ARTÍCULO

¿Es inevitable la hegemonía actual del inglés?

 

Es y ha sido un rasgo distintivo de la humanidad la inclinación a traspasar barreras lingüísticas cuando diferentes culturas se ponen o se han puesto en contacto. Y es bien sabido que la necesidad de comunicación que surge de esos contactos, en cada momento de la historia, ha comportado que determinadas lenguas naturales hayan adquirido la categoría de lingua franca, incluso en épocas relativamente recientes en las que ingeniosas propuestas de lenguas artificiales, como el esperanto, el ido o el novial, entre otras, podrían haber desempeñado ese cometido. Es decir, si exceptuamos las lenguas pidgin, la lengua de comunicación de esos contactos entre distintas culturas no ha dado lugar casi nunca a una interlengua, sino que normalmente se ha impuesto la lengua de una cultura en detrimento de la otra u otras. Si épocas medievales nos traen a la memoria la hegemonía de ciertas lenguas en el mundo, como fueron el latín en Occidente, y el árabe en Oriente, en la situación actual, y en un mundo cada vez más globalizado, es el inglés, entre todas las lenguas, la que roza el estatus de lingua franca por diversas circunstancias que le han sido favorables.
A pesar del nexo de unión –el papel hegemónico del inglés– que existe entre los dos libros reseñados, sus enfoques son, sin embargo, diametralmente opuestos. Simplificando mucho las cosas, podría decirse que el libro de Crystal es complaciente con la situación actual, mientras que el de Macedo, Dendrinos y Gounari es un libro airado. Crystal, quien vive dignamente de la industria del inglés, despoja de lastre tres obras suyas anteriores publicadas entre 1997 y 2001 (English as a Global Language, Language Death y Language and the Internet), como él mismo indica en su propio prólogo, y las funde en este pequeño libro de divulgación en el que intenta justificar el statu quo del panorama lingüístico actual. Crystal considera que la hegemonía del inglés en diversos ámbitos, entre ellos Internet, es algo inevitable, y es fruto de una serie de circunstancias históricas que han favorecido la difusión del idioma. Él habla de poderes, puesto que lúcidamente admite que «un idioma se convierte en lengua mundial por una razón exclusiva: el poder de las personas que lo hablan» (p. 23). Los poderes mencionados por Crystal son los siguientes: el poder político que ejerció Inglaterra mediante el colonialismo en el siglo xvi; el poder tecnológico de Inglaterra como consecuencia de la Revolución Industrial en los siglos xviii y xix; el crecimiento del poder económico norteamericano en el siglo xix; y el poder cultural a través de esferas de influencia, principalmente la norteamericana.
Sin embargo, aunque importantes, todos esos poderes mencionados por Crystal no ayudan a entender satisfactoriamente el resultado final. Habría sido preferible explicar que el auge actual del inglés, del que resulta beneficiada Gran Bretaña, ha sido una consecuencia fortuita de su política colonialista, ya que tuvo la fortuna de contar entre sus antiguas colonias con una que, con el paso del tiempo, se convertiría en una potencia mundial y, según la leyenda, a partir de 1795 el inglés se convirtió en la lengua oficial de esa potencia mundial en ciernes cuando, tras un debate del Congreso, el alemán resultó derrotado por un solo voto. No es de extrañar, pues, que la derrota del alemán como lengua oficial en Estados Unidos, unida al creciente poder económico de estos Estados confederados en el siglo xix, pesaran sobre el primer canciller del imperio alemán, el prusiano Otto von Bismarck, cuando en 1898, el mismo año de su muerte, al ser preguntado por un periodista acerca de qué factor consideraba más decisivo en la historia moderna, contestó que era el hecho de que los norteamericanos hablasen inglés. En esta declaración parece haber una referencia implícita a los beneficios que Inglaterra podría obtener al compartir la lengua de su antigua colonia, como así ocurrió después, cuando, perdido parte de su imperio colonial, Gran Bretaña pasó a compartir el imperio de la lengua y, como consecuencia, posiblemente también, ciertas actitudes políticas más acordes con Estados Unidos que con Europa.
La visión de futuro para Inglaterra del canciller alemán contrasta llamativamente con la miopía de lord Curzon, virrey británico en la India, cuando en 1901, tres años después de la muerte de Bismarck, y ante el temor de perder la India declaró lo siguiente: «Mientras controlemos India, somos la mayor potencia del mundo. Si la perdemos descenderemos sin más a una potencia de tercera fila», un vaticinio que no se cumplió cuando, en 1947, los británicos tuvieron que abandonar la India.
