ARTÍCULO

Entre el cielo y el suelo

Seix Barral, Barcelona
142 pp. 17,50 euros
 

Desconfío, por regla general, de los fajines que, como apéndices postizos, se endosan a las novelas a partir de su segunda edición; y más aún si en esos apósitos se estampan, como reclamo dulce para abejas descarriadas, frases brillantes de otros tantos ingenios en el democratizado arte de novelar (o de marear, que diría el clásico). La desconfianza deriva en paroxismo cuando en el rectángulo publicitario se ensartan rotundas sentencias, a mayor gloria de sus firmantes, todas las cuales no componen sino un puzle de grandezas efímeras en virtud de las cuales nuestro país pare, cada año, decenas de obras universales. Miren, si no, las lindezas que inspiran las páginas de La ofensa, una «novela poderosa de gran originalidad y sobrecogedoramente conmovedora», «que no puede ni debe pasar inadvertida», «de una emoción literaria incuestionable» y que es, a no dudarlo mucho, «uno de los descubrimientos literarios de la temporada». Estarán conmigo en que asertos similares –por no decir idénticos– engalanan productos y subproductos de muy diversa especie, desde películas para adolescentes hasta musicales de temporada. Pero digámoslo de forma más contundente: las palabras, a fuerza de ser repetidas y aplicadas de forma inconveniente, han perdido ya su capacidad para calificar y, sobre todo, para discriminar lo malo de lo bueno, y lo bueno de lo mejor.
Flaco favor hacen sentencias tan vacuas e indiscutibles –pues monológicas son al nacer de la víscera emocional y no del juicio pausado– a un texto que bosqueja el dibujo –y hago mías las palabras de Enrique Vila-Matas– de una anomalía. Una anomalía, sí, interpretada por Kurt Crüwell, un joven sastre alemán condenado a pagar los peajes de la Segunda Guerra Mundial. Y, si no es con su propia sangre, sí lo es con la alienación absoluta de su ser, que, ante el horror nauseabundo de la muerte, claudica y pierde toda sensibilidad en el contacto con el mundo: «¿Pero puede un cuerpo dimitir de la realidad? ¿Puede un cuerpo, ante la agresión del mundo [...] abdicar de ser una máquina sensible? ¿Puede un cuerpo olvidarse de sí mismo?» (p. 57). Se trata, en rigor, de un acto de justicia ética respecto de una realidad que, en su locura transitoria, le es ajena, y ante la cual no cabe mejor salida que deponer la condición humana de sí mismo, a fin de protegerla y cobijarla a la espera de un lugar (el sentido u-tópico del texto merecería análisis más detenido) donde desarrollarse. Un espacio representado, metafóricamente, en el hospital que sirve de descanso al guerrero insensible, y entre cuyos muros –los cuales remiten a aquellos inventados por Alessandro Baricco en Océano mar– toma conciencia de la condición apátrida del hombre o, a mejor decir, del lenguaje y el recuerdo como única nación a la que asirse para mantener su condición de tal. En esta pérdida de contacto sensible con lo circundante reside el mayor logro de La ofensa, y es lástima en este sentido que Menéndez Salmón no haya desarrollado con mayor detenimiento y preciosismo el acto de rebelión inconsciente realizado por su personaje. Y lo es por mucho que derive de una decisión meditada, en virtud de la cual el narrador asturiano tiende a un estilo depurado, sintético, desprovisto de hojarasca circunstancial y centrado en la fuerza adjetiva de un léxico apabullante y utilizado con rigor inusual. En sentido contrario, podría esgrimirse que un desarrollo más prolijo de la segunda parte –«Una educación sentimental»– podría haber descompensado la estructura tripartita de la obra, que, al modo clásico, dibuja los antecedentes, la anomalía y sus consecuencias. Muy al contrario, tal desequilibrio está ya en el origen del texto, por cuanto la pérdida de sensibilidad acapara una atención que decae, con notable evidencia, en su parte final. Dicho de otro modo, La ofensa se presenta como un texto con momentos de extraordinaria brillantez, pero de factura irregular en su condición novelesca, extremo este no del todo sorprendente si tenemos en cuenta la fuerza de Menéndez Salmón como creador de cuentos, y ahí está la colección de relatos Los desposeídos (1997) para demostrarlo. Una intensidad, sí, muy cercana a la poética del relato breve y que, sin embargo, hace agua en su registro más largo. No desde otra perspectiva hemos de interpretar la división de la obra en breves capítulos, al modo de instantáneas que, como tales, resultan incuestionables, aunque no tanto al separarnos y observar el tapiz en su conjunto.
Por todo lo dicho, poco importa que la acción se sitúe en la Alemania nazi y en la Francia de la ocupación, pues La ofensa es, sobre todas las cosas, una novela psicológica o, de forma más precisa, un relato de lucha y determinación psicológicas, razón por la cual el lector consiente, y hasta podríamos decir que aplaude, las continuas inserciones de un narrador tras el cual no es difícil adivinar al Menéndez Salmón de formación filosófica y, por qué no decirlo, al creador en su faceta más sentenciosa, hábil censor de la realidad y estandarte de reflexiones de hondo calado que casan mal –y es ahí donde reside uno de los aspectos más censurables de la novela– con el carácter esquemático de alguno de sus personajes. Frente al poliédrico sastre insensible, el dibujo del doctor Lasalle, homo bonus empeñado en su particular causa humanista, resulta del todo superficial, por no hablar de Ermelinde, la enferma devota y enamoradiza a medio camino entre la Hana de El paciente inglés (la novela de Michael Ondaatje, luego popularizada por la película de Anthony Minguella) y la mecanógrafa Marie de L’étranger, de Albert Camus.
La ofensa, en fin, pivota entre el cielo y el suelo. El primero se alcanza, como queda dicho, por una prosa contundente, que hay que saber apreciar en su acabada concisión y en su precisión léxica; el segundo, por el contrario, se vislumbra en la falta de cohesión de una novela que más parece la sucesión de pequeñas –aunque deleitosas– instantáneas en prosa.

01/10/2007

 
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