ARTÍCULO

En el origen de la tragedia

Planeta, Barcelona
428 pp. 21 €
 

Jon Juaristi (Bilbao, 1951) debuta en la novela con La caza salvaje y añade un nuevo mojón a una obra que podríamos considerar «completa». Un círculo, el de la tragedia vasca, que se va cerrando y que el autor bilbaíno ha focalizado desde géneros bien diversos. Ahí está su poesía, o su imprescindible ensayismo sobre los nacionalismos y las identidades que devienen en asesinas. El ciclo se abrió hace veinte años con El linaje de Aitor; alcanzó su punto culminante con El bucle melancólico o Sacra Némesis; penetró en un siglo xxi laberíntico con El bosque originario y El reino del ocaso hasta el memorialístico Cambio de destino. La literatura de Juaristi es «original» porque su motor son los orígenes. Aquellos polvos dieron estos lodos. Los polvos: las raíces religiosas, míticas y étnicas de un nacionalismo recauchutado por el carlismo y las obsesiones de Sabino Arana; los lodos: del trabuco a la Goma 2; de la filología a la retórica marxista de la guerrilla urbana; de la sacristía al zulo. Unas siglas: ETA. Con la democracia, modus vivendi mafioso que financia el impuesto revolucionario y sostiene la omertà. Jon Juaristi disecciona el origen de esa tragedia; de esa predestinación que desprende un viciado aire de familia. Cuando escribe descarga su conciencia y postula en sus memorias el rechazo «a la sola idea de sacrificio, que estaba en la base misma de la pedagogía católica y, por supuesto, en el nacionalismo y en el socialismo, auténticas religiones de recambio». Cada apostasía es un naufragio que asume con talante robinsoniano: «Apañárselas con los restos desparejos de la catástrofe para montar un nuevo chiringuito donde alojarse».
La caza salvaje es la historia de un vasco. De un cura nacionalista vasco. En la novela cabe todo, advirtió Pío Baroja, y Juaristi pone nombre y apellidos a todas las facetas del linaje de la impostura. El cura se llama Martín Abadía y su peripecia se adecua a cada circunstancia, según se encuentre en la República, las cuevas de Zugarramundi en compañía de requetés, la Francia colaboracionista de Pétain, la posguerra autárquica y nacionalcatólica o la Yugoslavia del mariscal Tito. Martín Abadía se codea con presencias reales y en cada situación recompone su personalidad. En una excursión a Vera de Bidasoa conversa con Julio Caro Baroja: «Tanto gusto. Soy Martín Abadía, de Bilbao». Y el sobrino de don Pío le hace notar que en vascuence, «abadía» significa precisamente «cura». O, mejor dicho, como apellido equivale a «falso cura». O, más inquietante todavía: es el nombre que se da al cazador maldito en el País Vasco: Martín Abadea. Un espía equivalente al Judío Errante.
Martín Abadía atraviesa la Historia y, cual camaleón, toma el color de cada paisaje. Quienes se cruzan en su camino y lo calan le atribuyen amoralidad. «No tiene convicción alguna y, por supuesto, elude toda responsabilidad en sus fechorías [...]. Hombres o despojos como Abadía los hay a millones en los movimientos fascistas [...]. El mundo entero es su coto privado, su telaraña». Muchos, seguro que muchos abadías, atravesaron el piélago del si­glo xx. Nuestro cura alterna ideología apolínea y vivir dionisiaco. Oportunista en lo ideológico y poco amigo de la higiene y del celibato, «venderá la moto» a personalidades tan diversas como Hitler, Goebbels, Luis Martín Santos, Vidal de Nicolás o el propio Juaristi. Y asistirá al origen de ETA y a la noche de los transistores del 23-F. El dramatis personae que ya apareció en Cambio de destino desde el rigor histórico se somete ahora, en La caza salvaje, a las necesidades del narrador omnímodo y poéticamente licencioso.
Martín Abadía es todo un cazador que observa la presa cuando ésta ni siquiera ha reparado en su depredadora presencia. Es lo que toca en un tiempo sin hé­roes, con la perpetua cultura de la queja de unos nacionalismos que, como afirma uno de los personajes de la novela, «se sustraen al tiempo y a la Historia». Legitimismos nutridos por el agravio que «permanecen como una suerte de posibilidad nunca cumplida y sirven de consuelo a los decepcionados por lo real». Con esas balas en la recámara anda Martín Abadía: errabundo cazador de perpetuo fingimiento. Lo define un fragmento con tesitura de novela ejemplar: «Es indiscutible el hecho de que a Martín Abadía le favoreció durante toda su vida la credulidad que manifiestan los individuos más inteligentes respecto a las narraciones que se avienen canónicamente con su visión del mundo. Capaces de ver la dioptría en el cristalino ajeno, ignoran deliciosamente su propio daltonismo». Como buen cazador, el curioso capellán sabe distorsionar la visión de la realidad y modificar su peripecia vital, según la distorsión que intuya en el ojo ajeno.
La evolución de este hombre sin cualidades, pero con envidiables dotes de camuflaje aparece salpicada de registros paródicos: referencias a Joyce, Miguel Hernández (la historia del aviador «umbrío por la pena y casi bruno»); o un suicidio en Petrópolis que nos suena a Zweig. La caza salvaje es una novela de tesis que no aburre sobre el declive de la heroicidad; un paseo por el horror con difuntos de interlocutores; presencias reales pasadas por el esperpento: la bronca de Hitler a unos vascos que anhelan unirse a la Europa del Reich para crear su estado étnico; o la folletinesca historia de posguerra que relata la rubia compañera del protagonista. En un momento de la historia, Martín Abadía recibe dos novelas de Álvarez Emparanza y un tal Txillardegui que son la misma persona; una separata de la revista Euskera de la Academia de Lengua Vasca y un libro de Arteche, El abrazo de los muertos, sobre una posible reconciliación entre vencedores y vencidos en la Guerra Civil. Su objeción es aplastante. No habrá otro abrazo de Vergara: «¿Acaso no advertía que la reconciliación era mucho más difícil en Euskadi que en cualquier otra parte de España? El orgullo de los vascos se sentiría mucho más humillado por el abrazo del enemigo que por una nueva derrota. Es más: preparaban ya una nueva derrota que les permitiera considerarse víctimas de la injusticia histórica durante otro siglo». Un país sobre el diván, donde el antifranquismo conjura la mala conciencia. La República como mito que fabrican los hijos de los vencedores: «La necesitáis para rebelaros contra el padre», espeta Abadía.
Decía Camus que la novela es filosofía en imágenes. Juaristi alcanza esa condición en una hábil conjugación del imaginario euskaldún en diálogos de calado histórico. Sus personajes son verosímiles y no robots que nos largan parrafadas. El autor despliega sus artes: una transversalidad entre el pensamiento y la acción novelesca. Entre el azar de la ficción y la necesidad de visualizar el trágico origen de los nacionalismos europeos. Y consigue cazar al lector. 

01/08/2007

 
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