ARTÍCULO

El cirujano bíblico

Crítica, Barcelona
Trad. Luis Noriega
248 pp. 19,50 €
 

Revestir a un tema como la crítica textual bíblica del atractivo de una historia detectivesca es un logro a tener muy en cuenta. Enmarcarlo dentro de un apasionante relato autobiográfico le otorga a este libro su carácter único. Bart Ehrman es un experto en el Nuevo Testamento y en el primer cristianismo que escribe prolíficamente y que posee el talento, inusual en los eruditos, de escribir en un estilo claro que prende de inmediato la atención del lector. Sus credenciales académicas son impecables: fue alumno de doctorado y colega de Bruce Metzger, probablemente la figura más respetada en todo el mundo en el ámbito de los estudios bíblicos hasta su fallecimiento el pasado mes de febrero. Junto con Metzger escribió la obra de referencia sobre la crítica textual del Nuevo Testamento (The Text of the New Testament: Its Transmission, Corruption, and Restoration, Oxford University Press), ya en su cuarta edición inglesa, aunque no traducida aún al español. Y este tipo de estudiosos no suelen instalarse en la lista de libros más vendidos de The New York Times durante nueve semanas. En España sí se habían traducido ya, en cambio, sus anteriores libros Jesús, el profeta judío apocalíptico (Barcelona, Paidós, 2001) y Cristianismos perdidos. Los credos proscritos del Nuevo Testamento (Barcelona, Crítica, 2004).
El relato autobiográfico que contribuye al carácter único del libro describe el recorrido del autor desde la posición ingenua del cristiano reconvertido, pasando por el fundamentalismo y una postura evangélica de inspiración verbal, hasta llegar a una actitud abierta capaz de aceptar una visión de que todos los libros del Nuevo Testamento son en sí mismos una interpretación del mensaje cristiano. La inspiración verbal sencillamente no funciona si dejamos de dar por ciertas las palabras originales de las Escrituras, si deja incluso realmente de tener sentido hablar de «palabras originales» en relación con las Escrituras. ¿Dónde ha de encontrarse el original?
Cualquier lector serio de las Escrituras está ya acostumbrado a la explicación de que la tradición que se encuentra tras los evangelios atravesó diversas etapas: las palabras de Jesús, la tradición oral en las comunidades, la recopilación y edición por parte de los escritores apostólicos y, quizá también, la ampliación y los añadidos. El creyente mantiene que todas estas etapas estuvieron dirigidas y guiadas por el Espíritu de Dios. La tradición católica sostiene que la revelación concluye con la muerte del último apóstol o con la finalización del Nuevo Testamento. La primera dimensión a la que presta atención Ehrman es la dificultad de decir qué puede significar «la finalización del Nuevo Testamento». Durante la mayor parte del siglo II, hasta que empezó a tomar forma una suerte de protoortodoxia con Ireneo en las dos últimas décadas del siglo, no existía nada parecido al Nuevo Testamento a lo que pudiera apelarse. Existía una multiplicidad de evangelios, los evangelios de Santiago, Pedro, Felipe, Judas y otros –que sonaban mucho más apostólicos que Marcos o Lucas–, todos los cuales ofrecían marcos y doctrinas enfrentadas del cristianismo. De entre ellos, cada uno de los cuatro evangelios que pasaron a ser aceptados como «canónicos» –esto es, contenedores de la norma para los cristianos– presenta un cuadro diferente de Jesús y del cristianismo.
La segunda dimensión, que se beneficia de un tratamiento mucho más detallado, es la fluidez incluso de los textos que entraron a formar parte del Nuevo Testamento. Hasta la invención de la imprenta en el siglo XV, estos textos fueron copiados y recopiados a mano. La religión hebreo-cristiana se distinguía del resto de las religiones por el énfasis que ponía en los libros y en la tradición escrita. Habría sido fascinante que Ehrman hubiese incluido algún comentario sobre el paso de los pergaminos enrollados a los libros encuadernados, que ha sido atribuido recientemente a influencias cristianas. Paradójicamente, sin embargo, en el siglo II los cristianos