ARTÍCULO

Blasco Ibáñez vestido de clásico

Cátedra, Madrid, 1997
Edición de José Mas y María Teresa Mateu
360 págs.
 

Cuando el hoy tan olvidado Julio Cejador escribía los últimos volúmenes de su prolija, pintoresca e interesante Historia de la lengua y la literatura castellana (1915-1922), recurrió a un singular expediente: solicitó de los propios escritores los subsidios biográficos y bibliográficos necesarios y, en muchos casos, los incorporó literalmente a su trabajo. El resultado fue un epistolario nutridísimo que el buen ex jesuita se hacía llegar al Ateneo de Madrid. Un montón de años después –en 1965– el erudito chileno Sergio Fernández Larráin tuvo a bien organizar dos cumplidos tomos con la correspondencia hispanoamericana de Cejador que editó la Biblioteca Nacional de Chile, pero no me consta que nadie haya hecho lo propio con la parte española que debe ser mucho más nutrida. Entre estos textos se hallará, sin duda, la carta de Vicente Blasco Ibáñez que reproduce en toda su larga extensión la edición de Obras completas del escritor valenciano y uno de cuyos párrafos han utilizado como exergo José Mas y María Teresa Mateu para su reciente edición anotada de Entre naranjos.

La misiva entera no tiene desperdicio pero lo reproducido ahora por los modernos editores da una idea cabal del conjunto. «Las más de las veces –escribe Blasco–, por mi gusto, haría novelas en la realidad mejor que escribirlas sobre el papel». Pero, continúa, «toda novela se impone en mí con una fuerza fisiológica» y «tengo que echarla fuera como una parturienta». Si el lector disculpa lo desafortunado del símil (que también usó Unamuno), no halla cosa diferente de lo que, desde que Balzac empezó a bregar con su público, ha sido la misión del «novelista»: un héroe potencial, a medias entre la conciencia y la lucidez, entre el desinterés y el comercio, extramuros de toda «literatura», que, extraviado entre sus papeles, alumbra personajes y acontecimientos con trozos de su propia existencia. Fieros y ademanes tan desmesurados o ingenuos son los que se gastan José María Gironella o Alberto Vázquez Figueroa en trances parecidos.

Es cierto que la vida del escritor tuvo episodios de novela –en 1890 sufrió, con 23 años, su primer destierro; en 1895, por protestar contra la guerra de Cuba, hubo de huir a Italia en un barco– pero no tanto de relato de aventuras cuanto de etopeya de un ambicioso de vanidad intextinguible. Fue una suerte de ciudadano Kane valenciano que logró imponer a sus seguidores –la bullidora menestralía urbana– un periódico (El Pueblo), unas convicciones (el anticlericalismo, el federalismo), un himno (La Marsellesa) y hasta unos mitos culturales (Zola y Wagner). Gustó de los viajes triunfales, como el que hizo a América en 1909, y de los negocios: en Argentina, precisamente, quiso ser colonizador y promover dos fundaciones que responderían a los nombres de «Nueva Valencia» y «Cervantes». Y cuando murió, soñó que se le aparecía Víctor Hugo. Todo eso lo cuentan las biografías de Gascó Contell y de León Roca, y también el informado prólogo de Mas y Mateu, aunque sin el menor sentido del humor. No narran, en cambio, que Blasco tuvo a sueldo a su estudioso francés Camille Pitollet, un sujeto que luego sería colaboracionista. Y que conoció un detractor tenaz: el rufián Carretero Novillo, «El Caballero Audaz», que escribió El novelista que vendió a su patria.

Nada de esto resta importancia a Blasco. Me atreveré a decir que se la añade por lo insólito de tal pergeño en la literatura de su tiempo. Lo señalaba Giménez Caballero a su muerte en 1928: era un «recordman» en el marco de una «vida literaria mezquina y estrecha» y necesitaba una abadía de Westminster para enterrarlo adecuadamente. Por eso, su rescate no estriba en asociarlo a la nómina noventayochesca (en 1970 lo intentó ya Carlos Blanco Aguinaga por otros motivos), ni en buscar denodadamente en su prosa rasgos de sinestesias modernistas que apenas tienen nada de tales. En tal cosa yerran los editores Mas y Mateu que, sin embargo, señalan oportunamente un diagnóstico que gravita como una losa sobre la posteridad de Blasco. En el capítulo XIII de la primera parte de La voluntad, Azorín cotejó la descripción de Alcira y su huerta que hace Blasco en Entre naranjos y otra, infinitamente más eficaz, de Baroja en La casa de Aizgorri. No es el abuso de las fatigosas comparaciones lo que cabe reprochar al primero, como dice Yuste, el personaje azoriniano. La caducidad de aquellas páginas estriba en su voluntad panorámica frente a las nerviosas elipsis impresionistas de Baroja y en la penetración sinestética de éste contra la abusiva explicitud visual de Blasco. ¡Y eso que Azorín hizo gracia de la continuación de la descripción cuando el valenciano pasa a evocar el pasado histórico de la huerta y los años de holganza paradísiaca de los tiempos arábigos! Esa desdichada imagen a lo Delacroix o a lo Fortuny es lo que nunca se hubiera permitido un admirador de Regoyos...

¿Quiere decir esto que la elección de Entre naranjos –primera novela de Blasco en una colección de estas características, si exceptuamos la de Mare Nostrum por María José Navarro en la Institución Juan Gil-Albert– ha sido desacertada? Puede que hubiera sido mejor La barraca, en el año de su centenario, o Cañas ybarro, pero Entre naranjos tiene elementos que convenía subrayar como han sabido hacer sus editores. Es una novela de amor de mujer (aspecto que describen bien) inserta en una novela de caciques, tema que dejan inédito. Es un canto al arte a través de una peculiar visión de Wagner, y esto es materia que hubiera dado algo más de sí contextualizándola en el prólogo y explicándola en las notas. Y, como tantas novelas del tiempo naturalista que declinaba, tiene su centro nodal en el capítulo V de la primera parte –la riada del Júcar– donde, cercano a lo farsesco, Blasco ha sabido hacer estallar todos los elementos del conflicto: el amor, la debilidad, el oportunismo eclesial, el dominio caciquil... (Cotéjese, sin ir más lejos, con el capítulo XXVIII, «La más grande de todas las consecuencias», de Sotileza, en el que Pereda cuenta la terrible galerna que es «Deus ex machina» del final del relato.) Pero la edición en lo sustancial es correcta... Algún día, eso sí, habrá que hablar de la procedencia de algunas de las notas ad calcem que suelen llevar estos textos. Véanse aquí las que figuran en las páginas 218-219, de escandalosa obviedad escolar. O la apreciación de la página 142 sobre lo anticuado del tratamiento de «señorita»... ¡en 1900! O la apelación a El amor en tiempos del cólera (pág. 286), cotejo tan remoto de nuestro autor. Bueno es, sin embargo, volver sobre él. En Valencia y en noviembre se anuncia congreso, dirigido por Joan Oleza: será muy bien venido.

01/04/1998

 
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