ARTÍCULO

El guardián del nombre

Tusquets, Barcelona, 185 págs.
Trad. de Ana María Moix
 

Es éste uno de esos libros cuya lectura va poco a poco disolviendo los reproches que surgieron en su comienzo. Y ello no ocurre porque el lector sea clemente con la escritura, convencido por la intensidad y la excepcionalidad de la relación amorosa entre Yann Andréa y Duras; lo que sucede es que este texto –que es casi un pastiche durasiano– cobra sentido precisamente a través de los reproches que excita. Mi propósito es devanar este hilo.

Es obvio que cualquier lector de Duras aborda este libro de Yann Andréa con buena dosis de curiosidad morbosa. Y no es para menos. ¿Qué versión dará de la escritora su último amante, treinta y ocho años más joven que ella y homosexual declarado? La muy minuciosa biografía de Laure Adler (Marguerite Duras, Anagrama, ya comentada en el n. o 34 de Revista de Libros) revela de este amor de los últimos dieciséis años pocas cosas que no sean las rescatadas de los propios libros de Duras; como si, dedicada la autora a convertir en materia de ficción este episodio amoroso de su vida, la biógrafa se retirara con delicadeza de la competición informativa. En la historia de este amor convergen realidad y ficción, y Yann Andréa encarna en sí mismo esta mixtura; su nombre es invención de la escritora, y es difícil saber si el hombre inspira al personaje de las novelas durasianas –El mal de la muerte, El hombre Atlántico, Yann Andréa Steiner– o viceversa.

Ese amor desvela parte de la cotidianidad de esos años –sabemos de las labores de Yann Andréa como enfermero, chófer, secretario, asistente y amante–, pero no se entretiene en describirla ni respeta su cronología. El libro no es un relato para el lector, es una carta para Duras, y por eso no siente necesidad de satisfacer curiosidades ajenas. No se encontrará siquiera una evocación erótica del cuerpo amado, ni se hablará con detalle de su decrepitud. Cierto que el cuerpo de Duras es aquí un cuerpo en vísperas de muerte, pero Yann Andréa es un enamorado, no un carroñero. Ese amor es un texto para seguir amando y para intentar amar aún más. Para retener, y no para desprenderse: «Yo la amo a usted, no sé cómo, mas, al escribir este libro...» Además, Yann Andréa tampoco es ya el mismo que escribió M. D. en 1983, aquella crónica de una cura alcohólica de Duras que la retrataba en sus miserias; Andréa confiesa haber tenido vergüenza de ese texto, haber cedido a la voluntad de Duras de publicarlo. Recuerda que ella decía: «¿Por qué no someterse a la mirada de los demás, a la lectura de los demás, a los malentendidos, a los errores?». Pero él –al contrario que ella– nunca ha sido un maestro de la impudicia, y Ese amor designa y muestra menos de lo que sugiere el demostrativo del título.

El texto vuelve incansablemente a dos momentos: el primer encuentro de ambos en el verano de 1980, y el 3 de marzo de 1996, día de la muerte. Entre medias, salpicaduras de vida enunciadas más que contadas: los paseos en coche por el bosque de Boulogne, por el Sena, por Vitry, por el aeropuerto de Orly de noche, las compras en el mercado y los puerros como único plato durante semanas, algunas archiconocidas canciones pop y populares, las ganas de bailar, los ataques de risa (no los otros: los síncopes); y entretejido con eso, el alcohol incesante, la incesante escritura: Yann Andréa a la máquina y Duras dictando. Dictando la escritura como le dictaba la vida: las chaquetas que debía llevar, los movimientos ante la cámara que le filma, la velocidad a la que conducir el coche, lo que ha de comer: «Me tiene encerrado en el cuarto oscuro. No soporta que cualquier otra persona pueda verme. Quiere ser la preferida. La única. Entre todos. En todo el mundo. Y, del mismo modo, yo soy el preferido». La vida al dictado, hasta cuando Yann Andréa se rebela: «Pocas veces, aunque si alguna vez, digo: Duras, estoy harto, Duras, no puedo más, Duras, se acabó. Ella deja que estalle la ira, que se pronuncien los insultos y luego se me acerca, me coge de la mano: no, no diga eso, eso no es verdad, nunca se acaba con Duras, y usted lo sabe». No oculta el texto las disputas, los desprecios, los insultos que Duras le dirigía; y hay casi delectación en ello, o quizá es sólo la voluntad de subrayar la dificultad de la convivencia con el fin de hacer aún más paradójica la absoluta convicción de ambos de que era inevitable seguir unidos. Así se eterniza esta historia que más que evolucionar gira sobre sí misma; y así se eterniza el libro, volviendo sin cesar al primer verano y al día de la muerte.

