ARTÍCULO

Antonomasia

 

Mucho gustan los españoles de coletillas culteranistas: una apostilla de la que se abusa con frecuencia consiste en añadir «por antonomasia» como mera forma de énfasis. En estos tiempos de olvido del saber barroco a favor de los conocimientos electrónicos y digitales, es posible que haya algún lector que dude del sentido de la palabra. «Antonomasia» es un giro retórico en el cual una parte pasa a resumir el todo, una sustantivización del adjetivo que reemplaza así al nombre propio de una persona o cosa. Se trata, en suma, de un sobreentendido consagrado. Así pues, los españoles, entre la Guerra Civil de 1936-1939 y el presente no necesitan mayor precisión que la alusión a la República, en efecto, por pura antonomasia.
La misma mención, sin embargo, no funciona para otros países. «La República» por antonomasia en Irlanda, por ejemplo, asume capas de significados políticos para implicar la isla entera bajo un único régimen que no sea en modo alguno británico; el tema dio lugar a una agria guerra civil en 1923-1924 entre los nacionalistas triunfantes en su lucha de independencia contra la Corona inglesa: la pugna entre los «republicanos» y los partidarios del «Estado Libre» establecido como Dominion por tratado a finales de 1922, una pugna latente que perdura hasta hoy (stricto sensu, el cambio formal jurídico a una República en la parte no británica de la isla no se realizó hasta 1949 o, si se mira con un legalismo exagerado, hasta 1962).
Pero en el mundo atlántico anglófono hay más perspectivas, sin irlandeses de por medio. Visto de forma retrospectiva y, sobre todo, desde Estados Unidos, ese espacio atlántico se percibe como conjunto cultural que a partir de los años treinta absorbió el saber germánico y germano-judío. Así, «la República», entendida como antonomasia, fue Alemania entre 1919 y 1933.
Lo cierto es que más bien se repite la mágica palabra, también antonomásica, «Weimar». Por una casualidad simbólica (o una intención premeditada), la nueva Constitución alemana de 1919 se redactó en la ciudad sajona de Weimar, identificada con Goethe y la Ilustración alemana. Todavía hoy, la contraposición Weimar oder Potsdam, como fórmula, es la manera tópica de aludir a las «dos Alemanias»: una, la culta y cerebral, propia de «una tierra de poetas y pensadores», fijada en la imaginación europea por la obra romántica De l’Allemagne (1813) de Mme. de Staël, y la otra, su contraria, regimentada y obtusa, ejemplificada por el palacio de Federico II el Grande de Prusia, foco simbólico del militarismo con su supuestamente proverbial Kadavergehorsam, la idiosincrásica «obediencia al cadáver» u «obediencia ciega» que nada cuestiona (término a su vez rechazado por los nacionalistas germanos como una falsa imputación, pues aseguran que la imagen es de origen hispánico, propia de Ignacio de Loyola).
Pero la ambigüedad alemana que subyace en la obra republicana de «Weimar» resultó extrema, siempre ejemplificada por el primer artículo de la carta magna de 1919: «El Imperio alemán es una República». Y así sucedió a partir de aquel año con la «República imperial» dominada por un Reichswehr o, traducido literalmente, «defensa imperial». De todo esto, si bien deberían saber algo, por las lecciones que puede aportar sobre «la República» española de 1931-1936 (o hasta 1939), es poco lo que intuyen los españoles, que suelen gustar de cuentos de buenos y malos para antes de dormir, en vez de algo que les complique en demasía.
Recientemente, en conversación con un colega universitario, su reacción ingenua e idealista me sorprendió: «¿Es que te parece mal “Weimar”?», me dijo, escandalizado. En efecto, «Weimar» es uno de los mitos centrales de la visión progresista de la historia contemporánea, un tiempo y un lugar entendidos como caracterizados por la creatividad desbordante, por la voluntad de romper todas las reglas asfixiantes en el comportamiento y abrirse a las maneras múltiples de entender las contradicciones de la modernidad. Según el tópico, «Weimar» es, en resumen, una reserva espiritual del sentido crítico y de la experimentación social cuyas corrientes inquisitivas y experimentales han nutrido el resto del siglo xx por doquier: es más, de algún modo, éstas llegan casi frescas hasta hoy. Por supuesto, por añadidura, el régimen que sustituyó a «Weimar» a partir de enero de 1933 es a su vez el tópico estandarizado de la estulticia más malvada. Así pues, el contraste con el nazismo subsiguiente convierte al antecedente en una época buena.
