ARTÍCULO

Escenas de la vida ¿futura?

Destino, Barcelona, 316 págs.
 

La sinestesia, escribe Nicolás Casariego, «es una afección que se produce cuando dos áreas del cerebro, normalmente separadas entre sí, se estimulan mutuamente». En preceptiva literaria, la asociación de palabras de esferas sensoriales distintas.Y Cazadores de luz, novela finalista del Premio Nadal de hogaño, podría adscribirse al género sinestésico-futurista: envuelve con apelaciones a los sentidos una historia de amor e intrigas convencionales.Advirtamos que el título se refiere a los ojos de los personajes, «cazadores de luz», en un paisaje de virtualidades y hologramas: cromatismos que inducen a estados de ánimo. En esa sociedad, en la que el Estado ha devenido Corporación, proliferan sujetos como Mallick, un «ingeniero» del comercio de toda clase de productos que no sabe de sentimientos, ni pasiones y, mucho menos, de éticas. El fin de la vida es aumentar el crédito, para no ser relegado a las capas abisales de un mundo regido por la ley del más fuerte.

El arranque de la novela de Casariego es prometedor. Pesadillas de futuribles espantosamente presentes. Incluso, en algún momento, el lector columbra el espejismo de encontrarse ante un afortunado émulo del Huxley del mundo feliz, del Orwell de 1984 o de los androides que sueñan con corderos eléctricos de Philip K. Dick. Pero la obra de Casariego es pura sinestesia, puro abuso de la sinestesia en detrimento de la historia que cuenta. Mallick, su personaje, lo define así de bien: «Transmites a los objetos lo que deseas, ya sea nostalgia, tristeza o alegría, y te sirves de ellos para que te devuelvan lo que les has transmitido. El círculo se cierra cuando ya no recuerdas que aquello que le transmitiste no es exacto. Los objetos que guardas no son más que muletas trucadas de la memoria». Hay mucho truco en Cazadores de luz: esa trascendencia en el planteamiento que permite augurar momentos narrativos impagables. «También te traicionan los recuerdos adormecidos que regresan de improviso a partir de un olor, una situación determinada, una conversación o un paisaje», prosigue el protagonista.

Pasemos a la acción: Mallick, comercial cínico de la Corporación Xen que empezó vendiendo libros que no era capaz de leer, tiene como única prioridad aumentar su crédito, pero su vida cambia al unir su destino a Stork, joven de buena cuna, adicta a la droga y de enfermiza piel de alabastro. Con su blanca palidez le conduce a una «humanización» perniciosa. «¡Acércate, Mallick! Quiero ver tus ojos. Quiero ver tus cazadores de luz». Mallick jura y perjura que sus ojos no han cambiado, aunque disimula esa incapacidad cromática en las revisiones periódicas que le capacitan para medrar en la sociedad de los hologramas. «Mallick y Stork son uno. Esto que veo en sus cazadores de luz debe ser amor», piensa Stork. Se acabaron las expectativas. Ni Orwell, ni Dick, ni Huxley. La novela de Casariego es una historia de amor enmarcada en un futuro que podría ser ahora mismo. Ni siquiera es la pesadilla de la Utopía. El escritor pone el mobiliario para una trama convencional.

Al cruel Mallick le traiciona el corazón y acaba llevando la contraria a sus superiores, hasta que éstos le digan lo mismo que Edward G. Robinson en Hampa dorada. Aquello de «muchacho, estás acabado». Tampoco falta la femme fatale, que en este caso responde al nombre de Jo. La que tienta al antihéroe e intenta convencerle de que la ojerosa Stork no debe ser su amor, sino alguien que sea como él, capaz de reptar entre los escombros hasta alcanzar el beneficio comercial. Fíjense cómo es el amor, que el ágrafo Mallick incluso se adentra en una librería que conoció de la mano de Stork: «Las paredes están tapizadas con las imágenes de las cubiertas de los libros en almacén. Bajo cada cubierta se pueden leer dos cifras que cambian casi constantemente. La primera es la de las ventas; la segunda responde a los ejemplares en almacén. Si un libro supera a otro en el número de ejemplares vendidos durante la última semana, adelanta la posición que le corresponde en el panel, hacia arriba y hacia el centro de la habitación, hasta llegar, en su caso, a la posición estrella... Los únicos libros que no están sujetos a dicha ley son las novedades, protegidas durante dos semanas en las que no pueden desaparecer del panel interactivo ni perder la posición asignada según la jerarquía de su lanzamiento». Una reflexión aplicable al mundo editorial de ahora mismo. Parafraseando el título de un libro que Georges Duhamel publicó en 1930: escenas de la vida ¿futura? La historia –socorrida– del amor enfrentado a los intereses mercantilistas se añade a la crítica moral hacia esa sociedad que en la letra impresa no ve otra cosa que diminutas e inmóviles hormigas. El negro sobre blanco de la Galaxia Gutenberg, dándose de bofetadas con las simulaciones coloreadas, parques temáticos para ancianos y niños, y animales atontados que evocan cómo fue in illo tempore la naturaleza.

Decíamos que Casariego sembraba el territorio narrativo de expectativas. Pero a medida que uno avanza en la lectura, las situaciones y la fórmula van agotándose. Mediada la novela esperábamos un vuelco que añadiera pasión a la historia. Nada. El mismo estilo, brillante, pero previsible; las descripciones, ya reiterativas; la acentuación de caracteres ya aprehendidos. ¿Para eso más de trescientas páginas? Y al final, un amago de desenlace «rousseauniano»: Mallick y su amante en una granja ayudando a parir a una cerda. ¿Retorno a la naturaleza? ¿El cielo azul que hace olvidar la perversa ciudad de los hologramas? Para remediarlo, el retorno de Mallick a su mundo embrutecido. La cabra tira al monte. Un hombre acorralado por sus patrones. La chica-amor-de-su-vida trocada en el último minuto por la mujer fatal con la que el antihéroe comparte estigmas morales e intereses comerciales.

Utilizando un aserto catalán, en Cazadores de luz, «el farcit és més gran que el gall» («el relleno es más voluminoso que el capón»), una historia ahíta de pretensiones con atrezo futurista. Demasiados preámbulos para tan poca originalidad en el remate narrativo. Un abuso de la sinestesia, que deja la novela de Casariego en mero holograma literario. Cazadores de luz se queda a medio camino de todo: si se trata de una intriga, su acción no llega a implicar al lector; si novela de tesis, sus situaciones no consiguen apuntalar las idées force. Mal asunto.

01/11/2005

 
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