Es este un libro de estilo durasiano, naturalmente. Pero lo es no sólo porque su tema sea la relación con ella [«Usted se ríe. Y dice: vamos, tiene un tema maravilloso, un tema de oro, [...] el tema soy yo»], sino porque hace una ofrenda de amor poco común: la de la propia escritura; Andréa le presta a Duras su voz para que ella siga hablando y escribiendo. En esta larga carta, se nombra a Duras en tercera persona, aunque a medida que avanza el libro tiende a imperar la segunda –esa segunda persona, el «usted», que Duras en los últimos tiempos exigía incluso para el trato más íntimo–. Pero sucede además que el peso de esta segunda persona se duplica, pues con las palabras de Andréa empiezan a entremezclarse las propias palabras de Duras dirigiéndose a él (las reales y las inventadas); el resultado es una polifonía muy fluida que cultiva una progresiva cercanía entre las voces y apunta hacia su confluencia; una confluencia que respondería al contenido amoroso de la historia.

Pero no hay confusión entre las voces, como no hay confusión en la cabeza del narrador entre Duras viva y Duras muerta, como no hay fusión entre los cuerpos a pesar del amor: «No me tomo por nadie, ni por usted, no, no me tomo por Duras, ese nombre, usted es única, única en el mundo y única escribiendo»; y sin embargo, esa tensión de fusión nunca consumada –que es el movimiento mismo del deseo y del amor en toda la obra durasiana– es el motor de este libro. El texto lo indica de muchos modos. Hay un momento en el que Andréa recuerda que le dijo a ella: «Si mañana me muero, si mañana me mato, usted escribirá un librito en quince días»; la respuesta fue tan amorosa como cruel: «Yann, se lo ruego, no diga eso, no. Un librito, no. Un libro». Ese amor es el esfuerzo de responder en simetría amorosa más allá de la muerte. Sólo que Andréa tardó en decidirse a escribirlo tres años, durante los cuales vivió encerrado en un casi total mutismo y en una desidia suicida.

Entre la obra durasiana y este libro, hay un texto que es una especie de puente: el último título firmado por la escritora –Esto es todo–; en los últimos días de su vida, Andréa seguía transcribiendo sus palabras como siempre había hecho; es fácil imaginar que, en ese estado, la distancia entre la escritura dictada y la palabra llanamente dicha fuera difícil de calibrar; seguramente Andréa tuvo que tomar decisiones en ese sentido a la hora de dar a publicar el libro, pero Esto es todo no terminó siendo un texto a dos voces. Ese amor sí lo es, aunque las voces estén ganadas por el mimetismo: ambas usan y abusan de las reiteraciones, las frases simétricas, las expresiones maximalistas, las antitéticas, las acumulaciones enumerativas, las aseveraciones brevísimas y perentorias, las coletillas («esto no es triste, en ningún aspecto, en ningún caso») y los demostrativos neutros (tan incómodos, imagino, para el traductor: «Usted vuelve a empezar. Eso vuelve a empezar»).

Es, claro está, la voz de Yann Andréa la que se pliega a la de Duras. Y no hay –ya lo dije al principio– posibilidad de hacerle el reproche, puesto que lo admite de antemano: «Obedezco. Una vez más. Le escribo a usted. Y escribo en su estilo». Lo admite y transcribe el consejo de Duras: «Escriba lo que yo hubiera podido escribir sobre usted, y no sólo sobre usted». Pero la justificación definitiva la da él mismo: «Repetir lo que usted ha escrito, palabra por palabra, carta tras carta, no tener vergüenza de eso, de la copia íntegra. Y así la inteligencia será mayor, y así usted y yo estamos en este mundo: aún podemos amar».

