ARTÍCULO

El yo de un poeta

Alfaguara, Madrid, 1997
240 págs.
 

Todo el asunto tiene un fuerte sabor nabokoviano. Un profesor de literatura conoce a un famoso poeta en un distante país en el que ambos están exiliados y los dos se hacen amigos. Más tarde, el profesor publica varios artículos sobre la obra y la vida del poeta y se ocupa de la edición de sus poesías completas. Unos años más tarde, el profesor (después de realizar unas cuantas incursiones en el género) se decide a escribir una novela sobre el poeta. Dicha novela finge ser un diario escrito por el poeta en los últimos meses de su vida, y en ella el profesor-novelista habla en primera persona como si él mismo fuera el poeta. Más que escribir una novela sobre el poeta, da la impresión de que lo que pretende el novelista-profesor es transformarse en el poeta, soñar que él es el poeta que conoció en cierta ocasión a un joven profesor...

El profesor es Carlos Blanco Aguinaga, responsable de estudios sobre Galdós o la generación del 98, coautor de una en su tiempo polémica Historia social de la literatura española y autor de las novelas Ojos de papel volando, Un tiempo tuyo y Carretera de Cuernavaca. El poeta es Emilio Prados, uno de los más secretos e intensos de la generación del 27. Podemos imaginárnoslos caminando por entre los vendedores de globos, novelas románticas y dulces de amaranto coloreado del bosque de Chapultepec, en México DF, de igual modo que Charles Kinbote y John Shade pasearon entre las mariposas sombrías, los picoteros suicidas y los gingkos ornamentales de New Wye, Appalachia, USA, en una América soñada, en un Massachusetts de la mente. Los dos caminan por este parque fantástico y uno de ellos es una sombra, o quizá uno de ellos no es en realidad más que la sombra del otro. Como en el poema de Lorca, el uno es el otro, y los dos son ninguno.

Es verdaderamente difícil comenzar siquiera a hablar de la nueva novela de Carlos Blanco Aguinaga sin adentrarse en terrenos tan peligrosos y seguramente tan infructuosos como son los juegos de identidad de tipo nabokoviano o, lo que es lo mismo, borgiano; la desaparición gradual de las fronteras entre literatura y crítica, tan característica de nuestra época si pensamos en obras tan dispares y de méritos tan varios como las de Eco, Byatt, Kristeva, Sontag, Barnes; las disquisiciones narratológicas sobre el narrador como impostor y también como impostador; la profunda perversidad que supone hacer decir al poeta-personaje «mi poesía no me dice» en un texto que es en realidad un apócrifo que no «dice» a nadie más que a sí mismo, etc.

En voz continua es un texto rico en sugerencias e infinitamente comentable –quizá demasiado para su propio bien– y nos remite a un concepto de la literatura como suma de falsificaciones que está muy de acuerdo con las ideas de nuestra época. Al mismo tiempo, y esto es desde mi punto de vista lo más interesante, se propone intentar algo que entra en rigurosa contradicción con lo anterior: devolver a la literatura su carácter mágico. Casi nos habíamos olvidado que la literatura era eso precisamente: no un comentario sobre la vida, sino Vida, no una interpretación de la realidad, sino Realidad. Un zapato de Van Gogh, una mirada de Rembrandt, los vapores de un río de Corot, el costado de un ciervo de Courbet, ese viejo deseo de crear algo real o que sea al menos tan real como una experiencia vivida. Ese deseo de entrar en el Yo de otro y de poder ver la vida a través de otros ojos. Marcel Proust lo expresaba así: «El único viaje verdadero sería tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es; y esto podemos hacerlo con un Elstir, con un Vinteuil, con sus semejantes, volamos verdaderamente de estrella en estrella».

