ARTÍCULO

Alarcos y la poesía

 

A l morir Emilio Alarcos, una triste madrugada de enero de 1998, después de haber concluido el prólogo a cuatro novelas de Pío Baroja, antes de acostarse la noche anterior, dejaba abundante material disperso, tanto sobre lingüística como de crítica literaria y artículos de periódicos, en los que colaboraba con bastante frecuencia. Alarcos no parecía tener demasiado interés por recopilarlos, o acaso lo dejaba para más adelante, distribuyendo su «obra dispersa» en dos bloques, los trabajos lingüísticos y los estudios sobre literatura y escritores, más un tercer apartado que recogiera la «obra varia», intervenciones públicas y de circunstancias, pregones sobre la Navidad o sobre las ferias de Valladolid, semblanzas de amigos, apreciaciones sobre paisajes o gastronomía, elogios de restaurantes como el ovetense Casa Conrado, del que era cliente asiduo, evocaciones de la infancia y consideraciones o, si se quiere, «teorías» sobre Asturias, Oviedo o su natal Castilla la Vieja: páginas estas escritas con excelente prosa de claras resonancias poéticas. Como Gerardo Diego decía de Jovellanos, Alarcos era un gran poeta en prosa, aunque también escribió poesía en verso, publicada póstumamente, y que él, en vida, solía leer con aquella magnífica voz suya en algunas sobremesas de mucha confianza y atribuyendo sus versos a otros. Porque en este aspecto de poeta, como en otros más privados, Alarcos era un hombre pudoroso, incluso tímido, a lo que a veces oponía una ironía ingeniosa y civilizada. Yo mismo, de palabra y por escrito, le animé en muchas ocasiones a que reuniera la obra dispersa, tanto la publicada, en ocasiones en revistas de difícil consulta, como la inédita, pues numerosas conferencias que dictó no pasaron a la imprenta. En realidad, Alarcos, que escribió mucho, publicó pocos libros: Investigaciones sobre el libro de Aleixandre (1948, su tesis doctoral), Fonología española (1950), Gramática estructural (1951), La poesía de Blas de Otero (1955), Ángel González, poeta (1969) y Gramática de la lengua española (1994). Algunos de sus trabajos lingüísticos fueron recogidos en Estudios de gramática funcional del español (1970) y en el segundo tomo de Cajón de sastre asturiano (1980), mientras que muestras diversas y no siempre significativas de sus escritos críticos y misceláneos se encuentran en Ensayos y estudios literarios (1976), el primer tomo de Cajón de sastre asturiano (1980) y El español, lengua milenaria (y otros escritos castellanos (1982), breve libro de poco más de cien páginas, con una parte lingüística y otra literaria miscelánea.
Alarcos, cuya modestia le evitaba referirse a su obra reconociendo la importancia que tenía, escribe en el prólogo a Ensayos y estudios literarios: «Se empeñan los editores en reunir estos artículos, dispersos en variadas publicaciones, creyendo que pueden ser útiles al lector. Yo no estoy tan seguro, y sobre todo pienso que este conjunto de escritos no tiene nada de entretenido ni apasionante», añadiendo acto seguido que son productos de una «obligación impuesta», consecuencia los más antiguos de un pensum académico o, los más recientes, «son resultado de o bien alcanzar la compensación económica (bastante exigua) por pronunciar una conferencia, o bien para cumplir con compromisos ineludibles de reuniones u homenajes». A estos últimos escritos denomina en Cajón de sastre asturiano I, como «de convivencia», separándolos de los de «de literatura» más acordes con un concepto más convencional de la crítica literaria. También en 1996 y 1997, respectivamente, se hicieron nuevas ediciones de sus estudios sobre Blas de Otero y Ángel González, a los que se añadieron nuevos textos sobre uno y otro poeta. Después de la muerte de Alarcos, a quien el actual presidente de la Academia de la Lengua solía llamar enfáticamente «maestro», sin que al maestro le gustaran demasiado tales excesos, apareció un volumen en 2001 que recoge los trabajos sobre «Clarín» y su novela La Regenta con el título de Notas a La Regenta y otros textos clarinianos, volumen desaprovechado en parte ya que, por rellenar páginas, se publica el número de la revista Archivum correspondiente a enero-abril de 1952, dedicado a «Clarín» con motivo del centenario de su nacimiento. Más adelante, en 2006, aparece una reunión de escritos misceláneos, En todas las ocasiones, y mi libro Emilio Alarcos, que se cierra con una antología de sus escritos, tanto en prosa como en verso.
