ARTÍCULO

Por el Imperio hacia... ¿dónde?

Alba, Barcelona
474 págs. 3.200 ptas.
 

Por razones de índole muy diversas, goza en los últimos tiempos de buena salud en nuestro mercado editorial un determinado modelo de ensayo político-cultural; para entendernos inmediatamente, hablamos de la modalidad o subgénero «¿Qué es España?». Independientemente de las tesis que defiendan los diversos autores, en líneas generales parece adoptar este nuevo ensayismo hispano –en un curioso proceso de mímesis, más que de superación, de su glorioso pasado– un cierto aire de radicalismo (que en principio parecería más acorde con aquellos tiempos que con éstos). Se han desempolvado así, hasta llegar a los mismos títulos, términos que parecían periclitados hace bien poco, tales como «preocupación» o «angustia» sobre el «ser de España». Bien es verdad, dicho sea en contrapartida, que, más allá de esos relativos aires de fronda, las diferencias son tan notables que resulta forzado o hasta casi distorsionador establecer un denominador común para dar cuenta de obras que van del rigor documental de la monografía histórica a la divagación periodística, o si se prefiere, del academicismo relativamente aséptico a la instrumentación político-partidista o simplemente oportunista.

Obviamente, no es ajena a esa eclosión, cíclica por lo demás, la reciente conmemoración del «fin del Imperio español» y el recuerdo, reedición y, al final, hasta casi éxito de diversas bibliotecas del 98 aireando de nuevo las proclamas regeneracionistas que tanto ocuparon a los españoles de comienzos del siglo XX. Pero no nos engañemos, pues con gusto nos daríamos por cumplidos y satisfechos si tales síntomas no obedecieran más que a pruritos de erudición o en última instancia tácticas de mercado tendentes a satisfacer una extendida demanda de divulgación histórica.

No, no se trata desgraciadamente de un problema histórico (aunque siempre lo sea, en cierto sentido), sino de un problema del tiempo presente, aunque ahora el acento se haya desplazado desde el prisma esencialista, metafísico o psicologista (el ser nacional, el enigma histórico, el carácter hispano, etc.) al más concreto, político e inmediato de la articulación territorial de España. Enfoque este que si en principio parece más abordable, presenta pronto su hosca faz cuando constatamos la ausencia de un consenso elemental sobre la misma denominación de la realidad en litigio (¿Estado español, Estado a secas, nación, país, simple administración...?). En este sentido, la proliferación de términos pintorescos (¿«imaginativos»?) en el reciente lenguaje político y ensayístico español es también buena muestra de ello. En fin, para no reincidir en lo obvio –y en aspectos que ya han sido considerados en esta revista– remitimos al lector a las páginas, más documentadas, de Inman Fox, J. Tusell, González Antón, J. Varela, Jon Juaristi, Herrero de Miñón, Vidal Quadras, Rubert de Ventós-Maragall, J. Pablo Fusi, Ernest Lluch, José Mª Beneyto, Carlos Serrano o la propia Real Academia de la Historia, por citar, casi a voleo, un ramillete de publicaciones recientes.

Tampoco para Gustavo Bueno se trata de un problema histórico, sobre todo si entendemos por tal un asunto del que deban ocuparse en exclusiva esas disciplinas, «ciencia política» o «historia positiva», que él caracteriza rápidamente, desde las primeras páginas, como insuficientes o inadecuadas en tanto que no desborden el marco metodológico y conceptual que las constriñe. Su ensayo, sin renunciar de ningún modo a servirse de lo establecido por aquellas ciencias, pretende ir más allá, hacia una «reconstrucción necesariamente filosófica», pues filosóficas son las categorías que, desde su óptica, deben emplearse para abordar de raíz, no epidérmicamente, el tema en cuestión. Se trata, pues, por decirlo en términos usuales, de entrar sin miedo ni prevenciones en el campo de la «Filosofía de la Historia española».

Llegados a este punto, resulta indispensable, para evitar la perplejidad, situar este nuevo libro en el contexto de la ya larga actividad investigadora de su autor. Como todo el mundo sabe, Bueno –independientemente de la valoración que su obra merezca a cada cual– ha hecho de una cierta excentricidad y de la iconoclastia (por lo menos en el cerrado y alicorto mundo filosófico hispano) un sello característico de su producción intelectual. Sin entrar ahora en las causas y factores de esa supuesta marginalidad de la Escuela de Oviedo, lo que importa ahora señalar es que su fundador aparece desde hace bastante tiempo cómodamente instalado en el papel de provocador sistemático, esa especie de heterodoxia oficial que tanto vende en determinados medios intelectuales. Así que, para empezar, ya que estamos en tiempos de progresiva integración europea, Bueno se desmarca desde el propio título: España frente a Europa. Dos: si corren tiempos de reverdecimiento del ideal autonomista o incluso federalista, Bueno descalifica tan radicalmente tales iniciativas que agita el fantasma de la próxima y probable «balcanización» de España. Tres: los avisados que crean que las oposiciones anteriores conducen a un nacionalismo español de corte clásico, quedarán defraudados... ¡porque se quedarán cortos! Lo que Bueno propone es el Imperio, sí, así como suena, retomar y recrear la idea imperial, aunque no desde luego al modo nacionalcatólico del franquismo. El propósito de su obra, nos dice desde el comienzo, casi abruptamente, «es defender la tesis de que si España alcanza un significado característico en la Historia Universal es en virtud de su condición de "Imperio civil", no depredador» (pág. 16). Hay, pues, que recuperar la noción de Imperio, la única que da sentido histórico-universal a España, y también, en consecuencia, la única que puede dar sentido a su futuro.

Por consiguiente, la descalificación radical que hace Gustavo Bueno de los nacionalismos periféricos, no en su táctica sino en sus propios fundamentos (véase, por ejemplo, pág. 149: esos «fanatismos nacionalistas» como parásitos y «oligofrénicos») no se traduce, como suele ser habitual, en una cerrada defensa de España como nación, del mismo modo que el antídoto contra la virulencia de las reclamaciones de vascos o catalanes no es aquí la llamada a la disolución de la soberanía tradicional de los Estados nacionales en el seno de la Unión Europea. Lo que propone e intenta el autor es resolver el famoso y manido problema de España por elevación. Lo que importa aquí no es tanto la vindicación de la nación hispana cuanto la apropiación o, mejor dicho, recuperación de las esencias imperiales. En esa empresa, naturalmente, Bueno se debate a diestro y siniestro, no dejando títere con cabeza, empezando inevitablemente por esa izquierda que, como resultado de la cultura antifranquista, ha llegado sencillamente a «olvidarse de España». Pero, si la identidad hispana estaba ligada al Imperio, y el Imperio, como el propio filósofo no tiene más remedio que reconocer a la postre, «fue desmoronándose, y hace ahora cien años terminó de desaparecer como tal», ¿qué nos queda entonces? Confesar sin ambages que no le corresponde contestar (pág. 438) puede ser un plausible acto de sinceridad, pero desde el punto de vista intelectual –y no digamos ya práctico– constituye un decepcionante epílogo, sobre todo teniendo en cuenta que el autor se ha afanado concienzudamente en dejar cegados todos los caminos en las cuatrocientas páginas anteriores.

01/04/2000

 
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