ARTÍCULO

Recuperar a Schiller

 

F. C. S. Schiller es, junto con James, Dewey y Peirce, uno de los padres fundadores del pragmatismo. Y en su día uno de los más relevantes. Cuando en Europa se discute con esta corriente –que nunca se vio como una corriente meramente estadounidense–, es con James y con Schiller con quienes se discute. Cuando en Estados Unidos se dirime sobre las cuestiones de la escuela pragmatista, son Dewey, James o Peirce quienes intercambian impresiones con F. C. S. Schiller de modo continuo. Además, como polemista incontinente que era, estuvo en todas las discusiones filosóficas de la época por nimias que fueran, con lo que su nombre, sus artículos y sus intervenciones eran de las más populares en el entorno filosófico de finales del siglo XIX y principios del XX.
Lo cierto es que tras su muerte, en 1937, tanto él como su obra cayeron en el olvido más absoluto. Y no es exageración. A partir de los años veinte, quien había estado en todas las discusiones desaparece y tan solo es posible encontrar un par de trabajos sobre algunas cuestiones puntuales de su obra en los años treinta y otro par en los años cincuenta y sesenta (más extensos y pormenorizados). Además, sus libros, agotadas muy rápidamente sus primeras ediciones, desaparecen hasta el punto que aún hoy es difícil conseguirlos, y cuando en algunos casos se han reeditado, se ha hecho como ediciones facsímiles (de hasta difícil lectura) de las ediciones originales. Por ello, es preciso saludar con alegría la antología que aquí se comenta, una recopilación de toda la obra de F. C. S. Schiller que permite al lector contemporáneo hacerse idea de un pensador relegado al olvido sin grandes motivos. Cuando menos, nos permite conocerlo y decidir si era justo habernos desentendido de él.
¿Por qué este olvido? Intuyo que el caso Schiller es un caso de despiste. Pero también un caso de nacionalidad. Más ligado al pragmatismo de James, quienes se constituyeron en «Escuela de Chicago» trataron enseguida de marcar distancias y ningunear la obra de Schiller, tanto co¬mo la de James. Cuando el pragmatismo fue destronado y casi desapareció ante el auge de la filosofía analítica y del lenguaje, resultó lógico que se guardara bajo siete llaves a quien ya había sido olvidado por los mismos pragmatistas. Además, no debemos olvidar que F. C. S. Schiller era inglés (nació en Dinamarca, pero desde la adolescencia vivió en Oxford) y ello suponía, como quiero decir a continuación, una atención y relación más ligada con la filosofía europea y continental de la que el pragmatismo, cuando se instituyó como filosofía y escuela, quiso tener. Otrosí: cuando hoy se recupera el pragmatismo clásico, y se hace de la mano de su recuperación por parte de autores como Rorty o Putnam, se recupera desde las universidades estadounidenses que desean elaborar la historia de la filosofía que contribuyó a forjar su país. Es lógico, pues, que Schiller quede fuera de tal interés. De cualquier modo, este libro ha salido a la luz gracias a este trabajo –que trata de recuperar la filosofía propia de Estados Unidos–, pues es la recopilación que faltaba en el proyecto de muchos años del que forman parte John R. Shook y Hugh P. McDonald con el fin de elaborar una historia del pragmatismo como «filosofía nacional» de Estados Unidos.
Realmente, Schiller es un profesor de Oxford que desarrolló a finales del siglo XIX un sistema filosófico (más bien una crítica a todos los sistemas filosóficos) al que denominó Humanismo. A poco de haber bautizado de tal guisa su perspectiva filosófica (que él consideraba que se iniciaba con el evolucionismo y que trataba de proponer un nuevo mundo basado en la contingencia y la fragilidad de nuestros conceptos lógicos, morales y científicos), tomó contacto con la obra de James, en la cual reconoció a un hermano gemelo de su humanismo; no le dolieron prendas en reconocer que su Humanismo era coincidente con el Pragmatismo y que, aunque prefería el nombre que él le había dado, con gusto se calificaría a sí mismo de pragmatista. Sus dos principales obras, Humanismo (1903) y Estudios humanistas (1907), cuyos principales artículos quedan muy bien reflejados en la obra que propicia esta reseña, son en definitiva el reconocimiento de este solapamiento y en ellos Schiller expone un modo de filosofar al que califica indistintamente de humanista y de pragmatista. James los tomaría como obras propias. En cualquier caso, hay algo en Schiller sue nos interesa sobremanera y que va mucho más allá de la coincidencia con James o de que sea un mejor o peor expositor del pragmatismo, y ello es que nos enseña que el pragmatismo, cuando surge, no lo hace como una doctrina netamente estadounidense, sino que es algo así como una respuesta de una época ante el nuevo mundo que estaba configurándose. De este modo, y se trata de algo que Schiller nos hace fácil, podemos reconocer los intereses que Durkheim tenía en el pragmatismo, podemos detectar las coincidencias (señaladas también por James y Dewey ya en su día) con la obra de Bergson, podemos reconocer el hilo que trenza el pensamiento humanista de Schiller con Nietszche, con toda una tradición de pensamiento de exaltación de la acorazada individualidad que puede pasar por Mill y extenderse hasta Sartre o Lévinas, tal y como nos recuerda Hugh P. McDonald en su introducción a la primera parte de este libro. Esto es lo que realmente resulta útil de la lectura de Schiller: darnos cuenta de que quien habla hoy, por ejemplo, con la voz de Rorty, en modo alguno está en un campo «fuera del continente», sino que realmente está discutiendo con una línea ya utilizada desde hace muchos años en el pensamiento y la reflexión de este continente. Darnos nuestro pasado no es asunto pequeño que deberíamos reconocer como mérito de esta recopilación necesaria, muy necesaria, de la obra de Schiller.
