ARTÍCULO

Técnica y derrotas

Pre-Textos, Valencia
Trad. de Ela María Fernández Palacios
510 pp. 45 euros
 

La figura de Ernst Jünger convoca por sí sola la idea de un «espectador privilegiado» del siglo XX , tanto por su longevidad como por su bien ganada reputación de observador entomológico de su tiempo y escrutador minucioso del futuro. Los dos textos ilustrados que en esta cuidadísima edición nos presenta Nicolás Sánchez Durá (y que, en cierto modo, prolongan su no menos meritorio trabajo Ernst Jünger: guerra, técnica y fotografía,Valencia, Universidad de Valencia, 2000), al ofrecernos la posibilidad de atisbar el discurso del Jünger de la década de 1930, nos permiten acceder de alguna manera a lo que podríamos llamar el «núcleo duro» alrededor del cual se ha constituido esa idea, que se percibe con claridad ya solamente leyendo los títulos de los dos ensayos incluidos en esta obra. El primero se llama El mundo transformado y nos sitúa, por tanto, en el eje de una conciencia compartida por toda una generación en el período de entreguerras, a saber, la sensación de que había llegado el fin de una época –de la época inaugurada por la Revolución Francesa en el siglo XVIII – y de que estaba asistiéndose a una refundación del mundo. En los mismos años, Walter Benjamin (en muchos aspectos contrapunto de Jünger, tanto por la brevedad de su vida como por su inclinación hacia el pasado y su temperamento de «coleccionista») había escrito que los hombres comunes de aquel tiempo se preparaban «para sobrevivir, si es preciso, a la cultura», alumbrando «un nuevo concepto, positivo, de barbarie».Y, de una manera que no deja de recordar las reflexiones del mismo Benjamin, Jünger cifra el elemento central de esta nueva barbarie en la técnica. Pero «técnica» designa aquí mucho más de lo que suele ser su extensión habitual: no se trata de los procedimientos mediante los cuales el hombre intenta dominar la naturaleza (incluida la naturaleza humana), apropiarse de ella o adaptarla a sus fines. Ésta sería –por decirlo en los términos del segundo de los ensayos de Jünger, El instante peligroso– la visión «burguesa» de la técnica y de la ciencia, que las presenta como una coraza mediante la cual la humanidad sueña con eliminar de la existencia todo riesgo, con neutralizar todo peligro procedente de un «exterior» salvaje y no programado: «El acto de blindar la vida frente al destino –aquella gran madre de todos los peligros– se nos presenta como el auténtico problema burgués, objeto de las más diversas soluciones económicas y humanitarias».
La guerra mundial habría triturado esta ilusión al poner en evidencia que el desarrollo industrial, aparentemente garantizador del orden racional de la vida social, se revela como una fuente imprevista de peligros y conflictos que superan toda posibilidad de previsión racional; la irrupción violenta del destino en mitad del orden burgués que creía haberlo exorcizado nos mostraría que la técnica no solamente es capaz de destruir a los hombres (carnal y espiritualmente) de un modo nuevo y más perfecto que todas las guerras anteriores y de derruir su confianza en el cálculo y la prevención del riesgo, sino que además tiene la capacidad de engendrar una nueva especie: la guerra mundial «fue una guerra que se hicieron entre sí no sólo las naciones sino también dos épocas. Por ello, en nuestro país hay vencedores y vencidos. Los vencedores son aquellos que, como las salamandras, han pasado por la escuela del peligro. Sólo ellos serán capaces de sostenerse en una época en la que ya no será la seguridad, sino el peligro, lo que determinará el orden de la vida». Es, por tanto, como si la técnica fuese algo así como el instrumento de una fuerza inconsciente que trabaja la historia destruyendo una época para construir otra, que ya no será la época del comerciante y el funcionario sino la del soldado y el artista, que mantienen una relación privilegiada con el peligro. En su novela Abejas de cristal, Jünger dibujaba narrativamente esta extraña confluencia: un oficial de caballería, que ve