ARTÍCULO

Sombras de bohemia

Alba, Barcelona
Trad. de María Teresa Gallego Urrutia
532 pp 22 €
 

Algo tendrá este libro, cuando, en tiempos anteriores al marketing editorial, logró alcanzar grandes cotas de popularidad y colarse entre los mayores éxitos de ventas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Publicada por entregas entre 1845 y 1849, conviene recordar que esta obra –rescatada ahora por Alba, que la edita con su habitual solvencia en cuanto a la traducción y buen gusto en la presentación y el diseño– sirvió de base literaria para la ópera La bohème de Puccini y hasta para una adaptación cinematográfica del siempre estimulante –aunque bastante marciano– director de cine finlandés Aki Kaurismäki.
Para Henry Murger (París, 1822-1861), la bohemia era mucho más que una fase histórica concreta. Como se encarga de explicar en su sustancioso prólogo, la bohemia abarca la historia entera de la cultura, extendiéndose desde Homero (el primer bohemio) hasta Rimbaud, quien declaró que «he llegado a encontrar sagrado el desorden de mi vida».
La bohemia se parecería más bien a una suerte de masonería, una orden de caballería andante apta sólo para unos cuantos iniciados, con sus ritos de paso para ser admitido en ella, sus leyes y sus contraseñas, en la que la inspiración solía presentarse acompañada de toses y fiebre alta. Según la definición de Murger: «La bohemia es el aprendizaje de la vida artística; es el prefacio de la Academia, del hospital o de la morgue».
Así, con la cámara colocada en plano medio, el autor registra las andanzas de un cuarteto de amigos: el poeta Rodolphe, el pintor Marcel, el músico Schaunard y el filósofo Gustave, en su lucha diaria para conquistar la gloria mundana y el alimento, el amor de las mujeres o, en el peor de los casos, un lecho seco en el que tenderse a dormir.
Esta mezcla de picaresca, epicureísmo, ideales artísticos elevados y trapicheo de poca monta, podría tener su equivalente, en nuestro ámbito cultural, en La novela de un literato de Cansinos-Assens, en Luces de bohemia de Valle-Inclán, o en algunas efigies de Ramón Gómez de la Serna, como las dedicadas a Gerárd de Nerval o Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, donde el escritor madrileño se refiere crudamente a la bohemia como «la pandilla de los carboneros del arte, los que dondequiera que se reúnan provocarán la idea de una fosa común y anónima, los pobres mediocres que sienten la voluptuosidad del arte y viven una mísera pereza ya que la vida se lo consiente».
A esta raza de parásitos bienhumorados pertenecen también los cuatro mosqueteros de este libro, más sus respectivas amantes, mecenas, prestamistas y acreedores, que giran alrededor de ellos como satélites, entrando y saliendo de la buhardilla común, e incluso cabe añadir al grupo una silueta más: la del propio autor, Henry Murger, que acompaña desde un silencioso rincón –cargado, eso sí, de elocuencia– a sus criaturas, decidido a levantar testimonio de sus desvelos, lágrimas, cogorzas y fracasos, personificados en el destino del pintor Marcel, quien después de dedicar años de esfuerzo a culminar el cuadro titulado El paso del mar Rojo, ve cómo su obra maestra termina instalada como reclamo publicitario en una tienda de comestibles. Lo sublime reducido al rango de charcutería.
Escenas es un libro brillante compuesto por episodios más o menos independientes, si bien los protagonistas son siempre los mismos. El propio autor se desmarca del género novelesco, al calificar su obra de «estudio de costumbres», y es cierto que el libro puede leerse de varias maneras, como un documental impresionista sobre las correrías de la bohemia parisién, un manual de instrucciones acerca de la carrera artística («vida adorable y vida terrible, que tiene sus triunfadores y sus mártires») o como una enésima y libérrima versión de la fábula de la cigarra y la hormiga, en la que Murger radiografía por abajo lo que Proust radiografió más tarde por arriba.
Este carácter fragmentario de su propuesta le sirve al autor para practicar un corte transversal en el tejido social y asomarse, a la manera de Balzac, a distintas esferas económicas, si bien teniendo como centro de maniobras permanente el núcleo de amigos. Todos ellos sobreviven en un mundo de precariedad en el que «para ser ricos sólo nos falta el dinero», y el verdadero arte radica en la habilidad para esquivar al casero o propinar un sablazo al conocido de turno, que permita prolongar una semana más el éxtasis y la agonía.
Dinero, dinero, dinero: palabra clave y bestia negra. El dinero se convierte en estas páginas en un objeto fabuloso, mítico, precisamente en razón de su escasez. Los cuatro amigos persiguen el dinero con el mismo ahínco con que el Coyote persigue al Correcaminos, y con parecidos resultados. El dinero viene y se va, se escabulle, se vuelve loco, bosteza de aburrimiento y no conoce término medio: o falta por completo o de repente estalla entre las manos en «una apoplejía fulminante de riqueza».
Del mismo modo que Chaplin improvisó un baile genial sirviéndose únicamente de dos tenedores y dos panecillos, con los cuales consiguió coreografiar la carestía de una vez por todas, Murger también consigue, con muy pocos elementos, escenificar la danza de las estufas apagadas y las órdenes de desahucio. Su baile no resulta tan cómico como el de La quimera del oro, aunque su dinamismo es casi igual de contagioso.
Por su agilidad y ritmo chispeante, Escenas de la vida bohemia es casi un reportaje festivo, un puñado de historias trazadas a pie de calle, cazadas en corrillos, en tertulias, en tabernas, en estudios de pintores, y encuadernadas por Murger con engrudo de melancolía para ofrecérselas al lector encoladas en páginas que a veces adquieren un tono sentencioso y otras veces son evocadas a media luz con ojos soñadores y la dosis justa de patetismo.
Pues la carcajada, claro está, termina transformándose en mueca de resignación o asco. La desenfadada juventud del comienzo deja paso, en los últimos capítulos, a las primeras sombras de la enfermedad, los estertores de la decadencia y el estropicio auténticos, que Murger esboza con delicadeza, sin recrearse en ellos, desembocando en un final que tiene el mérito de ser divertido sin dejar de ser horrible: «Estamos acabados, mi querido muchacho, estamos muertos y enterrados. Sólo se es joven una vez. ¿Dónde cenas esta noche?»

01/10/2008

 
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