ARTÍCULO

Escrituras maestras de lo breve

Anagrama, Barcelona, 1997
204 págs.
 

Sólo hay, a mi juicio, un placer superior al de caer atrapado por una novela y es el de caer atrapado por un libro de cuentos. Si es así, no lo es, ni muchos menos, por una supuesta superioridad literaria del género narrativo breve sobre el largo, pues tanto en un caso como en otro leemos apasionadamente, luchando contra la tentación de acabarlos de una sentada o dejándonos, vencer por ella, olvidando los resabios de lector profesional y volviendo a leer como se leía en la infancia, desentendidos de ese recordatorio de nuestra propia finitud que es el paso de las páginas. Sin embargo, es inevitable que la lectura de la novela vaya unida a una premonición triste: la de que esa historia y esos personajes que lo están siendo todo para nosotros tienen un final tras el que nos acometerá un inmenso vacío. Los libros de relatos, claro está, también se terminan y lo hacen a la misma velocidad que las novelas. La diferencia reside en que la premonición de su final es mucho más difusa o la engañamos mejor, y es que, al contener diversas piezas, no es hasta doblar la última página cuando nos damos cuenta de que no habrá nuevas historias detrás de aquella que estamos leyendo. Hasta ese instante, leemos, pues, con la ilusión de que, por breve que sea, todavía nos puede quedar otra en la recámara. Naturalmente, para ello es condición necesaria que el libro sea redondo, que, salvando las preferencias derivadas de nuestro gusto particular, todos los cuentos tengan una calidad similar.

Esa grata sorpresa es la que aguarda a quien se adentre en estas dos colecciones de narraciones breves, dos obras extraordinarias en su género que debieran tener una repercusión mayor de la que por desgracia es probable que acaben teniendo (contrariamente a lo que se dice, todavía son muchos los prejuicios contra los que ha de luchar el escritor de cuentos) y que, salvo el hecho de haber nacido sus autores respectivos en Hispanoamérica (una casualidad que no es tanta, ya que sigue siendo allí donde existe un mayor aprecio por la narrativa breve), no comparten entre sí otra cosa que la de estar hechos los dos de literatura pura, aquella que tiene como principal fuente nutriente la literatura misma.

El primero de ellos, Llamadastelefónicas, obra del chileno Roberto Bolaño (1953), que tiene publicadas dos novelas en España alabadas en su día por la crítica, La literatura nazi en América y Estrella distante, está formado por catorce relatos en los que el influjo de Borges y, sobre todo, de Bioy Casares convive con una escritura muy personal, plena de matices y de aliento narrativo, en la que el denso trabajo de trenzado literario es disimulado por medio de un estilo enumerativo en el que los datos en apariencia intrascendentes sobre los personajes van acumulándose hasta que, sin que el lector pueda identificar muy bien cómo ni cuándo, acaece ese quiebro que es esencial en todo relato que se precie. Un método que resulta tanto más eficaz por cuanto los relatos de Bolaño son breves retratos biográficos que pretenden capturar el instante que hace que una vida entera pierda o cobre todo su sentido y que, como no podía ser menos, casi siempre es cuestión de mirada; mirada que, por supuesto, Roberto Bolaño deja siempre abierta y que es la responsable de que estas vidas partidas sean capaces de transmitir a un tiempo pena y humor. Destinos agridulces, con más de lo primero que de lo segundo, como el de Luis Antonio Sensini, escritor exiliado que sobrevive «en una pobreza de clase media baja, de clase media desafortunada y decente» gracias a los certámenes literarios de provincias, o como el de Joanna Silvestri, antigua diva del cine porno que se reencuentra con lo que queda de ella por medio de los cuidados que prodiga a uno de sus antiguos partenaires en la ficción, moribundo en la cama.

También humor, aunque un humor menos críptico y demoledor y más surreal y melancólico, tienen los doce cuentos incluidos en el libro del argentino Lázaro Covadlo, un escritor afincado desde hace años en España del que hasta ahora sólo conocíamos una novela, Conversación con el monstruo, que fue finalista del Planeta del Sur en 1994 pero que no sirvió para situar a su autor en el primer plano que estos Agujeros negros reclaman con brillantísima rotundidad. Escritos en un lenguaje sencillo y despojado de pretensiones, que sabe ponerse al servicio de los argumentos de cada pieza sin reclamar atención sobre sí, sino, muy al contrario, dejando que las diversas historias y los diversos personajes se expliquen solos, los relatos de Covadlo muestran un universo muy peculiar en el que el eco de autores como Kafka o Felisberto Hernández o Lewis Carroll se funde, sin mimetismos, en la construcción de una visión literaria lanzada a la difícil indagación de esos puntos de fuga, o agujeros negros, donde la aparente inocuidad de lo real se trastoca y exhibe su lado tenebroso. Juegos de espejos, parábolas oníricas y fábulas demoníacas, como el soberbio último relato, dignas, ciertamente, de figurar en las mejores antologías del género.

01/03/1998

 
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