En 2006 también se publica en Cátedra parte de la crítica «mayor», por así decirlo, de Alarcos, los estudios sobre las odas de fray Luis de León, con el título de El fruto cierto, obra rigurosa y magnífica que, pese a componerse de ensayos independientes, escritos y publicados en diferentes épocas y lugares, posee la férrea unidad que le otorga el verso de fray Luis, a quien el crítico consideraba por encima de todos los demás poetas españoles. En realidad, se trata de una espléndida edición de las odas de fray Luis. Alarcos publica algunas odas, cribándolas de impurezas, compara ediciones, acepta las más válidas, analiza la lengua y expone el sentido de los versos. A diferencia de la crítica académica al uso, que se anega en su propia erudición y método, Alarcos acerca a un gran poeta clásico al lector moderno. No otra cosa hicieron T. S. Eliot y, entre nosotros, Azorín.
Eternidad en vilo, asimismo publicado por Cátedra en su sección de crítica y estudios literarios, recoge trabajos sobre poetas de esta época; lleva por subtítulo «Estudios sobre poesía española contemporánea». Estos dos volúmenes últimos, El fruto cierto y Eternidad en vilo, que reúnen parte de la crítica alarcosiana más rigurosa, van del gran poeta clásico a algunas representaciones de la poesía moderna. El campo de atención de Alarcos abarca la totalidad de la literatura española, desde las jarchas hasta Víctor Botas, con muy escasas miradas hacia las literaturas de otras lenguas (Hamlet, Bouvard et Pécuchet, siempre en relación con la española). En la poesía española moderna, Jorge Guillén ocupa, para Alarcos, el papel que en la clásica ocupa fray Luis de León. Aquí se incluyen cuatro trabajos sobre Guillén, entre ellos «La lengua de Jorge Guillén: ¿unidad o evolución?», el ensayo de Alarcos más veces reproducido en libros (anteriormente, en Ensayos y estudios literarios y El español, lengua milenaria). Otros poetas a los que analiza son Gerardo Diego, Dámaso Alonso (sobre el que se incluyen tres trabajos), José Hierro, el «misterioso» Basilio Fernández y otro texto más sobre Ángel González, poeta que en buena medida debe más a los estudios de Alarcos sobre él que a su propia obra, por lo que cabría tal vez decir que se trata de un poeta obra de un crítico.
Hay otros dos artículos sobre los poetas de la generación de Ángel González, «El grupo poético de los 50» y «Claridad», de José Agustín Goytisolo, y una curiosa conferencia de acercamiento a la copla a partir de «Tatuaje», que pudiendo haber sido un texto «de convivencia», es un estudio meticuloso que aborda la copla como si fuera un poema. Y al cabo no hay diferencia entre copla y poema, tan solo de público, acaso. Especial interés presenta la reunión, por primera vez, de sus escritos teóricos sobre poesía: «Poesía y estratos de la lengua», «Secuencia sintáctica y secuencia rítmica», «Fonología expresiva y poesía» y «Literatura y comentario de textos». Aunque este volumen no es tan unitario como El fruto cierto, cosa natural tratándose de diversos poetas y de diverso valor, manifiesta el rigor y la lucidez de uno de los mayores críticos de la segunda mitad del siglo XX, a la vez que la belleza diamantina de su prosa, exacta, concisa y clara. Pues el lingüista que analiza la poesía con precisión de relojero era, ante todo, un gran escritor. Uno de los mejores prosistas de su época, que estos ensayos confirman.

01/09/2010

 
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