Aunque es de fácil lectura y resulta un libro ameno, la obra de Crystal peca de un cierto paternalismo. El británico se permite sermonear a quienes se rebelan ante la avalancha de términos ingleses que invaden otras culturas. Dice lo siguiente: «Por tanto, en lugar de atacar las palabras importadas, tendría mucho más sentido desarrollar estrategias creativas para fomentar su integración, en la literatura, la escuela y la sociedad en general. Sería una manera mucho mejor de invertir el tiempo y la energía [la cursiva es mía]. Las palabras importadas son producto de un mundo en el que personas con diferentes entornos lingüísticos comparten su tiempo y dan nuevas dimensiones de vida lingüística a una comunidad. Como ciudadano de ese mundo, yo valoro cada préstamo de mi repertorio lingüístico y espero ilusionado el día en que los demás sientan lo mismo» (p. 64). Está claro que, una vez que ha sido adaptado, es decir, cuando ya ha sedimentado, el léxico importado es un precioso legado, pero para eso se necesita tiempo. Es verdad que todas las palabras de una lengua ayudan a entender la historia de la cultura del pueblo que habla esa lengua, pero todas las culturas se resienten cuando entran en tromba términos importados, y es normal que los hablantes de las lenguas de esas culturas reaccionen de formas diversas. Merece la pena recordar a este respecto el guirigay que se armó entre los humanistas ingleses en época del Renacimiento ante la entrada masiva de cultismos (ink-horn terms) procedentes del latín y del griego. Tanto defensores como detractores dedicaron muchas páginas, es decir, «tiempo y energía», a justificar o atacar términos que el uso –como bien vio el gran poeta latino Horacio– se encargaría de descartar o incorporar. Entre los primeros se encuentra sir Thomas Elyot, quien merece ser destacado porque fue autor del primer libro (1531) impreso en Inglaterra sobre educación y al que tituló The Governour (El gobernante); entre los segundos tuvo un gran relieve Thomas Wilson, autor de un famoso tratado de retórica (Arte of Rhetorique, 1553), libro que tuvo varias ediciones durante el siglo xvi y fue utilizado por Shakespeare.
Si la actitud que subyace en el libro de Crystal ante el papel hegemónico del inglés en el mundo actual es de complacencia, la que aflora en el segundo libro, Lengua, ideología y poder. La hegemonía del inglés, es de rabia contenida. La obra de Macedo, Dendrinos y Gounari no se anda por las ramas y emprende una dura crítica –radical, como la califican los prologuistas de la obra en español– a la ideo­logía neoliberal como práctica económica, política y cultural que impone el inglés como la lengua predominantemente ine­vitable en el mundo.
A pesar de lo que acaba de decirse, y en contra de lo que pudiera pensarse, no se trata de un libro panfletario, sino que es un análisis serio y razonado que tiende a de­senmascarar los argumentos que hacen ­creer que la actual hegemonía del inglés es un hecho inevitable. La posición hegemónica del inglés implica necesariamente la discriminación lingüística y cultural de grandes sectores de la población, reduciendo así la participación de otras lenguas en diferentes esferas, como son el comercio mundial, las organizaciones internacionales, la producción científica o la propia educación. Macedo, Dendrinos y Gounari denuncian esta situación y extienden su mirada crítica no sólo a Estados Unidos, donde la progresiva eliminación de la educación bilingüe y el modelo de «sólo-inglés» está dominando cada vez más espacios sociales, sino a la rea­lidad europea, donde también la actual ideo­logía neoliberal, bajo el disfraz de la globalización, ha promocionado las políticas lingüísticas que tienen como objetivo acabar con el uso mayoritario de las lenguas nacionales y subordinadas en la Unión Europea, en el comercio internacional y en la enseñanza de los países anglófonos. No cabe duda de que libros como éste son bienvenidos para despertar las conciencias, aunque resulten incómodos para ciertos poderes. De ahí que de su publicación original en lengua inglesa se haya encargado una pequeña y casi recién creada editorial, Paradigm Publishers, donde voces disidentes, como la de Noam Chomsky, pueden hallar un cauce de expresión que merece ser tenido en cuenta. 

01/06/2007

 
COMENTARIOS

Teresa Cruz 17/03/14 23:56
A pesar de que la comunidad cubana de Miami-cuando resulta una necesidad para la persona-usa el Spanglish y parte de esa comunidad es bilingüe, hay un patriotismo lingüístico que los lleva hasta a poner letreros en los establecimientos en los que se lee: English Spoken Here.

Curioso, ¿verdad?

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