ARTÍCULO

Enigmas

Anagrama, Barcelona
196 pp. 15 €
 

En uno de los textos de Formas breves, Ricardo Piglia propone dos tesis o ideas básicas sobre el cuento. La primera es que un cuento siempre cuenta dos historias. Tenemos una situación y una voz que la despliega de manera más o menos lineal (se ha cometido un asesinato terrible en la calle de Morgue); al final, sin embargo, se devela una inesperada historia subyacente (el asesino es un simio). La segunda tesis es consecuencia de la primera: «La historia secreta es la clave de la forma del cuento y de sus variantes». El cuentista clásico (Poe) cifra una historia oculta en otra visible. En contrapartida, «la versión moderna abandona el final sorpresivo; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca». El cuento moderno es menos un problema lógico que un misterio, una serie de asociaciones que llevan a una revelación ambigua o incluso a la ausencia de revelación. La elipsis es su piedra de toque. De Chéjov a Carver, pasando por Joyce y Hemingway, el cuento sugiere más de lo que dice. Y como calla lo más importante, puede coquetear con lo indecible.
Las dos ideas son caras de una misma moneda y sirven para analizar los mecanismos formales de diversos cuentistas. Clásico y moderno no pretenden ser, sin embargo, términos valorativos; a veces, ni siquiera responden a la cronología de la historia literaria. Borges es casi siempre un cuentista clásico; su precursor directo, Kafka, es fundamentalmente uno moderno. Piglia no se pronuncia a favor de ninguna de las dos modalidades, pero podría decirse que él es un cuentista moderno que no oculta su nostalgia por el cuento clásico. La típica estrategia de Piglia es indagar en las relaciones causales de los relatos para desmontar sus mecanismos o, como dice en un prólogo, «trabajar con una red incierta de versiones y de testigos múltiples». Lo que le interesa no es sólo la ausencia de la causalidad cerrada, sino sus alternativas. En gran parte de su ficción estudia los móviles conflictivos de los relatos políticos. Para Piglia, «la realidad tiene la estructura de un melodrama: una fuerza perversa, una maquinación oculta explica los acontecimientos. La política ocupa el lugar del destino». Y esto, se apresura a decir, «en la Argentina no es una metáfora: en los últimos años, la policía secreta del Estado decidía la vida privada de todos».
La invasión es el primer libro del autor y fue publicado originalmente en 1967, en un clima político-literario muy distinto al actual, y quizá por eso no se reedita sin cambios. Piglia ha «revisado» los diez cuentos de la edición original y ha hecho «varias modificaciones y algunos ajustes» (de estos diez cuentos, en España ya se co­no­cían dos, «Mata-Hari 55» y «Las actas del juicio», aparecidos en la colección anterior, Nombre falso). A esta serie, Piglia ha agregado tres relatos breves, que «se publicaron inicialmente en revistas literarias de Buenos Aires en esos años», y dos inéditos largos, cuya presencia se justifica por haber sido «escritos con la misma concepción de la literatura que el resto de los relatos». La concepción de entonces no era muy distinta a la de ahora, pero sin duda estamos ante un libro bastante distinto, en miras y extensión, al de hace cuarenta años: la breve colección inicial se ha convertido en un vistoso escaparate de las virtudes del principiante. No hay que olvidar, con todo, que las virtudes vienen retocadas. Y si el prólogo dice que «cuarenta años es un buen plazo para saber si un libro resiste el paso del tiempo», los cambios prueban que éste no ha sido invulnerable.
Los cuentos son en su gran mayoría elaboradas semblanzas realistas, pero Piglia se aventura también en la ficción histórica. Del segundo grupo, «Las actas del juicio» destaca como temprana obra maestra; el cuento narra el asesinato del general Urquiza, uno de los caudillos de las guerras civiles argentinas, desde la perspectiva imaginada de su asesino. Verdad histórica y ficción se confunden voluntariamente, creando una verosimilitud incierta, pero el relato cuaja por su fuerza imaginativa, que presenta hechos contundentes sin jamás explicarlos. Los otros dos cuentos históricos del volumen, «Mata-Hari 55» y «Desa­gra­vio», examinan al sesgo los años del peronismo, que coinciden con los de la infancia del autor. En el primero, una estudiante se enlista en los «comandos civiles» que se oponían a Perón, movida no tanto por un deseo de justicia política como por una suerte de bovarismo aventurero. En «De­sa­gra­vio», ambientado el día en que la marina bombardeó Buenos Aires para matar a Perón, un hombre mata a la mujer que lo abandonó, amparado por el caos que reina en la ciudad. Lo interesante de ambos es que la Historia pasa de largo por entre los personajes. Forman parte de ella, pero la ignoran.
Los cuentos restantes son incluso más elusivos en cuanto a las circunstancias histórico-sociales de los personajes, aunque en la poética de Piglia, cuanto menos se dice, más significativo es lo implícito. En «La invasión», el primer cuento que tiene por protagonista a Emilio Renzi –personaje recurrente de Piglia y protagonista de Respiración artificial–, Renzi acaba en un calabozo junto a otros dos hombres. Al final se revela, para éste y para el lector, la relación homosexual de los presos. Pero el cuento no es simplemente una progresión hacia este coup de théâtre. Los presos son tipos duros de clase trabajadora; Renzi es un estudiante politizado que aboga por causas socialistas. Sin embargo, el enfrentamiento entre ellos es visceral. ¿Y por qué razones están todos ahí encerrados? ¿Qué instrumentos de poder los reprime? A partir de una situación sencilla, el relato inicia una onda expansiva de interrogantes. Como es característico en Piglia, la historia política está trabada con la personal.
Muchos de los demás relatos trabajan con este tipo de tensión irresuelta que se ha convertido en una marca de lo «pigliano». Y si hay un denominador común en este libro es el repliegue de la narración hacia el enigma, el sobreentendido y la sugerencia. La calidad estilística es asimismo notable y, a veces, incluso superior a la de los libros tardíos. El autor maduro de Respiración artificial o Prisión perpetua tiende a lo teórico y lo aforístico en detrimento del detalle circunstancial. La voz es inconfundible pero descarnada. En cuentos como «Las actas», en cambio, aparece un inspirado ánimo descriptivo: «Soplaba un viento lleno de tormenta que traía como una tristeza y de golpe trajo la lluvia. Una lluvia fea, medio tibia y tan fuerte que nos fue juntando a todos en la lomada, cerca del río. No nos veíamos ni las caras y se escuchaba la lluvia, el olor a sudor o a cuero mojado y los caballos sacudiéndose». El oído impecable de Piglia apuntala en una sinestesia («se escuchaba [...] el olor a sudor») el ritmo entrecortado del habla. Este cuidado por lo nimio se ve finalmente en el inédito que cierra La invasión, «Un pez en el hielo». El personaje es de nuevo Emilio Renzi, ahora de viaje por Italia con un beca para estudiar la obra de Cesare Pavese. Como Pavese, Renzi intenta y no consigue olvidar a una mujer. La historia cifrada y la visible son casi idénticas y sus ecos se mezclan y multiplican como voces en una caverna.

01/04/2007

 
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