ARTÍCULO

Eusko gudariak

DVD, Barcelona
244 pp. 12 €
Espasa Calpe, Madrid
236 pp. 19,90 €
Lengua de Trapo, Madrid
190 pp. 15,95 €
 

Surgen casi a la vez en el mercado tres novelas de «tema vasco», marbete que sólo significa una cosa en este convulso «fin de los tiempos» a los que vienen sometiéndonos las soflamas de unos y las hipocresías de otros: el terrorismo; del mismo modo que euskal presoak sólo define a los «salvadores de la patria», a los gudaris, a los «chicos de las pistolas», en palabras de algún dirigente nacionalcatólico, no a los traficantes, asesinos en serie, violadores o maltratadores de género.
Y las tres, tan distintas en la forma, que no en el fondo, se asemejan también en que abordan el «tema» con sentido del humor. Con gran sentido de la ironía y aun del sarcasmo. Hasta el esperpento, según qué casos.Y no me parece mal, por cierto, que un tema como éste sea tratado, por fin, con sanas dosis de sentido común, es decir, de humor.
La de Juan Francisco Ferré, La fiesta del asno, apadrinada con un cómplice y vibrante prólogo de Juan Goytisolo (del que, entre paréntesis, comprendemos su pasión de hermano mayor o padre estilístico: Ferré «intenta» seguir los pasos estético-apocalípticos de su maestro en obras como Makbara o Paisajes para después de la batalla), se desbarranca sin mesura (no la pretende) hacia el sarcasmo de chafarrinón y brocha gorda, más allá de la sátira. Por desgracia –creo– no se contiene en ningún momento y todos los posibles hallazgos estilísticos se despeñan en demasiadas ocasiones en una saturación tosca que puede hastiar al lector más paciente: el humor se trueca en sal gruesa, la ironía en procacidad; falta el temple y la fina sutileza con que su maestro (Goytisolo) ha tejido con insuperable talento algunas de sus fábulas apocalípticas más incisivas (como las dos citadas, sin ir más lejos, pero también El sitio de los sitios o la Carajicomedia).
Más al fondo aún, en el ambicioso intento de Ferré, había un buen maestro, ni más ni menos que Luciano de Samosata, cuyas fábulas milesias elige como modelo germinativo de la suya (ya desde el título, aunque muchos, por el tema, a lo mejor se acuerdan más de la novela de Vargas Llosa sobre el dictador dominicano Trujillo), sobre todo la de Lucio, metamorfosis asnal incluida, procacidad chispeante incluida, pero, ay, sin la finura del satírico heleno. Eso, más un apunte del subsuelo kafkiano, compone un brillante chafarrinón estilístico cuyo mayor defecto es la desmesura y la principal virtud la ambición, y el no atenerse a la manida prosa meliflua de la novelística peninsular al uso. Provocador, agresivo, autoirónico, travesti proteico de las múltiples caras que «el conflicto» ofrece, al cabo de la lectura se echa en falta que tanta pólvora se haya ido en salvas y que ese loable imperativo moral de pretender «tratar uno de los temas tabú» de nuestra transición democrática se cumpla con la ambigüedad excesiva del griterío cuya conclusión es que, al cabo, asesinos y asesinados, gudaris y gendarmes, son víctimas de una Gran Máquina, ajena, ciega, sensacionalista, cuyos mecanismos (¿el sexo, la codicia, la banalidad?) todo el mundo ignora. Una novela distinta, una novela discutible, que, en todo caso, no dejará, en absoluto, indiferente.
En los antípodas estilísticos, Reverte vuelve a su «espía de ocasión», el ínclito Gálvez, para, desde la Barcelona del Diseño, descender a los arrabales oscuros del terrorismo vasco en una trama delirante, surreal por momentos pero, por desgracia, demasiado pegada a la realidad para que el mucho humor con que está escrita la novela no nos provoque la inquietud constante de lo que en esa Arcadia feliz del imaginario nacionalista, ese sueño católico y pastoril de hace un siglo, ha producido el monstruo de la razón que aún embiste, y con qué insania irracional. El humor es una gran arma, pero también el talento narrativo para construir un buen producto formal que, sin perder la tensión de la aventura (capítulos breves, final de los mismos en suspense, etc.), como corresponde a una «novela de género», se atreve a indagar en los procelosos y ambiguos territorios morales del «conflicto». Las referencias a la actualidad, plan Ibarretxe, declaración de Anoeta, posible tregua, se mezclan (de manera muy acertada) con la verdadera horma del zapato de aquella sociedad: la complicidad silente de «los buenos» (tras un atentado se habla del partido de fútbol de la víspera, del derby), el tópico celebrado constantemente de que «es un país muy normal», el consabido hecho de que allí no se habla nunca de política: vete a saber quién tienes enfrente, al otro lado de la barra del txoko, más el entramado emocional y familiar de víctimas y verdugos, proclive a «comprender» las razones de los gudaris, aunque no se acepten sus métodos.
