ARTÍCULO

Tanto había cambiado que no era él/la

 

Aparecido en una colección que persigue el éxito editorial con obras que mezclan el ensayo urgente, la obra de divulgación y el libro de autoayuda, este trabajo de Enrique Gil tiene un poco de todo ello. Es un ensayo sobre la inestabilidad biográfica a que está conduciendo la disolución de los dos anclajes básicos de la identidad moderna (el trabajo/profesión y la familia/amor) y sobre cómo este trepidante ritmo de cambio es y se vive simultáneamente como oportunidad y como amenaza. Precisamente en su intento de elaborar una consideración equilibrada de este nuevo yo múltiple, con identidades cambiantes, que se aleje igualmente de las visiones apologistas de la sociedad digital (Javier Echevarría) y de los negros augurios de los apocalípticos (Richard Sennet), termina encontrándose a veces más cerca del estratega del juego de la vida, que da consejos y esboza un manual para navegantes del tercer milenio, que del analista o del científico. Es, por último, una obra de divulgación que usa y presenta de una manera sencilla algunas de las aproximaciones más interesantes de las ciencias sociales a nuestra forma de vida actual, tales como las del pensamiento postfeminista, la Escuela de Birmingham, Pierre Bourdie o Mary Douglas. En cada una de estas facetas la obra tiene más aportaciones que limitaciones, más pros que contras, y en ese sentido es recomendable su lectura. Sin embargo, creo que lo más importante del libro es su capacidad de interpelación. Al hablar de frente y sin dilación de lo que nos importa y de lo que nos urge aclarar, hace que nos interroguemos sobre nuestra propia situación.

En un conocido ensayo que dedicó al Tólstoi, Isaiah Berlin utilizaba la distinción entre dos estilos de pensamiento: el del erizo, que relaciona todo con una única visión central, un único principio organizador, y el de la zorra, que persigue muchos fines, sostiene ideas centrífugas y no busca integrarlos. Erizos habrían sido Dante, Platón o Hegel; entre las zorras reinaría Shakespeare, pero también estarían Herodoto, Erasmo o Goethe. Pues bien, salvando las distancias y utilizando esa dicotomía con la necesaria laxitud, creo que en esta obra se puede ver el caso inverso al de Tólstoi, que según Berlin era una zorra por naturaleza, pero se creía un erizo. Enrique Gil, uno de nuestros ensayistas más prolíficos, que ha tratado una importante variedad de temas y que en este libro sigue haciéndolo con gran brillantez en algunos capítulos, como la introducción o el dedicado a la música, puede parecer una especie de zorra que se desplaza a gran velocidad de un terreno a otro y, con astucia, va siempre por delante. Asimila rápidamente la información y las nuevas perspectivas y tiene habilidad para desplazarse por ellas y saltar de un tema a otro siguiendo algún tipo de trama. En este caso el hilo argumental es el recorrido por las etapas básicas del cada vez más cambiante itinerario de la vida personal, en el que a pesar de detenerse en los principales mecanismos de sutura, como el amor, termina mostrándose la existencia de un pluralismo abierto y tenso en la identidad personal. Sin embargo, me temo que tras sus distintos análisis y consideraciones hay una única visión central, en este caso una especie de individualismo estratégico o racionalista, que organiza y da sentido a todo ello, de modo que inadvertidamente terminaríamos encontrándonos ante un erizo.

Coherentemente con su tesis central, nos invita a una lectura que no sea lineal, que empiece por los capítulos impares (las etapas) y siga por los pares (las suturas). Así haré para recorrer resumidamente el camino de la zorra. En esta senda lo que más se reitera es que la flexibilización y el acortamiento de la vida laboral, así como el constante aumento de los divorcios y de la variación en las reconfiguraciones familiares, están produciendo una inestabilidad radical de la identidad en todas las etapas de la vida.

Para explicar cómo es posible hablar de un mismo yo o de una cierta identidad, a pesar de todas las inestabilidades y cambios, el autor estudia aquellas instancias que puedan estar funcionando como «hilo conductor» con el que tejer la trama de nuestra vida. La música se destaca por encima de las otras, en parte por su gran capacidad de evocación y expresión, que la permite ser de gran ayuda en la forja de una cambiante identidad, pero también porque el autor sabe ver en ella tanto el reflejo de la posición social como una vía de resistencia y transformación y, sobre todo, porque en su análisis aparece por única vez de forma explícita el personaje central de la obra, que es el propio autor, con sus vivencias y sus avatares identitarios. En segundo lugar, se señala la capacidad de las distintas formas del amor para suturar las quiebras de identidad, al permitir el renacimiento y la transfiguración de ésta. Por último, la palabra, o más exactamente la narratividad, es requerida como mecanismo fundamental para estabilizar y crear una identidad a través de los cambios, ya sea mediante la lectura privada y lineal o con el ritual discontinuo del correo electrónico y los móviles.

Finalmente, hay otros dos hilos posibles que son a la vez expresión de la perspectiva adoptada y, por ello, nos conducirán a esa visión unitaria que le atribuyo. El primero es el cuerpo, al que califica de sujeto agente de nuestra identidad, dado que la referencia última de ésta se asentaría en su evidente continuidad material. Olvida aquí, sin embargo, que la identidad y el reconocimiento son acontecimientos simbólicos, requieren lo discursivo, y que la continuidad corporal no es tan objetiva ni incuestionable (¿dónde está la objetividad al identificarnos con una foto de nuestra infancia?). En segundo lugar estaría la libertad, entendida como la capacidad de elección que despliega estratégicamente el individuo, impulsado por sus deseos, y ubicada en ese espacio intermedio y condicionado que, según su modelo de realidad social, habría entre la base material (biológico-económica) y la superestructura socio-cultural (normativa). Aquí se hace ya absolutamente evidente algo que está planeando por todos y cada uno de los capítulos: a pesar de tanto cambio e inquietud, siempre se supone la existencia de un individuo centrado, capaz de elegir libremente, para el que las normas sociales son imposiciones externas.

El problema no es que haya una mirada unitaria que constituya su perspectiva y que ligue los temas tratados. El problema no es que sea un erizo, díjole un erizo a otro. El problema es que esta mirada unitaria está construida de un modo excesivamente simple, ecléctico y acrítico. No deja de ser curioso, por ejemplo, que alguien que tiene la perspicacia de insistir en el carácter histórico y transitorio de la forma en que consideramos y vivimos la infancia o la juventud y de los modos que adopta el amor o la palabra, no aplique la misma consideración a las categorías que constituyen su mirada. De hacerlo se daría cuenta de que su idolatrado individuo, ese pilar inconmovible de su análisis, es un efecto histórico de determinados procesos, tecnologías y formas de interacción como la familia nuclear y la regulación laboral, cada vez más escasos, diferenciados y periclitados. En ese caso, su análisis de la actual inestabilidad de la identidad le conduciría a conclusiones diferentes. No podría seguir repitiendo como tesis general el verso de Baudelaire: «La forma de la ciudad cambia más deprisa que el corazón de un mortal» (pág. 9). Pues no habría una intimidad estable, a la que ser fiel frente a los cambios del exterior. No habría una referencia personal uniforme o última a la que reclamar el heroico cumplimiento de las exigencias de cada día como medio de unificar los cambios biográficos (págs. 279284). Y es que nuestro corazón ha cambiado con la ciudad: es de la ciudad y tiene ya su forma.

01/10/2001

 
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