Y hay algunos momentos, al leer En voz continua, en que nos sentimos verdaderamente en otra estrella, en otra alma. Es como si el novelista hubiera logrado cazar al alma-mariposa del poeta y ahora, como en el sueño de Chuang-Tzu, ya no supiera si es un novelista que sueña que es una mariposa o una mariposa que antes soñaba que era un novelista. Ahora es otro, y también Yo, el lector, soy por unos instantes otro. Soy Emilio Prados, y desde el otro lado de sus ojos y desde el interior de su piel y desde el centro de su cerebelo, recuerdo, por ejemplo: «Habíamos pasado un par de horas al sol en un rincón de la playa y, exhaustos ya de caricias, nos vestíamos para volver al mundo cuando le dije: "Esta noche quisiera tener fiebre". Creo que me entendió enseguida pero, coqueto siempre, me preguntó que para qué. Le expliqué que hundido en mi cama con fiebre podría seguir imaginando el calor de mi pecho contra su espalda».

El que escribe estas líneas es un ser dotado de una sensibilidad enfermiza y casi histérica. Es una persona especial, y su voz es única e inolvidable, y lo es no porque sea un poeta y hable con la voz de un poeta (por mucho que el ritmo de barcarola de sus frases tenga bastante que ver con el estado de ensoñación que su lectura provoca en nosotros) sino, simplemente, porque es otro, y porque nos permite a nosotros ser otro también. En estas evocaciones marinas y amorosas, como esa otra en la que los amantes son como delfines, el lenguaje de Blanco Aguinaga es verdaderamente el de un poeta, y su prosa alcanza niveles de transparencia y de delicadeza absolutamente admirables, sin parelelo, diría yo, en la literatura española reciente.

Lamentablemente, la magia sólo visita En voz continua en ciertos pasajes, en ciertas páginas. Quizá no sea justo hacerle este reproche a ninguna obra literaria. Si la magia de pasajes como el anterior llenara todas y cada una de sus páginas, En voz continua sería una obra maestra, y seguramente no es justo criticar a un libro porque sea simplemente un buen libro y no una obra maestra. Emilio Prados (es decir, el Emilio Prados inventado por Blanco Aguinaga) sabe que su fin está muy próximo y que quizá las líneas que escribe en voz continua sean las últimas que salen de su pluma. Sin embargo, la proximidad de la muerte no logra arrancar a nuestro poeta ese canto esplendoroso que, según es fama, entona el cisne antes de morir, y sus páginas sólo en algunos momentos logran ese tono de últimas cosas, de recuento, de mensaje final, que sería esperable en una obra que está destinada a ser el testamento de un autor. Por el contrario, son sorprendentemente desordenadas y difusas. Prados mezcla pensamientos con hechos de su biografía, biografía con memoria y evocación, memoria y evocación con fragmentos de antiguos diarios. El punto de vista nunca está claro, salta del presente al pasado y nos confunde, porque a veces el tono del presente (es decir, el del poeta que sabe que va a morir) tiene una profundidad y una tristeza sin límites que se aviene mal con el tono de inmediatez impresionista de los fragmentos de diario. Tampoco acabamos de entender para quién escribe este Emilio Prados ni con qué propósito. Si lo que intenta es escribir una obra literaria destinada a ser publicada y a ser leída por otros, ¿qué hacer con episodios como el de París o el de Davos-Platz, donde el autor comenta sobre lugares y acontecimientos de los que el lector no sabe prácticamente nada y que quedan, por tanto, fatalmente desdibujados? Y si escribe para sí mismo, ¿cómo justificar frases como la siguiente: «Recibíamos [...] visitas [...] como la de uno de nuestros pintores, ya famoso entonces, que, para poner en práctica lo del amor libre, llegó con la compañera de un grande y generoso poeta francés»? ¿Por qué no decir simplemente Dalí y Gala? ¿Qué necesidad hay de hablar en clave para uno mismo?

Por mucho que En voz continua sea una novela fallida, tenemos mucho que agradecerle a Carlos Blanco Aguinaga: su refinamiento, su alto grado de civilización y la suprema elegancia de sus palabras. Ya que, no lo olvidemos, el poeta de En voz continua no es Emilio Prados, de cuyo yo más íntimo nada sabemos y nada podremos saber (las obras, como muy bien observa el narrador en las primeras páginas, nunca «dicen» al que las escribe). El poeta de En voz continua es, en realidad, Carlos Blanco Aguinaga. O, como en el poema de Lorca: el uno era el otro, y los dos eran ninguno.

01/02/1998

 
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