Las analogías con la Alemania nazi, el akelarre abertzale del homenaje patriótico en Hernani o los encuentros con los políticos posibilistas que gobiernan el país desde hace tres décadas trascienden su carácter de episodios narrativos y se incrustan en la mente del lector menos avisado: «Éste es el único país en que un grupo revolucionario no atenta contra su gobierno», le intenta explicar Sara, la ex etarra, a un perplejo Gálvez, que, desde su alteridad casi inocente (se autoburla de su condición de madrileño, de no ser «de aquí»), se convierte en la conciencia moral de todo un pueblo.
Una novela escrita con altas dosis de sentido del humor que, sin embargo, a la hora de la verdad, no puede evitar colocarse del lado de las víctimas, nunca con los verdugos. Me parece muy brillante la escena final, donde la paradoja del etarra secuestrando al batasuno se contempla desde el surreal encuentro con la taxista Edurne, a la que Gálvez explica que no se trata de nada «político», sino «edípico», mintiendo con la verdad. Un personaje memorable, en el límite de lo «tolerable»: un gran hallazgo.
Por último, but not least, todo lo contrario, la magnífica y recomendable primera novela de Iban Zaldua, hasta la fecha autor exclusivo de relatos en euskera: también aquí, pero en clave más paródica aún, la historia descacharrante de un detective trisexual que en el siglo XXVI debe regresar a la tierra para recuperar los restos de Sabino Arana, fundador de la Patria y del Partido Viejo, y llevarlos al planeta Nueva Euzkadi, donde serán reconstruidos genéticamente como ya hicieron con otros próceres de la Madre Patria.
En clave de ciencia ficción, siguiendo modelos muy obvios (auténticos homenajes, que el autor confiesa en el epílogo, quizá para evitarse a la «crítica fontanera»): Ursula K. Leguin, Stanislaw Lem, Philip K. Dick (tamizado visualmente, también, por las versiones fílmicas, como Desafío total, Schwarzenegger incluido, y una estética de películas como Mad Max), esta novela arremete en clave paródica y divertida hasta la carcajada contra los viles patrioterismos de diversa laya, desde el castizo-cañí más lamentable (el mismo, de espadón y holgazanería, contra el que arremetía, por ejemplo Valle, en sus farsas y esperpentos) hasta el clerical-abertzale de los patriotas euskárikos.
En esta estrambótica peregrinatio adloca santa, tampoco sale mejor parada la casta universitaria, por cierto, en un capítulo a ese respecto memorable hasta el paroxismo. Reparen en la sustituta asesina, y en el filólogo abertzale capaz de demostrar que la lengua originaria del Universo es el euskera y cómo los malvados indoeuropeos y luego los aviesos taurohispanos la fueron arrinconando hasta casi acabar con el vagido de la divinidad hecho Idioma. Por fortuna, una raza nacida de esa Lengua superará todas las adversidades e intentos de extinción hasta hacer de ella el motor y la génesis de la Identidad del Hombre Nuevo, idealista y viril, euskaldún y patriota. Dice la solapa que con esta novela uno se ríe a mandíbula batiente y he de reconocerles que es exactamente así. Una risa que nace, casi siempre, de la inteligencia más despierta, y también más desopilante.
Les dejo con ella, no se arrepentirán. De hecho, no lo harán con ninguna de las tres, todas buenas novelas, que cumplen las expectativas, cada una de ellas, de su propio género. Exceso de ambición, si cabe, en la primera reseñada y un discurso que se consume a sí mismo, pero que todas las críticas de nuestra narrativa sean por exceso.Y dosis muy saludables de humor (y por tanto de amor, que se escribe sin hache, como decía Jardiel). Quizás es el humor (del que cualquier fanático carece) la mejor arma moral contra el desatino de los salvadores de toda condición. Recomiendo la lectura de estas novelas, no porque se trate de «grandes obras», ni creo que lo pretenden, sino porque se ajustan a sus pretensiones y dan muestras sobradas de ello. A lo mejor, la próxima vez que vuelva a Euskadi, a seguir con sus investigaciones sobre la txalaparta, el pobre Gálvez es capaz, por fin, de comer bien en ese maravilloso país gangrenado por el fanatismo, el miedo y la violencia.Y el zombi Belausteguieta se anima a darse un garbeo por Tauro, ya sin VirtuRealidades, holgazanes de bajo o alto «estandin» y sol a todas horas.
Si el nacionalismo, en tiempos de don Pío Baroja, se curaba viajando, puede que ahora, en pleno Tercer Milenio, se cure sonriendo, y escribiendo así de bien.

01/01/2006

 
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