ARTÍCULO

Un cuarto relato, por favor

Temas de Hoy, Madrid
Trad. de Jesús Cuéllar
416 pp. 23 €
 

Mientras preparaba la edición española del libro de Joan R. Resina, Del hispanismo a los estudios ibéricos, me encontré con esta frase de Hans Ulrich Gumbrecht: «Para tomar el control de su futuro [...] España –como otras sociedades– necesita una teoría sobre la que sostener su práctica. Contribuir a esta teoría mediante una comprensión de la identidad históricamente desarrollada de la sociedad española es, sin duda, la tarea más importante en nuestros días». Aunque escrita en 1989, no identifico los esfuerzos realizados en esta dirección por la inteligencia española. Las teorías sobre España cada vez se divorcian más de sus prácticas y este sencillo hecho confiere a su clima intelectual una densa sobrecarga ideológica. La historia escrita desde ese año no ha sabido escapar al continuismo con la escuela de los años sesenta ni a la concentración sobre la Guerra Civil, al academicismo y a las historias nacionales/regionales. Para un proyecto como el que reclama Gumbrecht no sirven ni los intentos de asentar una idea nacional de España al servicio de un rearme ideológico que implica una alteración de los equilibrios forjados desde 1978, ni una revisión desde la izquierda que también impugna la Transición y desea rescatar una superior legitimidad de la Segunda República sobre el presente. Un relato general y de largo plazo sobre la evolución histórica española no se ha ensayado. Es más, Santos Juliá considera que debemos celebrar que sea así. Esta celebración está diseñada para reducir toda actividad intelectual al columnismo y lo que conecta directamente con él, hecho que produce lo contrario de lo que Santos Juliá al parecer desea: el olvido de las dos Españas. Columnismo es pura práctica instrumental, circunstancial y militante en el corto plazo electoral.
Quizá sólo un historiador que, como Payne, se confiesa cercano a la posición política de la Unión de Centro Democrático (p. 60), y que sigue valorando la modernización de España de los años setenta y ochenta, tras medio siglo de estudios hispánicos, podía sentir la necesidad de ofrecer un relato general de la historia de España en el que proponer una valoración de todos los lugares polémicos del pasado de la sociedad española. Como dice Sebastiaan Faber en su último libroSebastiaan Faber, Anglo-American Hispanists and the Spanish Civil War. Hispanophilia, Commitment and Discipline, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2008. Para esta reseña he utilizado el último número publicado de The Colorado Review of Hispanic Studies (otoño de 2007), bajo el título general Rereading the Hispanic Tradition of Nacional Essayism, editado por Javier Krauel, en el que el propio Sebastiaan Faber tiene un ensayo muy útil para analizar las posiciones de Santos Juliá., el hispanismo es una actividad intelectual que implica cierta filia. Cuando se ha dedicado la vida a estudiar la historia española, hemos de presuponer en quien así actúa una sana y favorable intención para con los ciudadanos de este país y por eso debemos escuchar con atención y gratitud lo que se nos pueda decir.
No podemos acompañar al autor en todas sus valoraciones. Sólo puedo recomendar al lector que se interne por sus páginas y las descubra. En la mayoría de los casos están dictadas por la moderación y el buen juicio. En estas líneas me compete más bien captar el movimiento del libro. Creo que su sentido básico consiste en capturar el espíritu de reconciliación con la realidad de aquellos años ochenta, la voluntad de ecuanimidad y de objetividad que produjeron y la seriedad moral que generaron. Si lo que sucedió en 1978 es más legítimo que lo que ocurrió en febrero de 1936 –pues es más legítimo el mayor consenso constituyente que la mutua disposición a la guerra civil–, entonces no podemos identificarnos con ninguno de los actores de aquel ayer de 1936. En verdad, la legitimidad de origen puede equivocarse y producir efectos tan devastadores como la ilegitimidad. No se trata, por tanto, de igualar el error de los dos bandos, sino de sugerir que ambos estaban equivocados. Pues errores e ilegitimidades diferentes pueden indisponer igualmente a la ciudadanía con aquellas opciones, hasta el punto de querer iniciar un nuevo comienzo histórico como pueblo. Eso es que lo hicimos en 1978 y por eso hoy no tenemos que elegir entre aquellas dos malas opciones ilegítimas. La serena actitud de este libro no olvida esto.