Suele decirse que Schiller es, en primer lugar, un lógico y ello parece confirmarse en esta antología, en la que se ve claramente, ya desde la misma disposición de los artículos recopilados, que el trabajo de Schiller comienza desde su reflexión sobre la lógica y sobre la noción de verdad. Ante la primera, la posición de Schiller es clara: desconfía de cualquier lógica formal, de cualquier modo de establecer las bases de nuestra reflexión en lugares objetivos, universales o neutrales. En un artículo muy revelador, titulado «Axiomas como postulados» (y que se publicó inicialmente incluido en un antiguo reading ya inencontrable, lo cual hacía que fuera prácticamente imposible de leer hasta que esta antología lo ha sacado a la luz), Schiller expone, en esencia, sw postura ante las cuestiones lógicas: no existen axiomas desprendidos del interés por establecerse en el mundo de una determinada manera; más bien todo axioma es un postulado que se adopta antes de comenzar a conocer y que hace que tal conocimiento se encamine hacia el lugar interesado que deseamos. Desde esta posición, la noción de verdad es siempre utilitarista en el sentido de que resulta verdad aquello que nos funciona, aquello que tiene un uso, aquello que contribuye a establecer nuestra voluntad en el mundo, nuestro deseo de vivir de una determinada manera. En definitiva, todos los términos incluidos en las reglas básicas de nuestro razonamiento están vinculados al deseo, o al interés, o a la comodidad: a lo que Schiller llama cuestiones psicológicas. Puesto que con el conocimiento tocamos la realidad –esto es, nos relacionamos con la realidad–, es obvio que las verdades que constituyen nuestro conocimiento rehacen de alguna manera lo que sea la realidad. En este sentido, la realidad ni es absoluta, ni formal, ni tampoco queda reducida a lo puramente psicológico (entendiendo aquí por ello el proceso de experimentación de la realidad), sino que es el resultado de un presentarse ante el mundo pragmáticamente (la realidad es aquello que evaluamos como importante, repetirá Schiller de modo constante). La misma creencia en la realidad del mundo externo no es un dato de la experiencia original, sino que es el resultado de un tipo de selección por el que reducimos el caos al orden y que hace que debamos recoger la noción aristotélica de hylé para comprender qué pudiera ser realmente la realidad: un magma al que otorgamos significados y utilidades para vivir.
El núcleo del trabajo de Schiller finaliza en este punto, en una metafísica que se llena de personalismo (la filosofía de alguien es el mejor reflejo de su carácter y talante) y de un convencimiento –a veces ciertamente ingenuo– de que «construimos la realidad» desde nuestros propósitos y deseos. No ha de extrañarnos, llegados a este punto, que Schiller enarbole continuamente como su bandera la afirmación de Protágoras según la cual «el hombre es medida de todas las cosas»; a partir de aquí debe desarrollarse una crítica a cualquier sistema que no considere que nuestro pensamiento, nuestra reflexión, nuestra filosofía y nuestra moral no vienen determinados por nuestro interés por establecernos en el mundo (sí: en muchos lugares Schiller recuerda a Rorty). Y en estas lindes desarrolló toda su labor filosófica. Mas no termina aquí esta gran antología que, por ser exhaustiva, ofrece al lector muchas de las demás ocupaciones de Schiller, aun de las menos relevantes y, ciertamente, no las más agudas, como son sus análisis sociales y políticos. Es de esta exhaustividad de la que quiero, para concluir, decir algo, por poner alguna pega a una antología que nadie puede dudar que constituye hoy el mejor acercamiento a la obra de Schiller, además de ser, merced a la introducción inicial a cargo de John R. Shook y a las pequeñas introducciones de Hugh P. McDonald que abren las distintas partes en que se ha dividido la recopilación de los artículos, el único trabajo de los últimos cincuenta años sobre esta figura del pensamiento filosófico de principios del siglo XX. No es esta pega algo que afecte a la lectura del libro, sino que es, más bien, una queja «de exégeta»; y no es otra que el carácter académico de la antología que aquí se reseña, el hecho de que ha parecido conveniente presentar una fotografía de la obra de Schiller del modo más objetivo posible. En 1966, Reuben Abel editó también una antología de las obras de Schiller. Aunque recopilaba solamente dos libros y era indudablemente menos panorámica, la misma ordenación de los artículos tenía una intención: deseaba no ya sólo mostrar a Schiller como parte de un trabajo enciclopédico que desea presentar una historia del pragmatismo, sino como un autor relevante que realmente podía ser interesante recuperar. El trabajo de Abel cayó en el olvido, aunque bien es cierto que hasta hace cinco años era el único modo de contactar con la obra de Schiller, pero tenía una intención. Esta antología no la tiene y, posiblemente, ello sea mucho mejor para quien desee acercarse a la obra de F. C. S. Schiller, pero también es cierto que para él, polemista infatigable y perdido en no pocas ocasiones en discusiones tan triviales que no hicieron sino enmarañar su propio trabajo, no había ni objetividad ni claridad posibles. No olvidemos, por terminar con una cita interesada de Rorty, que la razón no es diá-logo, sino, primeramente, interés por conseguir «alimentos, sexo, acuerdos». Digamos que el interés de esta antología es conseguir un acuerdo unánime sobre su relevancia, absteniéndose de entrar en el mundo filosófico como algo más que una enciclopedia.

01/03/2010

 
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