ARTÍCULO

Grandilocuencia justiciera

Seix Barral, Barcelona, 272 págs.
 

En la tercera convocatoria de la segunda época del Premio Biblioteca Breve, restablecido en 1999 tras un paréntesis de veintisiete años, el jurado se ha decantado una vez más por los escenarios imponentes: si a través de En busca de Klingsor Jorge Volpi introduce al lector en el mundo convulsionado de la segunda guerra mundial y las conspiraciones científicas en pos de la fórmula secreta que permita la fabricación de la bomba atómica, y si el París que ofrece Gonzalo Garcés en Los impacientes es el teatro ampuloso del aprendizaje sentimental de sus personajes adolescentes, Juana Salabert consigue en Velódromo de Invierno una curiosa, y seguramente casual, síntesis escénica: el espacio principal de la acción novelesca es el París colaboracionista de Pétain, y el contexto histórico que le sirve de marco es, de nuevo, la inquina nazi, en esta ocasión en su vertiente antisemita-antisefardí.

De esta manera, la reciente concesión del acreditado premio a Juana Salabert hace legítima la especulación en torno a uno de los rasgos que, desde tiempos de Carlos Barral, mejor han distinguido a la editorial: su tendencia a recompensar, más allá del talento individual de los novelistas, propuestas estéticas de algún modo equiparables y claramente reconocibles. En los cincuenta fue el realismo social español la literatura preconizada, en los sesenta (la época de mayor esplendor del Biblioteca Breve) dicha corriente quedó excluida de manera categórica y, en cambio, se dio palmaria preferencia a la narrativa hispanoamericana. Caballero Bonald, Marsé y Benet son los tres únicos españoles que figuran en el catálogo de premiados de toda una década. ¿Qué rumbo, pues, tomará el Biblioteca Breve en los primeros años del siglo XXI ? ¿Conseguirá afianzar la reputación de antaño? Por lo pronto, a raíz de En busca de Klingsor, obra que abre de nuevo el proceso, se aprecia cierta reiteración tópica que procura infundir sonoridad narrativa a la Europa problemática del siglo XX .

La historia que presenta Juana Salabert transcurre en dos perspectivas temporales explicadas en la sobrecubierta y resaltadas en las páginas del libro, a pesar de que en cada capítulo un encabezamiento consigna la fecha de la acción, con tipografía de distintos tonos. Los apartados en negritas corresponden a la trágica aventura vivida por la niña judía Ilse Landerman, de nacionalidad teutona pero, junto con su familia, residente en Francia desde hace ya algunos años. Ella y su parentela, que como buenos judíos han errado por medio orbe antes de recalar en suelo parisino, llevan tiempo sufriendo las vejaciones racistas que se han extendido como una plaga a todos los pueblos tocados por el poder del Führer: cartilla de racionamiento, el estigma infamante de la estrella amarilla cosida a la ropa, el desprecio solapado o abiertamente cínico de sus conciudadanos. Los orígenes sefardíes de Ilse y sus parientes, que al vincularlos históricamente con España quizá podrían, a los ojos de los nazis, situarlos en una escala de hostigamiento más suave; la confianza en un hipotético apoyo de las autoridades francesas y en que la brutalidad alemana no podría exceder ya los límites que había alcanzado, les hace sobrellevar la situación de la mejor manera posible. Pero un día el padre de Ilse es proscrito. Poco después, ella, su madre y su hermano son arrestados por la gendarmería, que actúa bajo las órdenes del gobierno de Vichy, y hacinados, junto con una multitud, en el Velódromo de Invierno, la antesala de un viaje que terminará en las cámaras de gas de Auschwitz. Para todos, salvo para Ilse, que en un lance temerario logra escapar milagrosamente.

Los episodios impresos en letra normal, intercalados entre las secuencias correspondientes a la historia de la huida, reconstruyen la vida adulta de Ilse, marcada por el sentimiento de culpabilidad que le ocasiona el haberse librado de la muerte «dejando» a los suyos en manos de los asesinos. El narrador es aquí Sebastián Miranda, un sefardí ex combatiente republicano que ayudó a la niña Ilse a cruzar los Pirineos para salir de Francia. Miranda dialoga con Herschel, el hijo de Ilse, que desconoce la identidad de su padre y a quien Ilse le ha legado un manuscrito para que pueda desentrañar las claves de un pasado común fustigado por las persecuciones. En este plano de la narración, Salabert emplea casi siempre la misma técnica: se parte de un presente (el de Miranda y Herschel), se sobreponen una serie de recuerdos simultáneos –y bastante previsibles–, a través de ellos se hace una soflamada condena contra el sistema exterminador de Hitler. Por último, se vuelve a la actualidad de los hablantes. Un epílogo titulado «Herschel» cierra la obra.

Es la descompensación entre los dos registros narrativos, uno muy bien logrado y otro que cae en la pomposidad de la retórica acusadora, lo que hace de Velódromo... una novela en conjunto fallida. Los hechos que se cuentan son, en efecto, atroces, pero eso no es razón literaria suficiente para que Salabert los enjuicie con la animosidad de quien cree ser el único que se ha percatado de ello. Y es precisamente esa constante entonación de grandilocuencia justiciera, ese reiterar que las infamias cometidas por los nazis fueron infamias, lo que roba con frecuencia las voces a los personajes, lo que hace que se pierdan las matizaciones. En distintas partes de Velódromo..., el discurso que constata y juzga una realidad extraliteraria somete artificiosamente al discurso que se afana en crear una novela, quebrando así el efecto de verosimilitud. Nada indica, por supuesto, que la denuncia de tipo humanitario sea incompatible con la literatura, pero tal parece que aquélla debe estar al servicio de ésta, y no al revés.

01/10/2001

 
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