ARTÍCULO

Rompecabeza sin formas

Siruela, Madrid
Trad. de Mario Merlino
392 págs. 3.400 ptas.
 

La lectura de un libro, de cualquier libro, de António Lobo Antunes es una tarea extremadamente ardua. El escritor portugués, que también es psiquiatra y ex combatiente de las guerras coloniales en África, persigue desde un principio una meta imposible: escribir desde más allá de la muerte o de la locura, en todo caso desde un territorio inaccesible para el común de los mortales, es decir para nosotros, lectores. No hay la más mínima concesión en su obra, ni la más mínima explicación, como si tuviéramos que inventar el libro a cada instante, solamente ayudados por un ritmo insistente, una letanía constante, unas obsesiones inalterables. Y, sin embargo, una vez que hemos logrado penetrar en ese universo cerrado sobre sí mismo, no queda más remedio que dejarse llevar por la escritura arisca, sin adornos, una escritura, proveniente de unos pájaros inexistentes, que se dirige a unos cocodrilos invisibles.

Por medio de ese método secreto, de esa literatura de alquimista, Lobo Antunes intenta llegar hasta los territorios más desconocidos de la mente humana, allí donde sólo las palabras pueden acceder, más que la razón y más que la pasión.

En muchos de sus libros, revisita a su manera la historia de su país, siempre desde el punto de vista de perdedores magníficos, de seres aplastados por un concurso de circunstancias, cuyos pobres sueños se ven transformados en pesadillas recurrentes, manipulados por otros personajes que tampoco saben quiénes son, qué es lo que hacen ni por qué lo hacen.

En Exhortación a los cocodrilos, el mundo, la historia reciente aparecen a través de las voces de cuatro mujeres, ligadas a hombres que no comparten el más mínimo fragmento de su mundo interior. Sus anhelos son pequeñeces frente a una época en que todo parece grande, la revolución, la contrarrevolución, la violencia, los atentados. Pero, como siempre en la obra de Lobo Antunes, lo importante está en otra parte: en un camino interior que no lleva a ningún lugar. Las visiones y las voces primigenias tropiezan con los quehaceres del momento. Poco importa, finalmente, lo que van a hacer los hombres, cometer un atentado absurdo que finalmente deriva en un acto suicidario contra ellos mismos.

Esas mujeres no han crecido. Una de ellas quiere volar porque, de niña (o ya no tan niña) ha oído la palabra «volar». Otra quiere tener un café en Espinho porque le han dicho que ese era su futuro. Están resignadas a un futuro que nunca verán. Pero la verdadera calamidad recae sobre una pobre sorda que tendrá, más tarde, que padecer un cáncer. No hay ninguna esperanza en el universo de Lobo Antunes. Los tiempos se mezclan para volver constantemente al territorio de la infancia, el único que, algún día, tal vez haya valido la pena. Tal vez, porque ni siquiera es seguro. El libro pasea a su lector de un universo cerrado a otro universo cerrado, de la casa de los conspiradores a un hospital. El ambiente del hospital, que Lobo Antunes conoce muy bien (en Portugal, son varios los médicos que se han dedicado a la escritura sin abandonar completamente su oficio inicial: véase el caso de Miguel Torga, quien siguió ejerciendo en Coimbra a la vez que escribía su obra monumental) está presente también en otros de sus libros, por ejemplo en La muerte de Carlos Gardel.

Los pasajes más bellos de esta novela son los que tienen que ver, precisamente, con la muerte. Una muerte cien veces recomenzada, como en la ópera, con personajes que no acaban de irse, de dejarnos en paz, tranquilos, para no pensar más en ella:

«–No hace frío
y la muerte se vuelve ajena, más pequeña, distante, como vista desde la calle, una silueta en el interior de una ventana iluminada donde no vivimos, acuarelas, estanterías, personas y la muerte con los otros, no con nosotros, familiar, trayendo platos, llevando platos, ayudando a preparar la cena, ocupando uno de los tres lugares del sofá, amable, risueña, simpática, estudiándolos sin prisa y eligiendo a uno de ellos sin que se den cuenta...».

Es Mimi la sorda quien, como los niños, distingue mejor y antes que nadie lo fatal. Como los niños o, mejor, como los locos. Aquellos locos que, en otra novela de Lobo Antunes, As naus, esperaban en una playa cerca de un manicomio, el regreso de los conquistadores con quienes se habían identificado para vivir por procuración las aventuras heroicas que a ellos les estaban vetadas. Aquí hay un heroísmo de lo cotidiano colindante con la banalidad. De la banalidad surge, insidiosamente, la poesía, con sus recurrencias permanentes, con esa manera tan peculiar de partir el relato en mil pedazos, obligándonos a reconstruir a cada instante un rompecabeza sin formas.

Todo esto es deprimente. De la lectura de Lobo Antunes uno sale con miles de preguntas en la cabeza. El escritor no ha aclarado nada. Sólo nos permite intuir una intensa desesperación, inherente a su persona. Del mundo él extrae los principales rumores, como el sonido de las olas que cubre por entero a la sorda (Lobo Antunes está también medio sordo, de un oído) en el momento de su muerte. Y esos rumores quedan grabados, como una musiquita incesante cuyo estribillo nos recuerda que estamos aquí nada más que para aprender a morir, como en una larga iniciación a la nada. Pero, ¿por qué diablos no le dieron el premio Nobel a Lobo Antunes, en lugar de concedérselo a José Saramago? Su literatura no es provinciana, explora el infinito en sus más recónditos recovecos, es decir nosotros mismos.

01/02/2001

 
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