ARTÍCULO

Estrategias sexuales

 

Mujeres y hombres andamos desconcertados en este final de siglo. Los rescoldos se avivan desde mediados de los ochenta: Andrea Dworkin, desde Londres, nos envía Letters from a War Zone; Marilyn French insufla oxígeno con su The War Against Women; desde Francia, Susan Faludi nos advierte contra la reacción invisible del varón en Blacklash. Laguerre froide contre les femmes; por su parte, los varones hacen lo propio, como Yves Roucante en Discours sur les femmes qui en font un peu trop, denunciando el Estado previsión como un gigantesco entramado político-social de cuidados maternos; o como Robert Hughes en La cultura de la queja; o John Stoltemberg en Refusing to Be a Man; o Pascal Bruckner en «La nueva guerra de secesión. (De los hombres y las mujeres)», de su libro Latentación de la inocencia; o García Calvo en nuestro país, con su habitual radicalismo, en su Contra el hombre, que es también contra la mujer; o..., etc., etc.

El tam-tam mediático intelectual occidental convoca a la guerra de sexos, una vez más. Podríamos unas y otros, otros y unas, avivar el fuego hasta abrasarnos, pero debemos tener presente lo que nos ha enseñado nuestro eminente Faustino Cordón, en su Cocinar hizo alhombre, que la palabra ha nacido en el suave fuego culinario.

La antropóloga Helen E. Fisher sostiene en El contrato sexual que la primera, y quizá hasta ahora única, revolución sexual se produjo hace aproximadamente cuatro millones de años, mientras el homínido se erigía sobre sus patas, cuando la mujer volvió invisible su período de estro, configurándose como hembra sexualmente disponible, en aras de obtener un pedazo más de carne, lo que implicó el principio de la fidelización del varón. Quizá haya que reactualizar ese contrato sexual, cuando se resquebraja el principio de autoridad automática concedido a los hombres, y las mujeres reivindican su derecho a la equivocación como manifestación clara de su realización activa.

No es el lugar para seguir insistiendo. Hemos llegado a ser lo que somos en millones de años de evolución, equilibrando coacción y alianza. Ante los tambores de guerra lo mejor es desobedecer la orden que nos convoca –no haciendo de ello un casus belli y mientras tanto, querernos–, haciendo bueno un mismo afán de claridad. Y mientras tanto..., desorientados por el desconcierto al haber conmovido el inmemorial orden de la especie sin avistar otro nuevo, hemos de dedicarnos a la tarea clarificadora de pensar lo que somos, lo que hemos llegado a ser y lo que representamos unos para otras, y viceversa. Pues bien, en esta perspectiva clarificadora, referida al emparejamiento humano, al deseo y apetito del otro, habría que situar el libro de Buss, parapetado tras el dispositivo analítico de la psicología evolucionista y el paradigma darwiniano de la selección sexual, pretendiendo descubrir los mecanismos psicológicos subyacentes producidos por la evolución. Más concretamente, a Buss le interesa aclarar si ciertos deseos o tendencias de emparejamiento son universales, si determinadas diferencias sexuales se encuentran en todas las sociedades o culturas o si éstas influyen poderosamente como para anular las tendencias evolutivas que pudieran existir.

El aparato metodológico le ha exigido indagar en una variedad de culturas, treinta y siete, de seis continentes y cinco islas; dirigir un cuestionario muy amplio a más de diez mil personas, según edad, estado civil, estrato social, nivel educativo, preferencias políticas, pertenencia étnica, etc.; completado con otro medio centenar de nuevos estudios sobre miles de personas (mujeres, hombres, en busca de parejas, novios con diverso grado de compromiso, matrimonios recientes y experimentados, divorciados, etc.). El objetivo de todo este gigantesco dispositivo es formular una teoría del emparejamiento humano, no romántica ni anticuada, sino basada –nos dice el autor-«en pruebas científicas actuales».

Su reflexión la articula en torno al concepto de estrategias sexuales, entendiéndolas como métodos y medios para lograr objetivos, éxitos. No elegimos pareja al azar, tontamente, ni atraemos de forma indiscriminada, ni vencemos a nuestros rivales por cansancio. Las estrategias se proyectan para tener éxito, para emparejarse. Esto no sucede de una manera expresa y consciente –¡menos mal!–, pero el mecanismo estratégico está ahí. Ese estar ahí es el efecto de millones de años de evolución y las estrategias de seducción representan soluciones adaptativas a problemas de emparejamiento. Ningún antepasado es tal si no se emparejó adecuadamente.

