ARTÍCULO

Por una alianza de culturas

 

Rafael Díaz-Salazar ha dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de las funciones desempeñadas por la religión en la historia y en la sociedad española actual. Fruto de este esfuerzo son los tres libros que han ido apareciendo en los últimos tiempos: El factor católico en la política española, Democracia laica y religión pública, reseñado en las páginas siguientes, y España laica, el que vamos a analizar a continuación.
En la primera de estas obras reflexiona acerca del conflicto entre la Iglesia católica y el Gobierno socialista. Para abordar el tema, Díaz-Salazar se remite a una interpretación de la historia de España que permita entender cómo hemos pasado del nacionalcatolicismo al laicismo. Para profundizar en los motivos que se esconden detrás del renacimiento del laicismo en España hay que afrontar los condicionamientos de la transición política en España. Las fuerzas políticas que realizaron el pacto constitucional querían evitar los enfrentamientos que habían dividido a los españoles en los años treinta en torno a la definición de la forma de Estado, la articulación territorial del poder y la cuestión religiosa. Se buscaron fórmulas que intentaran satisfacer las reivindicaciones de las dos partes. Para resolver la cuestión religiosa se pactó un Estado aconfesional, que garantizase la especial relevancia de la Iglesia católica en nuestro país y que lograse dar cumplida satisfacción a las demandas de la Conferencia Episcopal en todo lo referente a la cuestión escolar.
Treinta años después, parece evidente que estas pretensiones han sido atendidas de modo muy satisfactorio para la Iglesia católica a través de la financiación pública de los centros confesionales de enseñanza y asegurando la enseñanza confesional de la religión en los centros públicos. A pesar de este grado evidente de cumplimiento de las exigencias episcopales, se ha levantado últimamente una gran polvareda en contra del Gobierno socialista referida a otros temas que no estaban en la cabeza de los constituyentes cuando se hizo el pacto hace ya treinta años. Me refiero a todo el debate en torno a la ampliación de los llamados derechos cívicos, un debate que hoy ha adquirido una gran virulencia con la nueva ley del aborto y en la anterior legislatura con la regulación del matrimonio homosexual. La jerarquía eclesiástica considera que estas leyes van en contra de la «naturaleza humana» y de la «moral objetiva» y entiende que los parlamentos no están legitimados para legislar sobre estas materias. Para comprender las expectativas de la Iglesia católica antes de la transición es muy conveniente la lectura del primer libro de Díaz-Salazar; para profundizar en este debate acerca de la legalidad y la legitimidad y en torno a las diferencias entre la moral y el derecho es de gran utilidad el segundo.
Quiero, sin embargo, centrar la atención de los lectores en su tercer libro, porque en él se trata de profundizar en la otra cara del problema. Sabemos bastantes cosas acerca de la evolución de la Iglesia católica, de sus distintas tendencias internas y de las formas que éstas adoptan. Sabemos mucho menos acerca de las raíces del laicismo en nuestro país, de sus diferencias con otras experiencias europeas, y de las distintas organizaciones que operan en nuestro país. Para suplir esta deficiencia es muy recomendable la lectura de este último libro.
Rafael Díaz-Salazar es un gran sociólogo de la religión. No puede entenderse su obra sin partir de su conocimiento de Weber, de Durkheim, de Peter Berger o de Daniel Bell. A su condición de investigador aúna una apuesta comprometida por una inserción pública de la religión que recoja lo mejor del proyecto ilustrado. Esa religión postilustrada debería, a su juicio, enlazar con un laicismo que sepa ser receptivo a las nuevas demandas que surgen de las tradiciones religiosas. ¿Estamos ante un noble deseo de imposible cumplimiento?
Para poder hacer realidad la alianza que reclama Díaz-Salazar entre un cristianismo ilustrado y un laicismo incluyente sería imprescindible que ambas formulaciones fueran hegemónicas en sus respectivos campos. La situación es justamente la contraria. Con un gran rigor histórico, el autor va recordando a todos los teólogos que, fieles al espíritu del Concilio Vaticano II, entablaron un diálogo crítico con la cultura ilustrada, que no implicase ni la disolución de la religión en la modernidad ni el repliegue hacia posiciones premodernas. Destaca, en este sentido, el recuerdo de aquellos cristianos erasmistas que, como Fernando de los Ríos, intentaron una expresión de lo religioso contraria a la alianza entre el trono y el altar. No fueron capaces de evitar el conflicto fratricida en la España de los años treinta. Fueron combatidos por los católicos integristas y fueron observados con ironía benevolente por muchos políticos republicanos.
Se perdió así una gran oportunidad de crear un cristianismo ilustrado en nuestro país, oportunidad que volvió a aparecer en los años sesenta y setenta con todas las plataformas que surgieron tras el Concilio Vaticano II. Esa perspectiva de nuevo fue arrumbada en los años ochenta y noventa por la involución conservadora que se produjo en el mundo religioso. Derrotado el mundo comunista, el enemigo a batir era el laicismo por considerar que, en última instancia, el socialismo que había caído en los países del Este remitía a los presupuestos antropológicos del proyecto ilustrado; era la hora de recuperar la herencia cristiana de Europa en el Este y en el Oeste; si en aquéllos la religión estaba llamada a dar sentido a las poblaciones tras la hecatombe del comunismo, en Occidente se había consolidado un enorme vacío espiritual que abocaba a las gentes al relativismo: sólo una vuelta de la religión podría llenar el vacío espiritual producido. Este fue el mensaje central del pontificado de Juan Pablo II.