Lo que sostuvo el camino de la Transición fue la liberadora idea de que los dos bandos estaban equivocados. Este supuesto daba a los actores políticos su libertad y su posición moral adecuada. La democracia social, cultural, política e institucional de la España de 2008 es superior a la de cualquier otro momento histórico. Esta es la realidad práctica. Pero ¿y la teoría? Payne adelanta algo: ahora se ha cerrado el ciclo iniciado a mitad del siglo XVII, cuando España se quedó en el umbral del mundo moderno. Estaría de acuerdo, a condición de no olvidar ciertos aspectos a mejorar en nuestra modernización social y política. Nadie puede negar a Payne su compromiso con el sentido americano de las instituciones democráticas liberales. Su posición histórica y su relato tienen que ver con ello. Esto permite centrar la pregunta de Gumbrecht: ¿qué relato evolutivo podemos ofrecer para apoyar una práctica democrática y una mejor modernización social y política?
Hoy como ayer sigue normativamente vigente el punto de partida de la Transición: los dos bandos estaban equivocados. Pero ¿dónde empezaron a equivocarse? Payne ha recordado la frase de Ortega de que no puede entenderse la Guerra Civil sin saber cómo empezó todo. Pero todo no empezó en los meses anteriores a la guerra, ni en la rebelión de Asturias, ni en la de abril de 1931. Para Payne empezó hace miles de años. Su libro somete a examen las dos ideologías españolas enfrentadas desde hace siglos y confirma su estatuto de ideologías, imágenes especulares del deseo. Así velaron el conocimiento de lo que se era. Este error epistemológico y moral –eso es la ideología– tuvo graves consecuencias. Entre ellas, una historia en la que la violencia política no fue monopolio de nadie. Todos la usaron. Quién la usó primero es una pregunta más bien relativa. Depende del período que se mire y compute. En realidad, la violencia política densa ha sido endémica a este país. ETA es su realidad epigonal.
Sabemos cuáles son esos dos relatos ideológicos, operativos, violentos, por cuanto desconocen la realidad. El primero es el gran relato de la España católica, unida, institucionalmente lograda, que se formó con el Laus Hispaniae de Isidoro de Sevilla. Se trata del gran relato (pp. 74 y 75) que, con algunas variaciones, todavía Franco asumió. La aproximación de Payne al primer gran relato nos dice que funcionó porque tenía elementos atractivos y relevantes. Alguna vez tuvo su base operativa. Fue el programa isidoriano, célebre en Europa por su canonística, sus letras y su reflejo político institucional. La evolución hacia un modelo como el franco no era imposible ni siquiera en 710 (pp. 82-83). Los altibajos de la monarquía visigótica no fueron mayores que los del trono de Clodoveo y sólo la derrota ante los musulmanes alteró este proceso evolutivo. Los Pipínidas aprendieron de Hispania, y esa experiencia les ayudó a plantar cara de forma adecuada al islam.
El gran relato fue exagerado y fijado por esa lucha contra el islam. Fue mantenido desde el siglo IX, con una idea de misión católica, pueblo elegido, reconquista, providencialismo. Sin duda, este hecho implicó una apuesta por Occidente. No daba para una identidad española, pero sí para una europea. Sin ella no puede explicarse la única derrota islámica con plena reversibilidad de la historia mundial. Este gran relato era funcional y ancló a Hispania en Occidente. De allí surgió la idea compartida por todos los reinos hispánicos de reconquistar España, la idea de ser europeos. Tal idea pudo ayudar a formar un «movimiento nacionalista totalmente desarrollado» (p. 125). Pero no lo hizo sino en la mentalidad de ciertas élites y sin tener una «única plasmación política», dada la cohesión de las instituciones de la Corona de Aragón, frente al poder hegemónico de la Corona de Castilla (pp. 155 y 164-166). Fue más bien una «aspiración» que se presentó con énfasis diversos, «en ocasiones dominante, pero con frecuencia recesiva». De modo muy convincente, Payne sugiere que «no hay pruebas históricas de que calara fuera de una élite reducida» (p. 126).