En toda estrategia sexual subyacen mecanismos psicológicos de preferencias, sentimientos amorosos, deseo sexual, celos, etc. Estos mecanismos se ponen en marcha a partir de señales como el físico, el interés sexual, la indicación de fidelidad y compromiso, etc., que los seres humanos hemos aprendido a evaluar. ¿Cómo y por qué mostramos preferencias por un compañero/a? Las preferencias se configuran en una estrategia adaptativa. La memoria del archivo ancestral parece indicarnos que nuestras elecciones prefirieron una pareja proveedora, protectora y fiel. Una preferencia histórica evolutiva de la mujer parece ser la de escoger un hombre capaz de comprometerse a largo plazo. Tal preferencia solucionó problemas decisivos. Pero no siempre interesa la búsqueda del compromiso, pues a veces simplemente se desea una relación a corto plazo, una aventura, una compañía eventual. Las estrategias que se activan varían mucho en función del tiempo: los deseos se significan de distinta forma respecto de la durabilidad proyectiva de la pareja. ¿Qué pasa cuando las estrategias de emparejamiento entran en conflicto? ¿Qué sucede cuando una pretende una relación corta y el otro larga, o al contrario? Para evitar o paliar el fenómeno de interferencia estratégica es necesario un gran conocimiento de nuestras estrategias sexuales.

El rastreo evolucionista que hace Buss le lleva a preguntarse si nuestro contexto histórico y cultural no difiere en grado sumo del pasado, en cuyo caso la psicología evolucionista podría errar el tiro. Pero contesta que aunque «las condiciones modernas de emparejamiento difieren de las antiguas, las mismas estrategias sexuales siguen operando con fuerza irrefrenable», pues la pervivencia del mundo antiguo es más palpable de lo que parece. Podría argumentarse que, en todo caso, estas conductas ancestrales son residuales, como si tuvieran los días contados. Bien, pero no tenemos otras o no advertimos otras, y como en términos evolutivos no podemos dar un salto en el vacío, los mecanismos ensayados hacen su aparición, entre otras cosas porque han demostrado éxito emparejador. Pero es que, además, el repertorio de estrategias sexuales es muy amplio y aparecen y desaparecen ante los diversos problemas adaptativos. Porque, claro, no es concebible un pasado inmutable y, por lo tanto, hemos elaborado una diversidad de mecanismos estratégicos en respuesta a los cambios contextuales. Estos contextos recurrentes generaron las estrategias que perviven en nosotros. Por tales motivos se hace necesario comprender las estrategias sexuales contextualizadas para identificar las presiones selectivas, sus problemas adaptativos, los mecanismos psicológicos y los contextos actuales que activan o desactivan unas soluciones u otras.

No es este el lugar para enfrascarnos en las implicaciones y consecuencias de la psicología evolucionista, ni para analizar tampoco las resistencias y barreras perceptivas, ideológicas o románticas que se le oponen. Tan sólo recomendar lo que decía Georges Simmel en uno de sus aforismos, que de un libro debería admitirse con agradecimiento lo que nos favorece y lo demás pasarlo sencillamente por alto. El lector puede encontrar en el libro de Buss un buen estímulo intelectual para discurrir –y discutir– sobre una gran variedad de estrategias y asuntos del emparejamiento, del deseo y apetito sexuales: estrategias sexuales como solución a los problemas adaptativos, la manifestación de preferencias por un compañero/a, los cambios de estrategias en función del tiempo, la lucha en el interior de cada clase de sexo en su acceso a los miembros del otro sexo, los celos y los contextos en los que se producen, las causas y consecuencias del conflicto sexual, etc.

El mensaje final del autor es que si somos la única especie con la facultad de controlar nuestro destino, «la perspectiva de hacerlo será excelente en la medida en que conozcamos nuestro pasado evolutivo», invitándonos a transformar las consecuencias de nuestras estrategias de emparejamiento a partir del conocimiento de sus mecanismos evolutivos: fósiles vivientes que nos advierten lo que somos y de dónde venimos. Quizá si terminamos de comprender el amplio repertorio de estrategias sexuales podremos saber hacia dónde vamos.

01/12/1997

 
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