Este libro revive el amor (la inteligencia de ambos, es decir, su mutua interlectura) en el acto mismo de escribir; prolonga algo que siempre fue así entre ellos: la presencia de la escritura como una tercera persona que hacía posible la circulación del deseo y del amor real. «Ella lo quiere todo y no quiere nada. [...] Que yo y ella sumen Uno, pero no, no es posible, en ningún caso, eso falla en todos los casos, ella lo sabe, ella sabe que ella y yo, más bien, suman tres. Que la solución provisional, la que hay que intentar, la que hay que replantearse siempre, pasa por un tercer elemento: la escritura.» Yann Andréa da también voz a Duras diciendo: «Uno no está a la altura de su propio amor. Como si el amor no nos perteneciera. Como si debiera pasar por nosotros, por ellos, los personajes del libro...». Antes de conocerla, Yann Andréa le escribió a Duras cartas diarias durante años; llegó un momento en que sólo leía sus libros y vivía persuadido de una coincidencia milagrosa entre lo que leía y lo que él era. Luego, cuando ya se sentían fatalmente inseparables, la diferencia entre los libros y su historia de amor les parecía inexistente. Al final, Ese amor suma en su tejido las cartas y la literatura para que, a modo de sortilegio, convoquen al amor, y éste siga siendo presente y no sólo memoria.

La idea de una escritura capaz de convertirse en catalizador amoroso es de Duras. Ella afirmaba no saber quién era mientras escribía, o no saber quién escribía a través de ella, como si en ese momento no se perteneciera a sí misma, como si cualquiera hubiera podido escribir lo que ella había escrito. Su estado de escritura era un estado de «inadvertencia», un dejar fluir el lenguaje para encontrar lo que ella llamaba «la escritura corriente» y que Andréa traduce en su libro como un no preocuparse por las palabras, no buscarlas, para que de pronto, sin voluntad de ello, la frase escrita «quiera decir otra cosa que se presiente». Es como si ese logro poético, casi mágicamente hallado, viniera a coincidir en este libro con esa otra búsqueda imposible de un amor revivido. Lo poético es aquí el otro nombre del amor. S

i la escritura convoca al amor, es que ella tiene también algo de cuerpo. «Escribir consiste en encontrar el movimiento adecuado, el ritmo adecuado, una manera de bailar, ¿no cree?», le decía Marguerite. Y no sé si lo decía sabiendo que baile y palabra comparten etimología. Duras y Yann Andréa bailaban mucho juntos, cuenta el libro, y en él hablan con dos voces que siguen el mismo ritmo: las voces bailan, y Ese amor convoca con su escritura un amor en danza. Un amor que danza a ritmo durasiano, que se escribe al son de Duras, al son de su nombre, en su sonoridad: «Y digo: el nombre de Duras. Y basta. Eso es. Su nombre, el de ella, y nada más. Leemos el nombre. Lo repetimos hasta el momento en que ya no significa nada, hasta el momento en que se convierte en una pura sonoridad».

El nombre es siempre lo único que queda tras la muerte, pero en este caso no lo hace como recuerdo, sino como vida, pues «Duras es la escritura», decía Marguerite Donnadieu. Para Yann Andréa, murió esta última Marguerite, pero no Duras, pues la escritura no está muerta, y de ello se encarga él mismo. Por eso escribe en modo durasiano, por eso dice: «No puedo hacer otra cosa, vigilo, cuido el nombre». «Ese nombre que no pertenece a nadie. Que pertenece a todo el mundo.» «Ese nombre de Duras, ¿qué es? Historias de amor. La historia de alguien que dice: amar.»

Una historia de alguien que dice amar, eso es también este libro. De ese modo dice y cuida Ese amor el nombre de Duras: escribiendo. La primera página del texto confesaba la dificultad que Yann Andréa siempre tuvo para pronunciarlo y tutearla. En la última, escrito el libro, pronunciado el nombre, convocado el amor, las voces alcanzan una intimidad añadida: «Venga, la acompaño. / Dígalo de otra manera. / Ven. Te acompaño». Ese «tú» que surge es como un milagro de gramática y de presencia. Y así, el amor le sigue debiendo la vida a la escritura.

01/05/2001

 
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