ARTÍCULO

Un viaje de infierno

Alfaguara, Madrid, 304 págs.
 

La última novela de José María Guelbenzu, Esta pared de hielo, es elegíaca, pero quizá sería desacertado pensar que se trata de la elegía de una sola persona, aunque fallezca un personaje en la primera página de la obra y aunque la glosa y valoración de la vida de éste no abandonen el primer plano de la narración en ningún momento. El personaje, Julián Bo, tiene algo o mucho de un héroe de nuestro tiempo; tiene algo de héroe anónimo, insignificante. Las preferencias contemporáneas favorecen, sin duda, esta clase de héroes. Su mujer, por su parte, es, incluso, menos interesante desde el punto de vista personal, aunque el lector, con la inestimable ayuda del diablo, en buena medida, llegue a conocer a Julián Bo a través de las palabras de ella. El matrimonio podría representar a buena parte de los españoles de clase media nacidos, vagamente, entre 1936 y 1944. Desde este punto de vista, los elementos elegíacos no se dirigen tanto al individuo cuanto a la España que inauguró la juventud o llegó a la madurez durante el decenio de 1960.

La evaluación que se hace en esta obra de los españoles nacidos entre los dos límites temporales ya señalados no es esperanzadora. Tal vez algunos de esos españoles, como Julián Bo, podrían quejarse de haber sido apartados de la historia con pocos miramientos: «Y para mí ya era tarde, en los años ochenta la Historia pasó por delante de mi casa, pero la ilusión es para los jóvenes». Pero acaso esto sea algo exagerado. En el decenio de 1980 se incorporaron a las responsabilidades públicas en España, durante el primer mandato de Felipe González, no pocas personas nacidas entre las fechas mencionadas; si hubiera que recordar un solo ejemplo: el propio Felipe González, nacido en 1942. Algunas de estas personas, probablemente, podrán identificarse sin dificultad con ciertos rasgos de Julián Bo.

¿Qué reservas del descontento nutren la decepción de Julián Bo y la de su mujer? No parece que el suave decoro de clase media en que vivieron fuera motivo de ansiedad. «Educaron a su hijo, no les dio problemas serios, su marido siempre tuvo trabajo, no sufrieron enfermedades preocupantes, las muertes de sus padres las sobrellevaron con serenidad, no hubo accidentes ni disgustos de importancia...». Es el propio diablo quien resume de forma telegráfica la biografía del matrimonio Bo. La forma de insatisfacción que prevalece en el relato la apuntalan la entrañable pero aburrida domesticidad de los empeños de sus protagonistas y la nula contribución activa del personaje a los logros sociales de su tiempo. Pero, ¿hay algo más? En cuanto a Julián Bo, su biografía se resume con sencillez: un trabajo rutinario, un matrimonio más o menos frustrado, la práctica cómoda y satisfactoria de un par de aficiones (el montañismo y la literatura), y eso es todo. ¿Cuántas biografías españolas de los varones de esta época encajan en esta descripción?

No es, precisamente, lo menos relevante de esta interesante novela un Satanás melancólico, un personaje más, que se lamenta de la pérdida de la épica del heroísmo infernal. Las vidas de los humanos se han empequeñecido tanto, y tanto han disminuido sus apetencias pecaminosas, que hasta el propio Satanás, con un raro sentido de la responsabilidad social, empieza a darse cuenta de que su trabajo ha perdido aliciente, de que los seres humanos no son capaces ni siquiera de confesar pecados interesantes. «¿Evolución? ¡Ja! No hay un alma que merezca la pena!», esto llega a exclamar el diablo, sinceramente compungido por la insignificancia pequeñoburguesa de su clientela. Esta última frase puede leerse en un último y divertido coloquio, de cierto regusto medieval, que mantienen la Muerte y el Diablo. Por cierto, mientras comparan los respectivos méritos de sus trabajos, no desdeñan ocasionales digresiones que pueden demorarse en el análisis de la calidad del «cerdo ibérico» y del Valbuena Gran Reserva y en el comentario de la poesía de Baudelaire. Que la Muerte y un diablo muestren tamaña sabiduría de las artes de la vida invita al lector a tener la confianza en que la humanidad está en buenas manos, invita a tener confianza en que los índices de satisfacción del usuario del infierno deben de ser excelentes. ¿O tal vez no?

Pero lo importante, como digo, es la elegía generacional. Julián Bo, el protagonista cuya vida pasa ante los ojos del lector y que representa al español que adquiere una conciencia política democrática en un medio familiar «afecto al Régimen» de Franco. Representa asimismo al español que, exceptuada alguna acción esporádica, no llega a ser militante de ningún partido político. Representa, por último, a esa clase de personaje que se queja de que la historia de su vida es acaso una historia sin importancia, es la historia de una vita umbratilis. Las circunstancias de su vida le negaron la plenitud del desarrollo personal.

Sin embargo, en un mundo así, en el que ni siquiera el diablo está contento con su trabajo, ¿qué hacer? No está Satanás nada contento con los tiempos en que tiene que ejercer su profesión. Sin embargo, las exigencias de éste son superlativas: «Yo busco diferencia, originalidad, grandeza...». Parece como si al diablo le hubiera dado por pedir cotufas en el golfo. Parece como si, al fin, hubiera tenido que aceptar como buenas las definiciones cristianas de su voluble personalidad. Pero, además, muestra un rasgo que, en verdad, habla muy desfavorablemente de la preparación profesional de los diablos, porque resulta que éstos son incapaces de apreciar las verdaderas diferencia, originalidad y grandeza allí donde existen. Que Julián Bo renuncie a una herencia atesorada con sangre humana (una verdadera damnosa hereditas, según la frase latina que tanto le gustaba a Juan Benet) le parece irrelevante. Esto hace dudar de la eficacia de los gestores actuales del infierno. ¿Habría sido igual en el cielo?, se preguntará el lector. En todo caso, la falta de grandeza de ánimo del diablo es un verdadero desconsuelo para quienes aún tienen fe en él. Resulta que Satanás –esta es la paradoja más interesante de la obra– ni siquiera reconoce el heroísmo de un acto anónimo, callado, personal, que le cuesta a su protagonista la paz económica y, a la postre, el fracaso de su propio matrimonio. El heroísmo de la decisión y la forma ejemplar en que el protagonista conlleva su desdicha lo hacen acreedor a un reconocimiento que, da pena decirlo, ni siquiera el diablo sabe admirar. En contra de su propia opinión, Julián sí conoció la gloria. Se le revela al lector en esta obra un heroísmo sin recompensa, un valor arraigado en las convicciones, una esperanza fundada en la limpieza de los actos humanos. Retrato de toda una generación, recuérdese. Si el propio diablo no sabe reconocer esos méritos, ¿no deberá el lector sentirse interpelado?

Lo único que en esta obra permite olvidar, a medias, esa imagen escalofriante de la muerte, que sobresalta al lector en la primera página de la novela, la del árbol que se «alzaba en el aire como un esqueleto sorprendido en el acto de contraer los huesos», es precisamente la contraposición, llena de humor negro, entre el funeral de un presunto franquista y el funeral de una persona fiel a sus convicciones que abandona el mundo sin alharacas.

01/12/2005

 
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