ARTÍCULO

¿En qué demonios estás pensando?

 

Cuando me vio leyendo este libro, mi anfitrión y amigo, un agricultor jubilado de Anjou llamado Pierre Belliard, comentó con una sonrisa: «Il paraît que le diable n'existe plus». Sus palabras, con su ironía acerca de los cambios en el mundo sobrenatural, así como la ambigüedad e incertidumbre («il paraît») acerca de lo que efectivamente es verdad, resumen la situación del diablo en la actualidad en gran parte de Occidente: se halla en una especie de limbo entre creencia y descreimiento; está jubilado, casi olvidado, pero todavía disponible. La ironía en el comentario espontáneo de Pierre estaba implícitamente dirigida a los sacerdotes y teólogos, pues los seres sobrenaturales, por definición, ni mueren ni desaparecen, así que una de dos: el diablo sigue existiendo o, lo que es más probable, no existió jamás.

Los autores de esta colección de ensayos bien documentados –historiadores del arte, historiadores culturales, filólogos, folcloristas y antropólogos– no se preguntan si el diablo existe o ha existido, pero demuestran que las ideas acerca de lo sobrenatural en general, y el diablo en particular, fueron tan diversas y cambiantes en la Edad Moderna como en nuestro tiempo. Su libro fresco, abierto y vital da mucho que pensar.

Los historiadores del arte aportan al tema su saber riguroso acerca de artistas, obras y manuales de la época al tiempo que examinan los cambios en la representación de demonios desde la Edad Media y a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Las representaciones tardomedievales, como las de El Bosco, solían incluir numerosos demonios con gran variedad de formas grotescas y animalescas. Sus cuadros resaltan el desorden del infierno y la multiplicidad, diversidad y naturaleza mutante de los diablos. Estas representaciones se repiten más tarde en el Nuevo Mundo. Pero en España, en parte debido al Concilio de Trento, las representaciones del demonio tienden a converger en modelos más respetables y humanos: el diablo se concentra de muchos en uno, e incluso el infierno pasa a convertirse en un lugar ordenado. Felipe II rechaza un diablo pintado para El Escorial por «feo», y ya a comienzos del siglo XVII encontramos un jerónimo, fray José de Sigüenza, para quien los diablillos de El Bosco ya no son seres reales, sino alegorías de «pecados y desvaríos».

Los diablillos traviesos y jocosos de la Edad Media sobrevivieron en la literatura del Siglo de Oro y en el acervo oral de cuentos (podemos verlos aún en muchas fiestas de pueblo). En esta literatura los diablos no son el mal absoluto y terrible, sino seres algo cómicos y torpes a quienes los astutos pueden engañar. En varios ensayos se nos propone que el diablo cómico era una especie de respuesta «popular» al diablo terrorífico esgrimido por el clero en sermones y misiones. Aquí asoma una cierta militancia romántico-anticlerical a lo Bajtin que postula una radical separación entre «el clero» (así, todos juntos) y «el pueblo» (así, todo junto) y un clima de amedrentamiento (o «histeria colectiva») que en ambos casos estaría por demostrar. Raras veces me parece esclarecedor concebir «la Iglesia» como actor, siendo una institución, como es y era, tan descentralizada y variada.

Otra fuente de información sobre el diablo son los archivos de la Inquisición. En este libro historiadores y antropólogos describen los demonios que asoman en los procesos de brujería y en las investigaciones de posesión demoníaca.Vemos en estas descripciones los atributos animales que pervivieron en el diablo único/unificado, dando como resultado un híbrido; cómo el diablo estaba presente en los sueños; y, en un ensayo microhistórico fascinante, el modo en que las monjas del convento de San Plácido de Madrid lograron conseguir más libertad y autonomía por medio de las palabras de los demonios (de una manera parecida, algunas mujeres adquirieron poder y autoridad en el siglo XIX en Europa y América transmitiendo las palabras de guías invisibles en sesiones espiritistas). En las posesiones y los exorcismos encontramos una creencia más demostrable y «activa» que en los cuentos; pero tanto posesiones como chistes serían pruebas de que «en el siglo XVII, la figura diabólica no sólo era cotidiana en la doctrina, sino entre amplios sectores de la población» (p. 192).

