ARTÍCULO

Combinaciones

DVD, Barcelona
234 pp. 14 €
 

Excelente poeta –es autor de Resurrección (XV Premio Gil de Biedma, 2005) y Calor (VI Premio Fray Luis de León, 2008)–, Manuel Vilas no presenta peores credenciales como narrador, una trayectoria avalada por el sorprendente libro de relatos Zeta (2002) –ejemplo de la integración armónica entre los iconos de la modernidad y la buena prosa– y la encomiable novela Magia (2004). Con este breve pero sólido bagaje, el autor de Barbastro nos presenta España, una novela poliédrica que compone, a partir de pedazos de muy diversa condición, un retrato borgiano –y también kafkiano– (dos nombres, los del cuentista argentino y el novelista checo que aparecen por doquier en medio de la ficción literaria) de esa no menos confusa y compleja realidad que da nombre común a nuestro país. Enmarcada en un experimento de ciencia ficción –casi a lo Buero Vallejo en El tragaluz–, los múltiples relatos que componen la unidad se plantean como las diversas perspectivas de enfrentarse a la España que le da título; pero si en el drama de Buero el marco daba paso al desarrollo de una ficción costumbrista, bien salpicada por toques de macabro expresionismo, en la novela de Vilas asistimos a la integración de un granado abanico de géneros –desde la novela erótica hasta el relato social, pasando por el ensayo filológico, filosófico, científico y sociológico– en lo que constituye una carta de presentación de sus posibilidades creativas, sabiamente aderezadas por un humor negro que todo lo salpica, en un proceso de relativización carnavalesca de fenómenos y personajes tan dispares como ETA, Nino Bravo, Comisiones Obreras o el propio rey Juan Carlos I. Y todo ello a través de la descomposición más absoluta del narrador dicente, tan pronto ficcionalizado en la figura del propio Vilas como metamorfoseado en mil otros seres cuya subjetividad permite dar rienda suelta a las más rocambolescas interpretaciones, cuando no a falseamientos de una historia que, a golpe de intertextualidad ficticia de impronta borgiana, crea lo no creado y derrumba lo comúnmente admitido, pues ese y no otro es, en fin de cuentas, el propósito de la buena literatura: sublimar la realidad –llámese España, Castilla o Cataluña– para renombrarla y, así, reinventarla. Es lástima que dicho procedimiento se dilate, de forma innecesaria, y llegue a cansar a un fascinado lector, que, llegado el caso, acepta sin molestarse que don Quijote sea un «ruso y soviético y leninista», que Bolívar sea «italiano» o que Colón haya nacido en Cataluña.

01/02/2009

 
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