ARTÍCULO

Los riesgos de explorar

Anagrama, Barcelona
296 pp. 18 €
 

A esta altura de la historia, la idea de que la literatura y la vida son órdenes ­inconmensurables tiene tantos adeptos como antagonistas. Los primeros, a menudo llamados posmodernos, sostienen que las narraciones refieren menos a un mundo exterior que a sí mismas. Como piedras de toque ­invocan el pastiche, la metaficción, el fragmento y los juegos de lenguaje que impugnan la «suspensión de la incredulidad». Un segundo grupo, que podríamos llamar humanista, responde que la literatura crea mundos posibles que nos permiten juzgar el nuestro: los textos apuntan hacia fuera como modelos éticos o catálogos de costumbres. La novelas ejemplares de Cervantes equiparaban esta función con la prédica de una moral determinada. Pero la posición humanista no implica ser dogmático. Aparece, por ejemplo, en la opinión de Matthew Arnold, el ensayista inglés que caracterizaba a la literatura como una «crítica de la vida». La cuestión de fondo parecería ser más indirimible cuantos más argumentos se apilan a ambos lados. Pero en realidad, se trata de un problema de perspectiva: depende de cómo se la mire, la literatura puede comportarse de un modo o del otro.
De los escritores españoles contemporáneos, quizá ninguno haya explorado el tema de manera tan fructífera como Enrique Vila-Matas. Libro tras libro, sus narradores-personajes especulan –como dice uno de ellos en Exploradores del abismo– «en torno a las relaciones entre vida y literatura» y buscan «ir más allá de ellas, sobre todo de la literatura». El autor le ha dado diversos nombres a este impulso: «literatura del No», «mal de Montano», «deseo de convertirse en nada» y, en este último libro de relatos, «exploración del abismo». Cada uno presenta además una modulación de un tema constante: el de la renuncia. En Bartleby y compañía, la novela paradigmática al respecto, el narrador nos cuenta que estudia desde hace tiempo «la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores [...] no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros [...]; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados». La novela es en realidad una lista de «escritores del No» compilada por otro que no puede escribir. El vértigo autorreferencial se continúa en El mal de Montano, la novela que Vila-Matas escribió a continuación, en la que un tal Montano, después «de publicar su peligrosa novela sobre el enigmático caos de los escritores que renuncian a escribir» queda «totalmente bloqueado, paralizado, ágrafo trágico».
Estas invaginaciones narrativas se­rían tediosas de no ser por la comicidad con que se las plasma. Y gran parte de la comedia se desprende del hecho de que los personajes de Vila-Matas, movidos por el impulso humanista de aunar vida y literatura, se comportan como perfectos posmodernos, incapaces de franquear los límites de la segunda. Más que ágrafos, son grafómanos, seres que se resisten a abandonar la palabra incluso cuando ya no les queda nada que decir. De ahí que la renuncia en Vila-Matas sea a menudo una renuncia imposible, como se ilustra en Doctor Pasavento, la tercera parte de su trilogía sobre la «literatura del no», en la que un personaje quiere desaparecer a la manera de Robert Walser, pero asegurándose de que su desaparición será artísticamente significativa. Claro que la verdadera renuncia, como lo supieron Rimbaud y los místicos, consiste en dar la espalda y no mirar atrás. O, para cambiar la metáfora, en saltar a un abismo. El abismo es una metáfora central en el nuevo libro de Vila-Matas, pero una vez más el autor se interesa no tanto por el salto a lo desconocido como por la posibilidad, o la obsesión, de llevarlo a cabo. Uno supone que la palabra clave del título no es «abismo» sino «exploradores», porque el explorador es precisamente aquel que no se funde con lo que explora.
En estos cuentos, los exploradores de Vila-Matas pendulan entre la obsesión trascendental y el ridículo. «En algunos casos –dice el narrador de “Café Kubista”, un texto que bien puede ser un prólogo o un cuento metaliterario– el abismo es el centro del cuento que protagonizan mientras que en otros, bien distintos, el vacío llega a ser un buen pretexto para escribir un cuento». En «Niño», el primer cuento largo de la colección, el abismo es una noción tan compleja como una figura conceptista. Un anciano relata la biografía de su hijo, que ya tiene cincuenta años y, desde el punto de vista del padre, ha sido un inútil toda su vida. Un abismo, como quien dice, los separa. Pero el hijo es además un fotógrafo manqué (segundo abismo) obsesionado con el más allá y con capturar experiencias límites con su cámara. Ahora, mientras el padre habla, el hijo se enfrenta a una operación de la que probablemente no saldrá vivo (tercer abismo). Pese a la densidad representativa, el cuento no figura entre los mejores del volumen, como tampoco el que le sigue, «Así son los autistas»; pero el que viene a continuación, «Materia oscura», es una lograda fábula en la que el humor y la observación circunstancial dan paso a cuestiones metafísicas. «Amé a Bo», un extraño cuento de ciencia ficción, logra el efecto parecido de hacernos reír, por usar una de las frases favoritas del autor, «de manera infinitamente seria».
Vila-Matas tiene una veta post-surrealista, por llamarla de algún modo, que recuerda las novelas de César Aira. En cuentos como «Fuera de aquí», «Iluminado», o textos breves como «Exterior de luz» o «Un tedio magnífico», parece escribir –usando la frase de Aira– en una especie de «fuga hacia delante», sin plan ni concierto y a partir de una idea cualquiera. «Fuera de aquí», por ejemplo, es una parodia del cuento ruso, en el que encontramos a los proverbiales burócratas, amas de llaves, niños aburridos y revolucionarios descontentos. El tono, sin embargo, resulta incongruentemente frívolo, y el cuento acaba tratando no sobre los personajes sino sobre cómo se pone por escrito el cuento mismo. Este tipo de ejercicio figura entre lo más árido de Vila-Matas: es como si se partiera de una idea de cómo hacer literatura, pero nunca se llegara a ella. Uno se queda entonces en algo mucho menos vital, un fuego fatuo. Tales son los riesgos de la metaliteratura.
La metaliteratura es el centro del penúltimo relato y quizás el mejor, «Porque ella me lo pidió», una verdadera puesta en abismo de las preocupaciones del libro, pero también de las preocupaciones permanentes del autor. El relato es un tríptico y cada uno de sus batientes elabora una cuestión del anterior. En el primero, una artista ficticia llamada Rita Malú (el nombre alude a B. Travern, un escritor del No que aparece en Bartleby), decide cambiar abruptamente su vida después de imitar durante años a su ídolo Sophie Calle. (A todo esto, Calle es una fotógrafa, escritora y performance artist real, que ha inspirado a muchos escritores y aparecido en una novela de Paul Auster. Su especialidad es mezclar vida y arte: en un experimento, por ejemplo, le pidió a su madre que contratara a un detective para que la siguiera durante días y después presentó el informe como una narración objetiva de su vida.) En el segundo batiente, un escritor que puede o no ser Vila-Matas recibe un día un encargo de Calle, quien le propone que escriba un relato para que ella lo viva; el narrador, encantado, responde con la historia de Rita Malú. Pero ahí empiezan los problemas de cómo llevar lo literario a la realidad. «Porque ella me lo pidió» presenta una tercera vuelta de tuerca que refiere la subsiguiente búsqueda de trascendencia. Al final, sin embargo, un narrador exhausto confiesa: «No quiero indagar más en el abismo, es decir, ir más allá de la literatura. No hay vida ahí, sino un riesgo de muerte». Hay en el intento un riesgo de cansancio, pero Vila-Matas lo sortea con soltura. 

01/12/2007

 
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