Otro tipo de fuente utilizada es la hagiografía y los procesos de canonización, donde se repite la lucha del santo o de la santa con el demonio, una lucha plasmada a su vez en pinturas y grabados. No pocas veces el demonio adopta la forma de mujer, y un ensayo se ocupa del binomio demonio/mujer en la literatura devocional y en el arte.

Todo está informado por los tratados teóricos de la época que incluían apartados sobre el demonio, tanto los destinados a expertos como los divulgativos, conocidos como libros de secretos, destinados a laicos. Los dos capítulos dedicados a estos tratados son especialmente lúcidos e identifican entre sus autores una sorprendente variedad de opiniones acerca del alcance del demonio en la vida cotidiana. El libro es estimulante y fructífero precisamente por esta variedad de enfoques. El uso exclusivo de una sola de las clases de fuentes citadas hubiera brindado una idea sesgada y parcial. La obra es, por tanto, un buen ejemplo de cooperación por encima de las distintas disciplinas.

Por casualidad, mientras escribía esta reseña me envió mi prima de Tejas un chiste sobre Satanás: aparece en una iglesia y todo el mundo huye despavorido menos un señor mayor, que se queda tranquilo y sentado. Satanás le pregunta por qué no tiene miedo. «Porque he estado casado con su hermana durante cuarenta y cuatro años». Mucho más que en el catolicismo europeo, Satanás pervive (es más, campea) en las iglesias evangélicas y fundamentalistas del sur de Estados Unidos, y esta creencia tiene incluso consecuencias («el eje del Mal») en la política internacional. Otro tema para estudiar sería, pues, cómo la división entre católicos y protestantes en la Edad Moderna afectó (¿agudizó?) a las ideas respectivas del diablo, del infierno, del mal, y en qué sectores de ambos bandos calaron más hondo nociones rigoristas de la encarnación de este último.

¿Qué más se podía hacer? Como señala uno de los autores, queda por estudiar la recepción coetánea de este material cultural. Cuándo, dónde y con qué peso emerge el diablo (y eso valdría también para otros seres normalmente invisibles) en los productos escritos de la vida diaria: cartas, relatos autobiográficos, diarios. Con la única excepción de fray Luis de Sigüenza, no sabemos qué pensaron quienes vieron estos cuadros, escucharon estos cuentos, leyeron estos tratados. Faltaría, en suma, la última síntesis: saber cómo todos estos elementos fueron asimilados y vividos por personas concretas. ¿Fue la del diablo una presencia constante o puntual (como en la hora de la muerte)? Y, ¿para qué gente y en qué circunstancias?

Para empezar, he llamado a Pierre y a su mujer Thérèse, que tienen unos setenta y cinco años, y les he preguntado qué saben del diablo y cómo lo supieron.Thérèse cree «mucho menos» en el diablo que cuando era niña y Pierre confirma que más bien piensa que no ha existido jamás. Ninguno de los dos ha visto al diablo, pero Thérèse dice que cuando tenía diez u once años a veces llegó a sentir que estaba cerca. Sus padres apenas hablaban del diablo. Eran más bien los sacerdotes y los profesores de las escuelas católicas quienes lo evocaban. Thérèse se acuerda que decían que «el diablo te va a castigar», sobre todo si «no se decían todos los pecados en la confesión». Me dice: «Estábamos atrapados» («on était pris dedans»). Ahora, comenta Pierre, no hay ni pecado ni confesión.

Los dos tenían ideas claras sobre cómo se lo representaba (con una horca), pero no recuerdan pinturas del diablo en las iglesias y piensan más bien que estas imágenes mentales procedían de libros. Ninguno de los dos ha visto, conocido ni incluso oído hablar de una persona poseída. Preguntados por los «envoûtements», maleficios de personas, animales o edificios, que todavía se estilan en la zona, dicen que se creen obra no del diablo, sino de otras personas, y que hay rezos para evitar o deshacerlos. En resumen, el diablo, para ellos ahora, es un vestigio del pasado, que entró en sus vidas por medio de la escuela y la parroquia, y que ha salido por el mismo camino.

A los hombres y mujeres del siglo XVII no puede ya interrogárseles directamente sobre el diablo. Si se pudiera, ¿qué les preguntaríamos para poder captar esa amalgama de certeza, duda, experiencia, inspiración, esperanza y miedo que llamamos ver, oír, creer, saber?

01/09/2005

 
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