eran con frecuencia objeto de burlas por ser tildados de analfabetos e incultos. No podemos estar seguros de la existencia de los escribas profesionales hasta que Constantino le ordenó a Eusebio que preparara cincuenta biblias para las iglesias de Constantinopla en el siglo IV. Hasta entonces copiar era una tarea enormemente azarosa, sujeta no sólo a los descuidos de los copistas, sino a sus propias preferencias y decisiones sobre lo que significaban los textos o –en su opinión– deberían significar. Incluso en el siglo IV los escribas de la escuela alejandrina eran abiertamente más fiables que los que estaban en activo en otros lugares.
Cuando se inventó la imprenta se planteó la cuestión de qué manuscritos seguir. La primera y, probablemente, la más influyente edición impresa del Nuevo Testamento griego fue publicada apresuradamente en 1516 por Erasmo, que estaba decidido a lograr su objetivo antes de la conclusión de esa obra maestra de la erudición renacentista: la Políglota Complutense, la Biblia en varios volúmenes publicada en Alcalá a instancias del cardenal Cisneros. Tras retrasos exasperantes, esta última no se publicó por fin hasta 1522, pero con las prisas Erasmo se había apoyado en manuscritos muy inadecuados. Al darse cuenta de que al manuscrito del Apocalipsis que había utilizado le faltaba la última página, simplemente alumbró su propia retroversión al griego a partir de la Vulgata latina. No obstante, esta chapuza siguió siendo la base de todas las traducciones a las lenguas modernas durante tres siglos. La inseguridad de toda la base del cristianismo pareció verse intensificada por el principio protestante de sola scriptura: ¿cómo podía la escritura por sí sola proporcionar una base firme para la doctrina cristiana si existían (como estableció John Mill en 1707) más de treinta mil variantes en los principales manuscritos del Nuevo Testamento?
El núcleo del libro de Ehrman es la meticulosa labor detectivesca, digna de un Sherlock Holmes, para explicar esta cuasimuerte en treinta mil pedazosEl autor se refiere metafóricamente a «Los mil cuchillos y los diez mil pedazos», la traducción literal de una ancestral tortura de origen chino que aparece también en Las mil y una noches y que mataba lentamente al enemigo. Ninguna herida era mortal, pero sí la acumulación de todas ellas. (N. del T.) que explicara las motivaciones de los sospechosos y culpables, por qué hundieron sus cuchillos como lo hicieron, o por qué sus cuchillos simplemente se deslizaban de manera despreocupada. Establece los principios según los cuales algunos manuscritos se tienen por preferibles a otros –un simple recuento de las cabezas no revelará la verdad–, las trampas en que caían los copistas, los prejuicios que les habrían inducido a decidir lo que la escritura debería haber dicho, los principios de reconstrucción. Del mismo modo que el detective de éxito es el dominador de un amplio abanico de habilidades y técnicas, el crítico textual se revela gradualmente como un grafólogo, un psicólogo, un sociólogo, un historiador, un teólogo. Por encima de todo, el experto textual tiene que ser un analista, un lector de mentes que posea la amplitud de miras y el juicio para evaluar los factores enfrentados que habrían influido en los autores en todas las etapas de la evolución y la distorsión del texto.
Observar a este experto enfrascado en su tarea posee toda la fascinación de examinar de cerca a un cirujano en el quirófano. En un quirófano, las impresiones dominantes son las del poder, complejidad y resistencia del cuerpo humano. En esta intervención quirúrgica, las impresiones dominantes son las de la variedad y riqueza de las influencias que han acabado conformando nuestro texto del Nuevo Testamento. También de la destreza, la madurez y el tranquilo control del cirujano, especialmente cuando, mientras está quitándose los guantes, no vacila en explicar los problemas que habrá de seguir sufriendo el paciente.

Traducción de Luis Gago

Escrito especialmente para Revista de Libros

 

01/02/2009

 
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