ARTÍCULO

Relato soñado

Alfaguara, Madrid
454 pp. 22 €
 

Siempre que abro una nueva novela del flamante premio Nobel tengo grandes expectativas y voy seguro de que me espera un baile entre la realidad y la ficción que me llevará por un viaje extraordinario de la mano de un guía experto. Con él he visitado el Perú de la Amazonia y las sierras, he descubierto el milenarismo en el Brasil del siglo XIX, he gozado del calor del Caribe y de Tahití, y hasta he alcanzado a penetrar los secretos de las obras de arte del austríaco Egon Schiele.
Sin embargo, esta es la primera vez que Mario Vargas Llosa me invita a bordo para viajar a paisajes y a una historia de mi propio mundo, es decir, el británico. Esto es, Mario Vargas Llosa ha novelado por primera vez hechos, interpretaciones históricas y leyendas que repercuten directamente en mi memoria. El sueño del celta (The Dream of the Celt) fue el título de un poema épico escrito por el irlandés Roger Casement, el protagonista de esta novela. Casement fue ahorcado en Londres el 3 de agosto de 1916, en plena guerra mundial, por traición a la patria. Durante muchos años, Casement fue una figura muy discutida por historiadores tanto ingleses como irlandeses: ¿había sido un traidor, un agente doble, un héroe o un villano? Todavía tengo el recuerdo de los debates enconados allá por el año 1965, cuando sus restos fueron por fin trasladados a Irlanda, o a la parte del país que hacía ya más de cuarenta años había conquistado la independencia (que Casement tanto anhelaba) del imperio británico.
No solamente eso: durante varios años yo viví a la vuelta de la cárcel de Pentonville en el norte de Londres, el lugar donde, tal y como escribe Vargas Llosa, Roger Casement pasó los últimos meses de su vida tras ser capturado en Irlanda poco después de desembarcar de un submarino alemán, antes de ser ahorcado. Pentonville Jail sigue siendo tan lúgubre como por aquel entonces, rodeada de muchos fantasmas, aparte del de sir Roger. Viene todo esto al caso para decir que tuve más recelo del habitual cuando me embarqué en el viaje de este nuevo libro de Vargas Llosa, largamente planificado y fruto evidente de una esmerada investigación, no sólo de la vida de Casement, sino también de los lugares adonde él viajó a lo largo de una vida intensa pero breve.
La fama de Casement se estableció a partir de los informes que envió desde el Congo belga al Foreign Office en Londres a finales del siglo XIX. En nombre de la civilización europea, la «Force Publique» cometía toda clase de horrores contra la población indígena en un territorio más amplio que la propia Europa. Al observar las barbaridades perpetradas en nombre del emperador Leopoldo de Bélgica, el joven Casement empezó a cuestionar y, finalmente, a rechazar la creencia de que el progreso al estilo occidental era algo positivo para África. Estos informes le granjearon una reputación considerable en Inglaterra, con el resultado de que, cuando empezaron a salir artículos en la prensa acerca de la prácticas aberrantes de la Peruvian Amazonian Company (compañía inglesa registrada en la Bolsa de la City), las autoridades lo enviaron a Perú a la cabeza de una comisión investigadora.
La Amazonia es terreno conocido para Vargas Llosa, y aquí de nuevo el gran río ocupa la tabla central del tríptico de la novela. En su estancia en Iquitos y el recorrido del Putumayo, Casement quiso ver con sus propios ojos todas las vejaciones que se infligían a los indígenas para que recogieran el caucho, comprobando con ello cómo «la codicia y la crueldad humanas habían causado tantos sufrimientos, mutilaciones y muertes».
De nuevo, sus informes volvían a causar un gran revuelo en Londres. Las acciones de la Peruvian Amazonian Company se desplomaron en la bolsa de la City. En poco tiempo el auge del caucho en Perú se esfuma, con el resultado de que Iquitos «hizo un viaje hacia atrás en el tiempo. En pocos años volvió a ser un pueblo perdido y olvidado en el corazón de la llanura amazónica». Aquí es donde Vargas Llosa da un salto peligroso. Para él, la lección que Casement aprendió tanto en el Congo como en Perú es que el imperialismo es el peor de los flagelos. Casement descubre sus raíces irlandesas y se vuelve un radical para la causa de la independencia, puesto que, como le dice a un amigo inglés, «los métodos de la colonización en Europa son más refinados, Herbert, pero no menos crueles».
Esta vez sus convicciones lo llevan a obrar en contra de la sociedad que tanto lo había admirado, confiriéndole incluso un título de nobleza. En plena guerra contra Alemania, busca apoyo del enemigo, lo que lo lleva fatalmente a la cárcel de Pentonville. Sin embargo, lo que (según Vargas Llosa por lo menos) lo condena de manera inevitable a la horca es la publicación de sus diarios íntimos, en los que se revela que durante toda su vida adulta había sido un homosexual activo, aprovechándose a su manera de los indígenas con los que se había cruzado.
Y esta es la última vuelta de tuerca que el novelista da a su historia, y a la Historia. Según el autor, la Historia no es más que «una rama de la fabulación que pretendía ser ciencia», frente a la cual él prefiere gozar de la libertad que le ofrece ser novelista. En este sentido, explica en su epílogo al libro, se cree justificado para sostener que los famosos diarios que condenaron a Casement «no los vivió, no por lo menos integralmente, que hay en ellos mucho de exageración y ficción, que escribió ciertas cosas porque hubiera querido pero no pudo vivirlas». Siendo esta frase casi lo último del libro, sirve como advertencia al lector de que El sueño del celta sigue siendo una ficción, solamente una de las múltiples versiones que pueden hacerse de la vida de un hombre. En resumen, el libro bien vale el viaje. Sin llegar al nivel de La fiesta del chivo, es de celebrar que la ambición de esta novela supere en complejidad y en rigor a las dos últimas entregas de este sobresaliente novelista que sigue siendo Mario Vargas Llosa.

01/02/2011

 
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