Desde luego, Payne aborda la cuestión de lo que Hispania debe a la influencia islámica y, aunque tiende a rebajarla, señala la centralidad de la estructura tribal y de linajes del islam y reconoce que las instituciones hispánicas, aunque europeas (pp. 101 y 108), están lastradas por esa influencia. Aquéllas crearon solidaridades más fuertes que los despotismos orientales, más abiertas a la evolución y la representación política. Pero la mentalidad de casta debilitó la capacidad evolutiva de las instituciones hispanas de corte cristiano porque aquélla, en lugar de disminuir, creció con el tiempo. Con ello, Payne ha sometido a un distante correctivo la mítica comunidad pacífica de las tres religiones que cantó Américo Castro. El sistema normal fue la tolerancia discriminatoria, inaceptable para la Europa del siglo XV. Como en el caso de Rusia en los siglos XVIII y XX, con quien Payne traza paralelismos muy interesantes, lo que España tuvo de diferente hasta el siglo XVII fue debido a su exagerada y torpe manera de querer ser europea y occidental (p. 112). Sin embargo, nunca quiso ser otra cosa.
Fue la operatividad de su ideología, la radicalidad de la misma y no su propia identidad, lo que nos distanció de Europa, no por querer ser diferente, sino por seguir siendo aquello a lo que España acababa de convertirse, justo en el momento en que Europa quería ir más allá. Aquiles y la Tortuga: cuando Europa comenzaba su segundo ciclo cultural (p. 141), España se aferraba al primero, al mundo tradicional. No era su único representante. España, de hecho, extremó las posibilidades de la cultura tradicional europea y extrajo de ella todas las potencialidades culturales. Eso es su Siglo de Oro y fue admirado allí donde estamentos tradicionales seguían operativos, en la mayoría de los sitios. Su radicalismo provocó reacciones capaces de perfilar la subjetividad moderna. No es que España se quedara fuera de la modernidad, nos sugiere Payne. Es que la modernidad vive de la lucha contra España. Ella no podía dar el paso, porque no podía confundirse con el enemigo. Luego, tras la derrota, se reinstaló en el seno de las sociedades tradicionales, todavía la mayoría de Europa, pero consumida y gastada. No fue una excepción de sociedad tradicional que sobrevive a la modernidad, pero sí fue más decadente que las demás. Su capacidad de adaptación fue menor, por ello, que la de Prusia, Austria o Baviera.
Estos hechos determinaron el camino español de los siglos XVI y XVII, que llegó incluso hasta el oportunismo descarado de Franco y los militares africanistas del siglo XX. Para salir de esa decadencia, tras un siglo XVIII que Payne valora, con acierto, más en continuidad que en ruptura con el siglo XVII, se generó el otro gran relato, el liberal. De ahí su naturaleza reactiva, tras el fracaso del pacto de 1812. Luego, la idea de la representación popular de las cortes medievales, centrada en el imaginario de las comunidades, presentó una matriz radical, rebelde, revolucionaria. Los dos relatos ideológicos estaban destinados a enfrentarse y la Guerra Civil de 1936 sería el último acto (p. 129). Eso generó las dos opciones: la insistencia en la ideología tradicional como camino propio y antieuropeo (cuando había sido pura mimesis europea radical), y la necesidad de limpiar el suelo histórico con violencia para fundar una europeización acelerada. La violencia estaba en la base misma de los relatos y de los diagnósticos y conformó a los dos bandos en el imaginario de que sus ideales sólo podían abrirse camino si el otro desaparecía. La debilidad propia de ambos forzaba el extremo voluntarismo y la violencia. Rasgos de esta mentalidad se ven en Azaña y en Franco, en el Largo Caballero final y en Maeztu. Esta hostilidad radical de los relatos podía dar lugar con frecuencia a pactos puntuales, como en el siglo XIX, pero sin teoría normativa, sin relato unitario, estaban condenados a romperse. Este destino produjo el tercer gran relato, el romántico: los españoles morían por ideas, eran el pueblo de la gallardía, del sacrificio y del honor, que todavía creía en las grandes palabras y no en las míseras realidades utilitarias. En suma, sólo se sentían bien en el sacrificio, no en la mediación. Todavía uno percibe sus ecos cuando por doquier se comenta que la Transición fue asunto de puro miedo.
