ARTÍCULO

La guerra en un jardín

Pre-Textos, Valencia, 1998
355 págs.
 

Don Ramón Solapeña, indiano rico, republicano y masón, vive en una casona rodeada de un gran jardín, en Permalles, una ciudad asturiana que parece ser transposición literaria de Llanes. Le acompañan su hermana doña Ramona, antigua monja exclaustrada por miedo al furor anticlerical, y sus dos hijas, Clara y Elvira. El 18 de julio del 36, mientras se celebra el día de Santa Marina, se oyen unos tiros cerca de la villa.

A partir de ahí, la casona de don Ramón, un «rojo de derechas» como dice Aquilino Duque en su atinadísimo prólogo, empieza a poblarse de individuos trastornados por la guerra. Se presenta Jesusito Bernal, sobrino de don Ramón, que decide ponerse a vivir en un árbol del jardín para que le tomen por loco y no le lleven al frente. Llega don Enrique Merodio, médico antirrepublicano refugiado en la muy cómoda buhardilla. Llega doña Mónica, anciana parienta de la mujer de don Ramón, que vivió la última guerra carlista y no entiende muy bien los dos nuevos bandos, cómo es que los rojos (por las boinas) se han vuelto nacionales y los liberales, rebeldes. También se instalan en la casa dos policías republicanos con la «compañera» de uno de ellos, Queta, a la que le gustaría escribir una carta a Jeannette McDonald y que ya ha firmado otra a Stalin, «luz del proletariado universal». Y a todo esto se suman dos gatos, Prim y Melissa, los únicos que medran en el maremágnum.

La casa de don Ramón se convierte así en un mundo completo, un poco como la de Celia en la revolución (Elena Fortún) y la embajada de Una isla en el mar rojo (Wenceslao Fernández Flórez). Salvo algunos pocos nadie sabe, al principio, en qué bando está. La guerra va a perfilar actitudes y posiciones que nada tienen que ver con las ideas políticas. En unos, como doña Ramona y su sobrina Clara, se acentúa la bondad; en otros, el tono patético, y otros, como Merodio, se dejan llevar por el instinto fanático. Don Ramón Solapeña, claro portavoz del autor, se atiene al bando nacional sin ilusión alguna, como quien escoge un mal menor ante el desorden y la barbarie. Don Juan, otro indiano escéptico, ha expuesto antes su opinión sobre las presuntas revoluciones que ha traído la República: «Las cosas, cuando se hacen, se hacen para algo. Cuando se hacen para nada son peor que nada, son una estupidez».

Lo siniestro, presente en algunas notas desde el primer momento, se va acentuando poco a poco, llegando a ocupar el primer plano en el epílogo, cuando ya el odio ha hecho mella definitiva en la ciudad entera. Aun así, no hay moraleja ideológica, ni probablemente, voluntad de generalización. Cuentan los individuos, siempre imprevisibles, y la acción se desarrolla a un ritmo humano, fuera de cualquier idea previa. Si a eso se añade la precisión de la prosa de José Ignacio Gracia Noriega, su maestría para el retrato, la naturalidad del diálogo y la sorna dura y civilizada, el resultado es una novela amena, muchas veces divertida, de una verosimilitud sorprendente, capaz de conmover a cualquiera y mucho más (hagan la prueba) a quienes vivieron esos años.

Gracia Noriega, que el marqués de Tamarón adscribe a la estirpe antigua y venerable de los eruditos locales, demuestra una vez más que si se tiene sensibilidad para lo concreto, se llega de un salto a lo universal. Ya lo había hecho en novelas anteriores, como Dudoso paraíso o Elpaso de Faes, dedicada a la tercera guerra carlista.

En un jardín tenebroso presenta además una reflexión muy entretenida sobre la literatura, a través de las lecturas de los personajes sometidos a un encierro forzoso. Clara, a la que le gustaría ser un personaje de novela rosa, se dedica a La loca aventura, «obra del famoso escritor André Lichtenberg», aunque acaba meditando la Guía de pecadores, citada varias veces por extenso y que ha pasado por otras manos: las de doña Ramona, que la utiliza para tapar la ventana de su cuarto cuando se desnuda, y la de Merodio. Fray Luis de Granada tuvo algún tropiezo con la Inquisición y Merodio recuerda a algunos escritores en parecido trance: «El Arcipreste de Hita, Cervantes, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Quevedo... Yo a veces me pregunto qué hubiera sido de la literatura española de no haber habido cárceles». Ahora, como se sabe, los subvencionan. Es de los muchos apuntes que hacen de En un jardín tenebroso una novela ejemplar.

01/09/1998

 
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