ARTÍCULO

Sereno desasosiego

Fundación José Manuel Lara, Sevilla
364 págs. 19,23
 

A veces, no muchas, el Premio Nacional de Poesía acierta a sorprender y pone por un rato bajo los focos una obra y a un autor que, de otro modo, seguirían siendo oscuros incluso para los ojos avezados a las medias luces de los lectores habituales de poesía. Así sucedió con el concedido en el pasado 2003 a esta compilación de la poesía de Julia Uceda (Sevilla, 1925). Entre los comentarios de actualidad que suscitó el galardón –que lo fueron fugazmente, claro está–, uno de los reiterados fue que se trataba de la primera vez que se otorga el premio a una mujer. No sé si el dato tiene que ver con la historia de nuestra poesía reciente o más bien con la del Premio Nacional, y en cualquier caso resulta tan asombroso como alarmante, pero me da la impresión de que una sensibilidad particular a lo que ahora llaman literatura «de género» apenas es útil para leer la poesía de Uceda en los términos en que ésta se propone al lector.

Tampoco la referencia a la «poesía social», igualmente repetida, resulta lente demasiado eficaz para leer su obra. Es obvio que, por los tiempos que le tocó vivir y durante los que escribió buena parte de su poesía –los de la dictadura–, Uceda compartió con otros poetas la preocupación por el papel del arte y la cultura en una sociedad aherrojada –o embalsamada, o puede que domesticada–, y ella ha reiterado que la preocupación ética es una de las suyas permanentes, pero sus versos nunca se han acomodado a los recetarios temáticos y formales que la oposición poética dispensó en los cincuenta y hasta en los sesenta, cuando escribió y publicó sus primeros libros. Por algo se preguntaba ya en aquellos días –y lo recuerda Sara Pujol en su introducción– «por qué la poesía social española huye de la belleza y le llama esteticismo» y «¿Por qué separar lo bello de lo real o de lo honesto?».
 

En el viento, hacia el mar reúne siete libros, publicados a lo largo de cuatro décadas largas, más una porción de poemas no editados en libro, algunos de los cuales eran inéditos hasta éste. Los títulos ya publicados son: Mariposa en cenizas (1959), Extraña juventud (1962), Sin mucha esperanza (1966), Poemas de CherryLane (1968), Campanas en Sansueña (1977), Viejas voces secretas de la noche (1981) y Del camino de humo (1994). Todos caben en un volumen de dimensiones reducidas como el que nos ocupa, y eso ya es un primer factor significativo de la poesía de Uceda: ésta no ha sido sólo discreta por poco renombrada, sino también porque su obra ha sido escasa y medida. Tal contención en cantidad es síntoma de otra, que afecta a la cualidad de su escritura. Por algo esta edición redistribuye algunos poemas entre los libros: hay en su actitud de poeta el comedimiento de la espera, que ocasionalmente se traduce en hallazgo o en reinvención. No tanto porque reescriba buscando el pulimento de las palabras, como porque se muestra atenta siempre a lo que su trabajo con éstas le traiga.

Uceda poetiza con sosiego, midiendo el paso, aunque la inmensa mayor parte de sus poemas, con muy escasas excepciones que se sitúan además en sus primeros títulos, no se apoye en las sílabas contadas del verso regular. Ese sosiego se trasluce en el talante a menudo reflexivo de los poemas. Son los suyos, obviamente, poemas con ideas, poemas incluso meditabundos, aunque en absoluto poemas ideológicos. Y tal serenidad en los modales no excluye el desasosiego ni la angustia. Le preocupa lo que siempre ha preocupado a cualquiera que ocupe su mente con algo que importe. El título de esta recopilación ya deja suponer que la temporalidad y la muerte están en el meollo de muchos de sus poemas.

Por apuntar una muestra, se me ocurre que pueden servir de tal los varios que tienen a Dios por asunto, que no hablan de otra cosa. El que da título a su primer poemario, por ejemplo, lo interpela preguntándole por «esa muerte mía, sólo mía / que aún no está madura por tus campos», pero, incluso al retomar lo que ha venido a dar en lugar común de la literatura contemporánea, Uceda hace un quiebro que, en un vislumbre de la lógica propia que ordena su escritura, termina evocando el momento en que nació para venir a esa inquietud: «Cuando tuvo mi nombre un lugar en el aire / y me llamaron "Julia" para hacerme más sitio» (pág. 76). Una década más tarde, un poema incisivamente titulado «Reflexiones sobre una historia para niños», perteneciente a Poemas de Cherry Lane, retoma la pregunta y la transforma casi en diatriba: «Nadie vio tu sonrisa», constata, y luego le echa en cara: «Si es que reinas, / tu reino es lo que huye. Todo / desaparece al fin. Las formas solitarias / son un solo fluir que se abre paso / –con cuánto esfuerzo, Anciano– / hacia Tu ser que tu rencor le oculta» (pág. 218). Otra década aún y otro poema, este de Viejas voces secretas de la noche, en el que, tras descararse de nuevo con divinidades extraídas quizá de «no se sabe qué libros importantes», concluye: «La espera será breve. Una ola / nos llevará en su cresta transparente. / Una ola interior. No hay otra alguna» (pág. 282).

De un poema a otro, la misma inquietud vital, aunque articulada en tonos diversos, que resuenan como pasos de un recorrido intelectual que en ellos se adivina. Pero los tres afrontan el tópico del individuo mortal que interroga a la eternidad supuesta con una expresión singular, en la que el decir conciso, la cautela de la precisión, dibuja el contorno único de un sentirse estar y ser en dolores y apreturas que no se conforman con lo ya dicho. Julia Uceda poetiza en esos términos. Ni elude las grandes cuestiones consabidas, que no le sobran, ni se pierde en el retorcimiento de una expresión, que no la contenta. Su verso suena, por eso, incluso en los ecos, las deudas, los trazados ya conocidos, a anotación de un meditar ponderado, quieto, de un penar contenido, de una inquietud que ni se niega ni se desboca.

A veces sucede, pues, que un Premio Nacional sorprende porque descubre o al menos desvela, y eso es tan bueno para el premio como para el premiado. Este poemario –que es colección de poemarios–, sobriamente editado, merece oficiar de sorpresa o de confirmación, porque retrata en toda su estatura una poesía entera.

01/12/2004

 
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