Esa perspectiva neoconservadora está muy bien analizada por Díaz-Salazar. La novedad de esta obra estriba en estudiar la respuesta al neoconservadurismo propiciada desde las distintas instancias laicas. Díaz-Salazar se ha propuesto analizar las distintas respuestas desde el laicismo con gran penetración y aportando una enorme cantidad de lecturas. Cabe contestar a la involución eclesiástica defendiendo la tesis de que la religión –toda la religión– vuelve por donde solía y que, por tanto, hay que saber afrontar el combate, sin perdernos en matices, dispuestos a asumir todas las consecuencias. Hay que reconocer, por consiguiente, la incompatibilidad entre razón y religión, apostar filosóficamente por el ateísmo y, políticamente, por acabar con las ambigüedades de la transición y encaminarnos hacia la constitución de un Estado laicista. Un Estado que acabe con las concesiones a la Iglesia en el campo de la enseñanza y exija un espacio público libre de cualquier interferencia religiosa. La religión no debe sobrepasar el ámbito de la conciencia individual.
Esa perspectiva está hoy presente en nuestro país en distintos pronunciamientos a favor de recuperar el combate racionalista contra la superstición religiosa y exigir la retirada de todos los símbolos religiosos de la vida pública. La defienden quienes apuestan por el ateísmo y por la revisión de todos los pactos de la Transición, una posición desgraciadamente aún muy minoritaria en España. Y digo desgraciadamente porque es una posición coherente, aunque yo personalmente no la comparta. Desgraciadamente, con lo que nos encontramos mayoritariamente es con un abandono de toda preocupación por las cuestiones sociorreligiosas. Como si pudiera entenderse el mundo político actual prescindiendo del análisis del factor religioso. Muchos de los que operan de esta manera se definen como agnósticos pero realmente no lo son: son ignorantes. El ateísmo racionalista se tomaba en serio el problema y trataba de buscar una salida alternativa. El ignorante ni sabe ni quiere saber.
En este punto nuestra situación es distinta a la que se produce en otros países europeos donde se lleva tiempo debatiendo acerca de los distintos lugares de la religión en la vida pública. En Alemania, en Francia y en Italia es frecuente que estas discusiones tengan una gran trascendencia pública porque, al profundizar en las raíces de la identidad nacional, aparecen continuamente los problemas vinculados a la experiencia de los años treinta, al debate acerca del antisemitismo, a la responsabilidad ante el avance del nazismo y a las consecuencias que todo ello tiene de cara a articular un patriotismo constitucional y a afrontar los problemas de una inmigración multicultural. Deberíamos aprender de estas experiencias. Para hacerlo es importante el libro de Díaz-Salazar, porque muestra muy bien las diferencias entre nuestra situación y el debate que se produce en estos países europeos. Hay que ser conscientes de que el debate sobre el laicismo no ha hecho más que empezar. Acostumbrados al viejo contencioso entre clericalismo/anticlericalismo, no hemos sido capaces de percibir que es el momento de hacernos cargo de los problemas que nos depara el orden internacional y las políticas migratorias.
Para afrontar correctamente estos desafíos es imprescindible tener en cuenta que no es posible ni conveniente la exclusión de la religión del espacio público. Tiene que haber un lugar distinto al Estado y a la intimidad de la conciencia donde sea posible discutir acerca del sentido de una ciudadanía intercultural, de una ciudadanía que logre relativizar elementos acríticos de nuestra identidad nacional y se abra, mediante un intercambio de valores, a la construcción de un nosotros alternativo al hoy vigente.
Para ello es muy deseable una alianza entre un laicismo inclusivo y un cristianismo ilustrado que ponga encima de la mesa debates que hoy están en la mente de todos y que no se refieren exclusivamente a los derechos cívicos, donde me temo que el choque es inevitable.
Estamos tan acostumbrados a que el mundo de la economía se haya autonomizado de la política que parece que, cuando hablamos de «guerra de valores», sólo podemos referirnos a cuestiones que tengan que ver con las políticas de la vida. Es un error. Los valores también están en la forma de articular el modelo social y es aquí donde puede aportar mucho un cristianismo que ponga en primer lugar los sentimientos de solidaridad y de fraternidad, de hermandad y de compasión en estos momentos en que estamos sufriendo las consecuencias de un capitalismo depredador. Un cristianismo como el que defiende Díaz-Salazar.
Para afrontar la crisis civilizatoria que estamos viviendo, una expresión religiosa distinta a la hoy dominante puede entrar en sintonía con un laicismo socialista. La alianza entre el neoliberalismo económico y el neoconservadurismo moral ya está constituida desde hace años y opera con extraordinaria eficacia; la posibilidad de oponerle una alianza entre el socialismo democrático y la cultura cristiana de izquierda hay que construirla de cara al futuro. Para que esa alianza tenga posibilidades se precisa de mucha capacidad analítica; se necesita hacer acopio de mucha paciencia y se requiere superar no pocos prejuicios; se necesita, en fin, perseverar en la voluntad de construir algo distinto a la cultura hoy dominante. Para realizar esta tarea, el libro de Rafael Díaz-Salazar es imprescindible.

01/09/2009

 
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