Payne ha denunciado en su libro «la desconstrucción política e ideológica de la nación española» (p. 75) y sugiere que no tiene parangón salvo en la Rusia postsoviética. En realidad, lo que se desprende de su relato es más bien que se ha perdido mucho tiempo en la no-construcción de una idea adecuada de España. Crítica sin alternativa, que acelera la crisis, podríamos decir con Reinhart Koselleck. Con cierta retranca, el libro sugiere que ese desmontaje ha generado en Rusia el nacionalismo neoautoritario de Putin. Ignoro si Payne desea llevar la comparación hasta el punto de que encierre un pronóstico. Pero sus reservas hacia esta desconstrucción tienen que ver con el hecho de que no es funcional para una genuina práctica democracia europea y moderna, que ha de incorporar alguna idea de cuerpo político, de pertenencia común, y algún relato histórico para fundar el Estado y sus divisiones de poderes. Payne no nos dice cómo reconstruir una identidad que valga para la totalidad del Estado, pero su relato, a diferencia de otros, nos permite referirnos al pasado español sin fortalecer ninguno de los tres relatos disponibles. Puede que la mayor lección sea la de sugerirnos mirar hacia el centro de Europa, no a Rusia ni a Yugoslavia. Quizás esa empresa nos pone en la adecuada continuidad histórica. Ser ecuánimemente europeos y atlánticos, frente a lo que hicimos en el siglo XV, ha de implicar la interiorización de una norma que permita disponer de un horizonte evolutivo abierto capaz de producir acuerdos renovados con criterios racionales, de acierto-error.
Sería imposible trazar una descripción puntual de todas las versiones que ofrece Payne sobre hechos decisivos de nuestra historia. Su libro es rico en sugerencias, en chispazos luminosos, en opiniones que sólo la reflexión continuada y el afecto pueden producir. El lector le debe gratitud por tantos juicios serenos, esté o no de acuerdo con ellos. De este relato surge una clara idea: España no es tan diferente de Europa. Fue diferente de Holanda y de Gran Bretaña, pero el resto de Europa se parecía más a España que a estos países punteros. La modernidad no es un acontecimiento histórico clausurado, sino un proceso que continúa abierto, y la reflexión sobre su pasado no está sentenciada de una vez para siempre. España no puede interiorizar la leyenda negra por más tiempo. En realidad no lo ha hecho. Cuando miramos la bibliografía de este libro, apreciamos que hay mucha inteligencia histórica entre nosotros ofreciendo juicios y descripciones persuasivas acerca de nuestro pasado. Eso no ha fracasado. Lo que ha fracasado es, por un lado, el sistema de mediación pública de un columnismo crudamente politizado con aspiraciones dualistas e instrumentales, y la construcción de relatos generales que doten de perspectiva a la fuente de la que todavía brota el dolor histórico. El libro de Payne es no sólo una denuncia de estos hechos, sino la oferta de un matizado cuarto relato que, frente a los otros tres, tiene la particularidad de no excluir la posible existencia de otros.

01/03/2009

 
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