cómo todo su mundo se derrumba a su alrededor y cómo el sentido del honor guerrero en el que ha sido educado es pisoteado por los nuevos estados industriales –ese sentido del honor que, según Jünger, habría bastado para poner coto al nazismo y que, según Hannah Arendt, fue precisamente lo que impidió a Jünger transitar por los «puentes de plata» que una y otra vez le tendió Goebbels–, encuentra únicamente una posibilidad de sobrevivir aliándose con un magnate de la tecnología cuyo poder colosal le permite justamente superar los estrechos límites de la legalidad burguesa y, por lo tanto, reunir en la figura del «nuevo hombre» el mundo romántico preburgués y el mundo técnico posburgués. Escribe nuestro autor que una de las objeciones más acertadas contra el mundo moderno y racionalizado es «la de que la vida en un estado así es de un aburrimiento insoportable. Esta objeción no ha sido jamás de naturaleza teórica, sino que ha sido puesta en práctica por todo aquel joven que haya abandonado alguna vez, con nocturnidad y alevosía, el domicilio paterno para ir en busca de lo peligroso, ya fuera en América, en alta mar o en la Legión Extranjera». Entendemos así que la idea de «perpetuar el peligro» forma parte del sueño de la eterna juventud o de la adolescencia irredenta. Bajo su máscara de «observador entomológico», Jünger fue también alguna vez uno de estos jóvenes: como recuerda su biógrafo Hermann Kurzke, Thomas Mann intentó pronunciar en Berlín, en 1930, una suerte de «Discurso a la nación alemana» en el que sostenía que «en la actualidad, el lugar político de la burguesía alemana está de parte de la socialdemocracia»; un grupo de unos veinte alborotadores de las SA, vestidos de smoking, provocó la suspensión de la conferencia. Entre ellos estaba Ernst Jünger, a quien Mann designaba en sus diarios como «libertino de la barbarie».
También el ya citado Benjamin escribió acerca del «instante del peligro». Pero, mientras que para Jünger «el instante peligroso» es ese momento privilegiado –el que son capaces de captar las fotografías instantáneas– en el cual el hombre, acoplado a la máquina, supera la vieja distinción entre técnica y naturaleza para alumbrar el futuro de una nueva especie adaptada al riesgo de la movilización total, para Benjamin se trataba de «fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben, y en los dos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla [...]. El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza sólo es inherente al historiador que está penetrado por lo siguiente: tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza.Y este enemigo no ha cesado de vencer» (Tesis sobre filosofía de la historia [ca. 1940], en Discursos interrumpidos, I, trad. de Jesús Aguirre, Madrid,Taurus, 1973). Son, sin duda, dos perspectivas bien diferentes y, aunque contrapuestas, forman parte del mismo friso de la época de referencia: una época en la cual sus participantes tuvieron la sensación de que estaba a punto de superarse algo más que el simple «orden burgués», en el fondo algo tan tradicional y arraigado como la distinción entre poesía e historia de la que ya hablaba Aristóteles en su Poética; aunque unos quisieran estetizar el mundo y otros mundanizar la poesía. Puede afirmarse sin temor a equívocos que la superación –que fue un motivo común de todas las políticas y las poéticas de las vanguardias– no ha tenido lugar, lo cual ha convertido muchas de aquellas ilusiones políticas en simples posturas estéticas infinitamente prolongadas, y ha hecho de aquellas poéticas una suerte de micropolíticas de la existencia cotidiana recuperadas por el diseño industrial. El mundo no se ha transformado pero –y este es el punto en que la mirada de Jünger sigue siendo incisiva–, cuando ha llegado el momento del aterrizaje forzoso, de regresar de América o de abandonar la Legión Extranjera, quienes han tenido la suerte de poder volver han experimentado que el peligro ha dejado de ser incompatible con el aburrimiento.

01/08/2006

 
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