En realidad, a pesar de tanto cliché, «Weimar» no fue, nunca existió, excepto en el recuerdo más evocador. Se fue de revolución en revolución. La extrema izquierda, ilusa, creyó descaradamente, desde el fracasado espartaquismo berlinés de enero de 1919 en adelante, que una revolución neobolchevique estaba a punto de estallar y arrastrar consigo a toda la burguesía, el militarismo y los restos feudales en las Alemanias. Los comunistas confiaban en que su última insurrección, la que fuera –en Sajonia en marzo de 1921, en Hamburgo en octubre de 1923– traería consigo el definitivo triunfo proletario. La extrema derecha, tras algunos Putsche famosos (el golpe de Kapp en Berlín en marzo de 1920, la confusa tentativa de Hitler con Ludendorff en Múnich en noviembre de 1923), se acostumbró a una «estrategia de la tensión», desvergonzadamente protegida por los tribunales conservadores; los terroristas de derechas camparon a sus anchas y mataron sin grandes castigos (asesinaron, como es notorio, al político católico Matthias Erzberger en agosto de 1921 y al ministro de Asuntos Exteriores Walther Rathenau en junio de 1922). Tras las revueltas callejeras vino la primera hiperinflación en la historia en una economía importante. La estabilización, con planes de arreglo de inspiración norteamericana, se deshizo pronto. Hacia 1930, con el hundimiento del respaldo norteamericano al conjunto económico centroeuropeo, el canciller Heinrich Brüning y el cada vez más senil mariscal-presidente, se gobernaba por decreto, dada la evidente disfunción legislativa.
Hay que recordar que Hitler nunca dejó de gobernar bajo el amparo de la constitución de 1919; simplemente hizo que sus juristas (él personalmente despreciaba a los abogados) introdujeron aquellos retoques que, además de unir la presidencia y la cancillería republicano-imperiales, convirtiera el cargo adicional de Guía (Führer) en fuente de legislación (si bien todavía en 1938 se convocaron elecciones al Reichstag o Cámara Imperial). De ahí la importancia del pensamiento jurídico: el católico Carl Schmitt –bien conocido en España– teorizó sobre la capacidad ejecutiva de la presidencia, sin tener que preocuparse de las limitaciones legislativas, en la mejor tradición bismarckiana, base del gobierno por decreto de Brüning, así como de su sucesores Franz von Papen y Kurt von Schleicher y, finalmente, como es evidente, de Hitler. Por ello resultan útiles los comentarios del profesor y jurisconsulto Walter Jellinek (El proceso constituyente, 1930), converso como su ilustre padre, y del también profesor y jurista católico Ottmar Bühler (Comentario sistemático de sus preceptos, 1929), recogidos en el libro publicado por Tecnos y editado por Eloy García, aunque alguna aportación del siniestro pero muy inteligente Schmitt hubiera ayudado a redondear el tema. Más aún, la fuerza de las izquierdas «del sistema» –léase los socialistas– se mantenía únicamente en los Estados de lo que era un sistema muy federal (tanto que una de las tareas más agresivas de Hitler fue unificarlo, desfederalizarlo, en buena medida mediante el propio partido nazi). De ahí que los comentarios retrospectivos de 1946 (Valoración de conjunto de la experiencia constitucional) del jurista italiano Constantino Mortati sirvan para situar el contexto republicano alemán en una perspectiva que lleva directamente a los debates acerca de la Segunda República española, con su sistema de Madrid-Barcelona, y el invento del Estado de las autonomías en la transición constitucional de 1977-1978.
Para resumir, «Weimar» quedó como un referente de nostalgia para el abundante exilio antinazi, que empezó en cuanto Hitler llegó a la cancillería con el apoyo del «Ejército Imperial». Visto primero desde Viena y Praga, después desde París y, finalmente desde Londres, Nueva York o Los Ángeles, se idealizó un período turbulento y se le dio una unidad retrospectiva de la que nunca gozó mientras iba buscándose la vida de un día para otro.
La idealización del pasado republicano no se produjo de inmediato. Los relatos escritos por los exiliados en los años del nazismo (1933-1945) no fueron indulgentes, sino todo lo contrario. Escritos en inglés (o traducidos), debían ayudar a la derrota de la dictadura alemana y contribuir a organizar el futuro posthitleriano. Hoy, en buena medida, resultan fascinantes. Algunos, en general los más prudentes de marco y de proyección, siguen consultándose. Son obras tan diversas como la de Alexander Gerschenkron, Bread and Democracy in Germany (1943), sobre el papel de los terratenientes al otro lado del río Elba (un muy lúcido ejercicio de interpretación, devenido en un clásico, aunque resulte impagablemente cómica la segunda parte, con su propuesta de reforma agraria); o la de Rudolf Haberle, From Democracy to Nazism (1945), dedicado al comportamiento electoral rural de Schleswig-Holstein. Otros, por su visión coyuntural, como por ejemplo, el de Leopold Schwarzschild, World in Trance (1943), acerca de la función del ejército en la República, han caído en el olvido. Por supuesto, muy poca de esta literatura se tradujo en una España sentimentalmente pronazi, pero sí algo, incluso bastante, se editó en Latinoamérica, entre Buenos Aires y Ciudad de México, y algo, en consecuencia, llegó acá.
