sólo queda seguir el rastro del oscuro principio a través de una relación interpretativa. Con esto entramos en el núcleo del libro, desarrollado en los cinco últimos capítulos. Se trata de barajar, como en un interminable juego de cartas, los elementos significativos adecuados y hacerlo con un método –mimético respecto de la obra analizada– que se atiene a dos condiciones de funcionamiento estrictamente observadas: la horizontalidad o renuncia a establecer una jerarquía de los elementos de la relación y la postergación de toda conclusión definitiva.

Habría mucho que discutir acerca del método Glissant, muy especialmente de la praxis según la cual la recreación poética del mal en poesía sólo puede ser mimética, y nunca mítica o simbólica, pero me limitaré a avanzar algunas de sus aportaciones a la interpretación faulkneriana tal y como aparecen presentadas en su libro.

Consagrado a la adivinación de lo real, William Faulkner señaló en su discurso de aceptación del Nobel que el escritor se debe a «las eternas verdades del corazón humano en conflicto consigo mismo». Escrita desde la tiniebla, desde el fondo mismo de la caverna, la cascada de narraciones que componen su obra surgen como el intento de sondear un abismo de negatividad; con cada uno de sus relatos arroja un puñado de sal sobre una herida abierta. Glissant parte, en su análisis, del núcleo de la maldición que pesa sobre el territorio-Faulkner, lo que califica como la «metafísica de lo oscuro de la relación entre Negros y Blancos» (pág. 73). Para el blanco, el negro es radicalmente Otro, una incomprensible masa de sombras, la raza ajena. Su relación con el negro parte de la estricta imposibilidad de establecer ninguna forma de reconocimiento.

A partir de aquí, Glissant da un salto en la interpretación y se sitúa en un plano cosmológico. Señala cómo el famoso Apéndice Compson de 1946, auténtica cifra del universo faulkneriano, se cierra con un corolario apocalíptico: «Ellos (por los negros) perdurarán». El problema, que tampoco la obra de Glissant resuelve de modo satisfactorio, consiste en dilucidar si esta sentencia implicaría, por parte de Faulkner, un reconocimiento final al carácter sagrado de las víctimas y, por tanto, una sentencia de condenación moral de la esclavitud o si, por el contrario, estaríamos ante una asimilación de la negritud con un principio de naturaleza atávica y perdurable.

Glissant parece decantarse por esta hipótesis y establece un esquema cosmológico, que se induce a partir de la obra de Faulkner, cuyos rasgos principales serían los siguientes. En primer lugar, no existiría propiamente génesis de lo real como acto de creación que surge de la difusión del bien (amor creador), o de lo que Platón llamaría un acto divino; por el contrario, hay digénesis o extensión violenta y horizontal de un acto de poder o de fuerza. La violación –de la naturaleza, de la integridad del Otro– es la regla en el cosmos faulkneriano (pág. 80). Por otra parte, dicha perversión inicial implicaría, como se muestra por extenso en las novelas, tanto la imposibilidad de una relación de paternidad pacífica como la referencia a un ser originario (aquí se impone no ya el olvido sino, dogmáticamente, la renuncia al ser). Hombres huecos, muertos vivientes, los personajes de Faulkner se rebelan contra sus progenitores y maldicen a sus hijos, viven en permanente fuga por su territorio (es el viaje errático como «vértigo del arraigamiento», pág. 117) y están condenados a la esterilidad, el autismo y la derrota.

Para Faulkner, según la interpretación de Glissant, sólo los negros, como la vieja Dilsey en El sonido y la furia, inmersos en el silencio y la pasividad propias de lo que es pura naturaleza, perdurarán: «del resplandor de la tierra bañada por la luna salía, como de un pozo, la sonora pasión sumergida de la raza negra. No era nada y lo era todo» (Intrusos en elpolvo). En el fondo, se afirma «una realidad panteica (la solidaridad vivificante de las naturalezas), fuera de la cual todas las demás exigencias humanas, sociales, políticas o económicas pierden su sentido» (pág. 120).

Como hiciera Faulkner en El oso, una de sus narraciones dotadas de una mayor carga simbólica, Glissant nos invita en su libro a seguir de cerca el rastro de la fiera. Con gran arte y sutileza ha desbrozado el camino y nos ha puesto ante ella, mostrándonos su terrible belleza, pero al final no nos ha dado ni el arma ni la pólvora para cazarla. En el último momento, además, el narrador nos abandona y nos encontramos solos, paralizados ante el rostro de Medusa. Es el precio de la iniciación, el descubrimiento de que los cazadores, es decir, los que buscan la verdad, se quedan siempre al margen de lo real (pág. 134).

«Sólo lo que no entendemos nos ayuda a visualizar la masa oscura y luminosa de lo que creemos haber entendido en la obra» (pág. 139), concluye Glissant. En uno de sus últimos poemas, Ángel Crespo decía que «no es duradero nada que no engendre la sombra», pero sabía que no hay sombra sin la luz y el tamiz o el obstáculo interpuesto. En Faulkner, Mississippi, Glissant hace un recorrido fascinante por la sombra pero nos libra a la intemperie, sin apenas luz y sin calor.

01/11/2003

 
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