ARTÍCULO

Humanista, político, libertino

 

Don Marcelino Menéndez Pelayo no tenía en mucho aprecio a los moralistas y fabulistas laicos por ser de dudosa moral, y en estos términos se refiere en su Historia de los heterodoxos españoles a Samaniego, que si bien escribió «deliciosas fábulas», fue también «autor de cuentos verdes al modo de La Fontaine». Y eso es porque Samaniego, aparte de su fama como fabulista, escribió ciertos cuentecillos picantes en verso, reunidos bajo el título de El jardín de Venus. Como apuntan estas palabras de don Marcelino, Samaniego no sólo merece un lugar de honor en la literatura española del siglo XVIII por sus fábulas, también tiene el mérito de haber hecho su contribución a la literatura erótica en español. Y aunque nunca reclamara para sí los honores del Parnaso español –sólo quiso dejar claro, eso sí, que fue el primer fabulista en nuestra lengua, en clara controversia con su eterno rival Iriarte–, este libro contribuye a poner las cosas en su sitio.

La Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País apadrina esta obra sobre la figura del alavés Félix María de Samaniego, fabulista e ilustrado que representa en cierta medida al intelectual español del siglo XVIII . En realidad, el libro es fruto de las ponencias que sobre la vida del escritor y con motivo del segundo centenario de su muerte tuvieron lugar en el Ateneo de Madrid, organizadas por la delegación en la corte de esa antigua Sociedad Económica de la que el propio Samaniego formó parte.

Dirigido por el más reconocido especialista en el escritor, Emilio Palacios Fernández, esta colección de ensayos se centra en aspectos menos difundidos de la actividad literaria y política de Samaniego, como pueden ser sus actividades políticas en la corte como representante de las provincias vascongadas o su traducción parafrástica del Arte poética horaciana. También se trata, en otro orden de cosas, su faceta de escritor de versos procaces.

Vayamos por partes. Abre el libro un sesudo ensayo introductorio sobre el marco histórico y de pensamiento en el que se desarrolla la actividad literaria de Samaniego. Tras ello, se entra en materia con la contribución de Carlos García Gual, que desgrana los motivos grecolatinos de las fábulas de Samaniego, pasados por el filtro de La Fontaine, del que es deudor nuestro fabulista. Pero lo que más destaca a ojos del lector es el análisis de la poco conocida paráfrasis a la Epistola ad Pisones de Horacio, su Arte poética, que se encontró en dos manuscritos de la Fundación Sancho el Sabio de Vitoria y que salió a la luz el pasado año en las Obras completas de Samaniego editadas por Emilio Palacios (Biblioteca Castro, Madrid, 2001). En su versión de Horacio, el ilustrado demuestra el talento que acaso les ha faltado a los otros traductores antiguos. Si bien no respeta la literalidad del texto latino, constituye una excelente paráfrasis en cuanto al sentido, llena de matices coloristas y aportaciones propias y actualizada al Siglo de las Luces.

El ensayo de Gaspar Garrote analiza los temas de la poesía erótica de Samaniego, sin lugar a dudas menos conocida que sus fábulas, pero ya difundida y publicada desde hace tiempo. Al parecer, Samaniego tuvo que enfrentarse a un proceso de la Inquisición, seguramente por causa de la colección de versos picantes que hoy conocemos bajo el nombre de El jardín de Venus. Sin embargo, nuestro fabulista, que era sobrino del conde de Peñaflorida, tenía buenos contactos en la corte y el proceso fue convenientemente archivado.

De su actividad política en la corte trata justamente el último ensayo, «Samaniego en la corte de Carlos III», a cargo de Emilio Palacios, que se ocupa también de una útil y actualizada bibliografía que sirve de colofón al libro. Samaniego partió de su tierra con una misión encomendada, para resolver algunos problemas que enfrentaban a la Corona y a las Vascongadas acerca de los aranceles y la prohibición de comerciar con los territorios de América. En Madrid, nuestro autor entró de lleno en la vida política y cultural de la corte, con numerosas audiencias y entrevistas ante responsables de la administración y una intensa participación en las tertulias y corrillos literarios.

Samaniego sintió más afecto por las fábulas que por ningún otro género literario, y se preciaba de su condición de primer fabulista castellano. Terminaba el prólogo de sus Fábulas de esta manera: «En conclusión, puede perdonárseme bastante por haber sido el primero en la nación que ha abierto el paso a esta carrera, en que he caminado sin guía, por no haber tenido a bien entrar en ella nuestros célebres poetas castellanos». Aunque en estas palabras finales el ilustrado omite mencionar la guía inspiradora de Esopo, Fedro y La Fontaine, líneas más arriba reconoce su deuda con ellos y se inserta plenamente en la tradición fabulística. Lo que en modo alguno recuerda Samaniego, tal vez interesadamente, es la enorme tradición de las fábulas medievales españolas, recogida en obras como El conde Lucanor de don Juan Manuel, o en el Libro de Buen Amor.

Las líneas anteriores serían también motivo de riña y enemistad con su antiguo amigo Tomás de Iriarte, con el que se disputó la primacía en la fábula castellana. Pero, al menos en las fábulas, que es lo que le dio más fama, la poética de Samaniego trata de actualizar un tanto los viejos temas de la fábula grecolatina, como hace La Fontaine, firme en su propósito de égayer l'ouvrage, y ponerlos al alcance del público ilustrado de la época, según afirmaba en su prólogo a las Fables. Samaniego no se queda, sin embargo, en un simple émulo del francés, sino que adapta a su vez el espíritu de las fábulas a su ideario personal y al casticismo de la lengua y la cultura españolas.

En definitiva, los ensayos contenidos en este libro subrayan algunas facetas menos conocidas de Samaniego. Como parafraste de Horacio o como gestor de los intereses de su tierra en Madrid, pudo tener mayor o menor fortuna –queda también su vertiente de poeta lúbrico y festivo–, pero es interesante llamar la atención sobre estos aspectos del ilustrado hidalgo alavés que, tras sus años de estancia en la corte, batiéndose en los ruedos políticos y literarios, regresó cansado a su provincia para bien morir en su casa solariega en agosto de 1801.

01/10/2002

 
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