Como puede comprobarse, no se trata de obras sobre arte y literatura, sino sobre la política y sus implicaciones sociales, las elecciones y la acción de los grupos de presión. Este tipo de ensayo redactado en un contexto combativo entre «científico» (de ciencias sociales) y político, apunta a la monografía académica, de lectura exigente, y así surgieron las obras de interpretación de la historiografía alemana de las décadas posteriores a la reorganización de la Alemania de posguerra, empezando con el clásico Geschichte der Weimarer Republik (1954) de Erich Eyck, seguido por Die Republik von Weimar (1966) de Helmut Heiber, Die Weimarer Republik (1984) de Eberhard Kolb y, con el mismo título, Die Weimarer Republik (1987), del malogrado Detlev J. K. Peukert, por citar sólo obras muy destacadas, en circulación internacional gracias a su traducción al inglés.
Pero los ensayistas del antinazismo eran emigrados adultos, al igual que sucede con los primeros historiadores: Eyck nació en 1878, Schwarzschild en 1891, Haberle en 1896, Gerschenkron en 1904, por continuar con los ejemplos citados. A continuación afloraron obras de una segunda generación, emigrados como niños y formados en el exilio, de judeo-alemanes berlineses, pero americanizados, como Peter Gay (Peter Joachim Frohlich, nacido en 1923) o George L. Mosse (quien vino al mundo antes, en 1918). Son el fruto de la autoinvestigación –dentro del marco académico– de personas que vivieron aquel tiempo republicano y pudieron preservar su vivencia con los fugaces vínculos de la memoria juvenil, aunque fuera de recuerdos de infancia, bien asentados por el filtro del mundo de los exiliados, los de antes y los de después de la guerra mundial, con el peso moral de «los campos» (otra antonomasia o, al menos, un circunloquio). Destacaron muy especialmente los germano-judíos cuya integración plena en la sociedad alemana se hizo real en los años republicanos y cuya presencia visible en los medios de comunicación y la vida intelectual constituyó un componente obsesivo del odio de la derecha völkisch, «nacional-popular» y, sobre todo, del movimiento nacionalsocialista, siempre plebeyo y rastrero y del todo resentido en su visión de las cosas, como mostraba su tan cacareada Weltanschauung, o «visión del mundo». Como respuesta, la integración frustrada en Alemania se realizó de lleno en Estados Unidos. El modélico ensayo de Gay, La cultura de Weimar (trad. de Nora Catelli, Barcelona, Argos Vergara, 1984, originalmente Weimar Culture: The Outsider as Insider, de 1968, título que tiene bastante más miga) o el de Mosse, La nacionalización de las masas (1977, por fin vertida al castellano por Marcial Pons en 2005, destino que todavía espera su Crisis of German Ideology, de 1964), marcaron esta pauta. Muy próximo a Mosse (juntos fundaron el Journal of Contemporary History) estuvo Walter Zeev Laqueur (asimismo judeoalemán, nacido en Breslau –hoy Wroclaw, en Polonia– en 1921 y israelí angloamericanizado), quien en 1974 publicó Weimar. A Cultural History, 1918-1933.
El camino quedó entonces desbrozado para examinar la etapa republicana en Alemania en positivo como un tiempo de «revolución cultural», de la cual había surgido, gracias a la emigración transatlántica, el mundo moderno de la segunda mitad del siglo xx. Véase como muestra la obra colectiva dirigida por el británico Anthony Phelan, The Weimar Dilemma. Intellectuals in the Weimar Republic (1985), traducida por la editorial Alfons el Magnànim en 1990. El secreto de tan inusual interés hispano por un tema alemán radicaba en que, a través de la disidencia intelectual de izquierdas en la Alemania de los años 1918-1933, «Weimar» se convertía en un tema aceptable para ser tratado –siempre desde la cultura– para las izquierdas de los años ochenta, que se encontraban metidas en el colapso progresivo de la modernidad histórica y el vanguardismo heredado de los años treinta, y que pronto habrían de hacer frente al total desconcierto que representaba el hundimiento de la alternativa soviética como contraposición al mundo capitalista. La generación europea y atlántica del 68 había descubierto, por fin, su espejo, su paternidad moral, y quiso enfatizar la relevancia del entonces frente al ahora, con la comodidad de poder chismorrear del modo más detallado posible de los que acababan de morir por imperativo existencial. Sirven como muestra múltiples obras del especialista francés Lionel Richard, notablemente La vie quotidienne sous la République de Weimar (1983), publicadas en una bien conocida colección gala.
