ARTÍCULO

Siente un europeísta a su mesa

Losada, Madrid
Trad. de Luis Álvarez Mayo
216 pp. 17 €
 

Es llamativo que el autor de esta optimista reflexión sobre el proyecto europeo haya padecido en su biografía todas las atrocidades de que ha sido capaz nuestro continente a lo largo del siglo pasado, pues el solo hecho de su ocurrencia debería haberle inducido más bien al pesimismo.Antes de convertirse en una popular referencia del pensamiento sociológico contemporáneo, el judío polaco Zygmunt Bauman fue a refugiarse de Hitler en la Unión Soviética, militando en el Partido Comunista y alistándose en el ejército polaco allí creado, con el que participó en la liberación de Berlín. De vuelta en Polonia, fue expulsado del ejército en 1953, y de la carrera académica en 1968, por idéntico motivo, a saber, sucesivas campañas antisemitas. Sólo entonces se instala en Gran Bretaña y enseña en Leeds, naturalizado por un país poco sospechoso de europeísmo, al menos no de la versión oficial del mismo tradicionalmente definida por el consabido eje franco-alemán. Sin embargo, quizá sea en una trayectoria tan accidentada donde podamos encontrar la clave de su apoyo a un proyecto europeo que nace como antídoto contra la tentación nacionalista y antiliberal tras la Segunda Guerra Mundial.Tal es la convicción de fondo que alimenta este trabajo.A esa adhesión moral habría que sumar los instrumentos conceptuales que jalonan el pensamiento del autor, además de un marxismo residual expresado, principalmente, en la ya tediosa crítica del llamado «imperio global norteamericano». Nace de estos mimbres una obra desigual, que si bien parece por momentos construida a partir de retazos y añadidos, presenta un notable interés en, al menos, dos niveles distintos pero íntimamente relacionados. De un lado, como articulación teórica de una muy extendida visión de nuestro mundo contemporáneo, en la que convergen algo grotescamente el pensamiento de cierta izquierda occidental y el discurso oficial de distintas potencias emergentes y renovados populismos, desde China a Venezuela. De otro, como expresión de aquel sueño europeo que consiste en reemplazar a Estados Unidos como potencia ordenadora de la política global, ambicioso propósito en el que se mezclan la tentación narcisista y el idealismo neokantiano. Se trata, así, de un libro que aspira a situarse en el centro del debate intelectual contemporáneo; es, digamos, la toma de posición del autor ante su público. Y esa posición no es otra que la olímpica defensa del modelo europeo para la sociedad mundializada, con arreglo a un itinerario conceptual tan transparente como eficaz. Más exactamente, es una determinada concepción del significado histórico de nuestro continente lo que aquí se opone al modelo norteamericano, que a su vez habría perdido el rumbo e introducido a la sociedad internacional en una dinámica paranoide y decadente de la que sólo podría rescatarlo la reinvención europea del bienestarismo estatal a nivel global. Es en la primera parte del libro donde Bauman resulta más brillante, desplegando una certera lectura de lo europeo como fenómeno histórico ligado al desarrollo mismo de la modernidad: como fruto dorado primero y podrido después. Europa, en este sentido, sería algo nunca terminado, que adopta la forma misma de la razón: una civilización reflexiva que se percibe a sí misma como tal y que por ello está siempre en construcción, en consonancia con el ideal humanista que señala a lo humano como aquello creado por el hombre. En consecuencia, «la cultura de Europa no conoce descanso» (p. 26), algo que ya señalara Sloterdijk hablando de la cinética del ideal de progreso y que, desde luego, está ya en Hegel. ¿Hacia dónde –podríamos preguntarnos– va a dirigirse la especie si no es hacia delante? En cualquier caso, de ahí proviene también el pathos expansivo de Europa, que ha creado el mundo al europeizarlo y lo habría hecho, hasta ahora, sin asomo de mala conciencia. Más dudosa es la consecuencia que de aquí deduce el autor, al juzgar a los europeos como «tal vez la única gente que [...] carece de identidad; una identidad fija, o una identidad considerada y tenida por fija» (p. 26).Y es dudoso porque una cosa es la identidad europea, flexible a fuer de difusa, y otra bien distinta las culturas nacionales europeas, que sí tienen una identidad definida, acaso demasiado definida, como demuestra no ya la dificultad para convertir la Unión Europea en un auténtico proyecto de unión política, sino la contumacia con que en ella se manifiestan unos nacionalismos contra los que deberíamos estar ya más que prevenidos. A partir de aquí, Bauman recicla la mayor parte de sus últimas formulaciones teóricas para realizar una crítica del modelo norteamericano del que sale fortalecida su contraparte europea. Ante el surgimiento de potencias regionales que se modernizan sin europeizarse, se pregunta Bauman, ¿cómo ordenar un mundo de interdependencias? Desde luego, se contesta, no mediante una nueva legitimación estatal consistente en desmantelar el viejo Estado Social a cambio de más estrictas políticas de seguridad e inmigracion; no, en fin, recuperando a Hobbes frente a Kant. Sólo un continente vacunado por su historia puede enfrentarse al fenomenal reto que plantea el autor: «Europa inventó las naciones. Ahora es el momento de inventar la humanidad» (p. 61). Sin duda, es un noble propósito; el problema secular es el know-how: cómo inventar la humanidad sin acabar con media humanidad por el camino. A juicio de Bauman, se trata de apostar por una «lógica de la responsabilidad global», así como por mecanismos de participación ciudadana capaces de revitalizar la democracia. Honestamente, el propio autor advierte de que no existe «la posibilidad de calcular de manera fiable, ni mucho menos de asegurar, el éxito final» (p. 202). No parece existir, en consecuencia, una alternativa clara para las instituciones liberales: sólo el deseo de transformarlas para construir un orden global más equilibrado.Y cabe preguntarse si para este viaje hacían falta estas alforjas.

01/11/2006

 
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