El gran inconveniente de esta dinámica de reivindicación como un todo revuelto es que se mezcla la Escuela de Fráncfort, la Sexpol, la Bauhaus (ya fuera en Weimar, Dessau o Berlín), el expresionismo tardío en el cine o el lenguaje de Berlin Alexanderplatz (1929) de Alfred Döblin, cuando son tiempos y lugares muy concretos, incluso contradicciones muy marcadas. Quienes estuvieron juntos en los éxitos cinematográficos de 1927 –Metropolis de Fritz Lang o Die Sinfonie der Großstadt de Walter Ruttmann– no siguieron el mismo destino. Lang, judío, huyó a Estados Unidos, pero su guionista y esposa, Thea von Harbou, era nazi; el guionista de Die Sinfonie, Karl Freund, huyó también a Hollywood y su ex mujer murió en «los campos», mientras que Ruttman salió adelante con Leni Riefenstahl en Triumph des Willens (1935), la famosa cinta que cantaba las maravillas del congreso nazi de Núremberg de 1934.
Es la teoría del «Weimar mix», los relatos unitarios que lo juntan todo como «cultura de Weimar» de signo progresista. Esta tendencia funde lo que no pasan de ser los infinitos eventos de una etapa republicana en un territorio percibida automáticamente, por antonomasia, como una síntesis libertadora y progresista, sobre todo a través de su creatividad plástica. A tal corriente se añade ahora la obra La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, de Eric D. Weitz. No es un caso aislado, ya que el mismo año en que apareció en inglés el libro de Weitz en Princeton University Press, en Francia se publicó L’Allemagne de Weimar, 1919-1933, del germanista Christian Baechler, en la editorial Arthème Fayard, esfuerzo más lógico en sus preguntas. La especificidad es que Weitz es el reflejo de una segunda generación de emigrados norteamericanos. Es un fenómeno histórico, cada vez más frecuente en la evolución del siglo xx, y no digamos ya en el xxi. Como ejemplo del peso de ser una segunda generación contamos con la obsesiva «novela gráfica» Maus, de Art Spiegelman (en múltiples versiones a partir de 1972, completada en dos volúmenes publicados en 1986 y 1991, que recoge su dura vida familiar en el neoyorquino barrio de Queens en los años setenta y ochenta).
El problema, para la narración que pretende Weitz, es que él no estuvo allí en aquel entonces: es un ejercicio de memoria heredada con esfuerzo libresco. Entiendo su problema: yo mismo he vivido este engaño desde una segunda generación, en mi caso de exiliados republicanos españoles en Nueva York. Dado que los padres tienen «amnesias» selectivas y que, por regla general, nadie quiere hablar de sus experiencias traumáticas, el recurso al abuso de las lentes coloreadas de la ideología es una tentación casi inconsciente: ya puestos, puede verse como una primavera verde y republicana lo que sólo lo fue en las implicaciones positivas de una cotidianidad más bien negativa.
En mi valoración nada entusiasta del libro de Weitz figuran muchos factores negativos, aunque ni la traducción fiel de Gregorio Cantera ni la edición pulcra de Turner se encuentran entre ellos. Para mi gusto, el libro conceptualmente es más blando que una berlinesa rellena de nata. Carece de una estructura interpretativa firme y su autor confía en sus dotes narrativas, a la vez que cuenta con la fuerza de una proximidad emotiva de la que él personalmente carece. Pero, probablemente, soy algo injusto y la obra sirve como una presentación más que adecuada del mejunje de la «Weimar Culture» en un mercado literario que carece de mucho acceso a reflexiones sobre el contexto germano en cualquier época. Una explicación posible: el libro tiene una estructura algo desigual: hay un marco que lo empieza y lo cierra, y presenta el contexto político-social, pero luego contiene una serie de ensayos sobre temas culturales diversos sin conexiones entre sí. El problema –para este lector– es que el marco resulta flojo y a veces hasta contradictorio con sus propios planteamientos, mientras que los ensayos culturales son excelentes y resisten perfectamente una lectura crítica.
Nada de estas desventuras germanas debería sorprender con la antonomasia con que la República debería sorprender a lectores españoles. Los alemanes han creado incluso un término –con su correspondiente disciplina– para el manejo correcto de las tribulaciones del pasado: nada menos que Vergangenheitsbewältigung. Y, aun así, sostienen disputas historiográficas más bien brutas (la famosa Historikerstreit de 1986-1989) y se ven obligados a prohibir el Mein Kampf de Hitler como si de una fuente de contagio se tratara (es igual, puede comprarse online a la extrema derecha norteamericana). Desde aquí, tampoco podemos presumir. Las tonterías españolas, el combate por la sagrada «memoria histórica» de mártires y sus reliquias incorruptas, mantiene inhiesto el ánimo combativo de unos y otros, amantes y detractores por excelencia de la antonomasia.

01/05/2011

 
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